jueves, diciembre 26, 2013

El ciego que dio la vuelta al mundo sin ayuda

James Holman viajó a lo largo de toda su vida, la increíble distancia 280000 kilómetros, casi la misma distancia que nos separa de la luna, más de lo que nunca nadie antes de su época había viajado. Ni siquiera gente de la talla de Marco Polo o Alejandro Magno se acercan a esa cifra. De hecho, fue un récord que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX, y lo hizo, increíblemente, a pesar de estar totalmente ciego y sufrir un reumatismo agudo. Cuenta en sus crónicas que a menudo los dolores eran tan fuertes que ni siquiera podía salir de la cama. Luego, cuando sus dolencias mermaban, volvía a levantarse sin ayuda, tomaba su viejo bastón y continuaba recorriendo el mundo. Un tipo impresionante.

Este célebre viajero inglés, nació en Exeter en 1786. Fue un niño completamente saludable que nació con una visión perfecta y con la que soñaba viajar por el mundo. Por eso, a la edad de doce años, se unió a la Real Marina Inglesa y zarpó hacia el Atlántico Norte. Se desempeñó allí durante una docena de años llegando a alcanzar con honores el rango de Teniente. Por esa época su labor consistía en patrullar las gélidas aguas de Canadá y Nueva Inglaterra.

La vida en el mar era brutal y dependía mucho de la suerte, algo que James Holman no tuvo de su lado. El constante frío y la humedad deterioraron su organismo con pocos años. Sus huesos comenzaron a sufrir dolores misteriosos y muy intensos. El dolor de los pies y los tobillos inflamados comenzaron a atormentarle de tal manera, que un día James ya no pudo caminar. Inservible para la marina, el teniente Holman fue enviado de vuelta a Inglaterra en 1810; prácticamente era un inválido.


Tte. James Holman en su juventud

Pero lo peor estaba por suceder. Mientras se recuperaba en el balneario de Bath, la vista también le empezó a fallar. No está claro el por qué, pero se deduce tal vez hubo un vínculo con el reumatismo y el escorbuto. De ahí en adelante, su deterioro físico fue rápido y catastrófico. En cuestión de semanas James Holman se quedó sólo, casi completamente paralizado y ciego. Tenía apenas 25 años de edad.

A principios del siglo XIX, las personas ciegas eran vistas, a lo sumo, como seres que inspiraban piedad o caridad. A nadie se le ocurriría contratar a un hombre que no podía ver, aunque hubiese sido un destacado marino como Holman. Se esperaba que los ciegos se conformasen con una vida de mendicidad en las calles, y que usaran una venda atada alrededor de sus dañados ojos, para evitar "perturbar" a los sensibles transeúntes.

Holman tenía muy claro que no quería vivir así. Él no iba a ser tratado como alguien digno de caridad. En cuanto sus adoloridos huesos se lo permitieron, se levantó de su lecho y empezó a aventurarse solo, aprendiendo a navegar por calles de Londres, guiándose siempre con la punta metálica de su largo bastón. A dondequiera que iba, siempre se presentaba con su impecable uniforme azul de Teniente de la Marina Real, y como parte de un pequeño capricho o vanidad, siempre se negó a usar la venda sobre sus ojos.

Por sus años de desempeño en la Marina Real pudo acceder a un beneficio inesperado y logró ser aceptado como Caballero Naval, un cargo honorífico para los navegantes con discapacidad, a quienes se les entregaba una asignación anual (a manera de jubilación) y alojamiento gratis en el Castillo de Windsor, donde la única condición u obligación, era asistir dos veces al día a escuchar misa y rezar por su Rey. Fue en el Castillo de Windsor donde empezó la dura pero necesaria tarea de afinar el resto de sentidos que le ayudarían de ahora en adelante, el oído, el tacto y el olfato. Con ellos, él pensaba, lograría suplir a sus ojos.



También se propuso ser un hombre más culto y decidió estudiar. Inscribirse en la Facultad de Medicina de la Universidad de Edimburgo parecía ser una idea descabellada. De hecho, Holman había abandonado la escuela a los doce años de edad porque no le gustaba. Ahora que estaba empecinado con su idea, asistió a clases a pesar de que el sistema braille todavía no se había inventado. Nuevamente demostró su tenacidad y logró completar sus estudios asistiendo a conferencias en varias ocasiones - una vez, dos veces y hasta tres veces - hasta que estaba seguro de haber asimilado toda la información. Poco después, siguiendo el consejo de su médico, James salió de Escocia y partió hacia el Mediterráneo en busca del sol, de un clima más benigno que aplaque el dolor de sus huesos.

Claro, lo que su médico tenía en mente era un crucero de placer por el sur de Francia, acompañado de una enfermera y un par de asistentes, pero el modesto presupuesto de Holman no alcanzaba para darse esos lujos porque a duras penas podía mantenerse solo. Pero eso no fue ningún impedimento para el ex marino, de todas formas, cojeando y con su bastón se subió a un ferri de cuarta hasta Calais, y ya en Francia, siguió viajando hacia el sur por tierra completamente solo. Esta, sin duda, fue la mejor decisión de su vida.

El trayecto que siguió habría sido un infierno para cualquier hombre sano. Las carreteras de Francia en esa época eran desastrosas, llenas de lodo, baches y trincheras, resultado de tantos años de guerra. En los trayectos que se hacía en autocar, los pasajeros eran hacinados como animales de carga, uno encima de otro; y para completar el panorama, había un inconveniente adicional: Holman no sabía nada de francés. Aún así, lleno de optimismo y amor a la vida, en su cuaderno de viaje escribía: "¡Heme aquí, pues, en Francia, rodeado de un pueblo, para mí, extraño, invisible e incomprensible!"

Su salud mejoró notablemente y su espíritu volaba. Era tanta la energía que le proporcionaba la nueva aventura que literalmente se desbordaba en hiperactividad. Hubo algunas veces que en los tramos lentos de la carretera sentía la necesidad de ejercitarse y se le ocurrió una descabellada idea: atar un trozo de cuerda en la parte trasera del autocar y luego correr tras el. El ejercicio lo vigorizaba, se estaba convirtiendo en un típico aventurero.

De esa forma James Holman recorrió Francia durante un año, haciendo unas medianas pausas en París, Toulouse y Montpellier. Sin lugar a dudas el Teniente debe haber sido un espectáculo curioso: un ciego inglés de buenos modales, alto, delgado y con su uniforme azul marino, sólo que a su atuendo ahora le había añadido un gran sombrero de paja.


James Holman

Ya era un experto en manejarse por pueblos y ciudades extrañas guiándose por el tap-tap de su bastón, absorbiendo y analizando, aprendiendo de los sonidos y los olores de las plazas y mercados, sintiendo y descubriendo a cada paso nuevos caminos, iglesias, edificaciones. Siempre el caballero perfecto, las mujeres confiaban rápidamente en él y le dejaban explorar sus rostros con las manos. Holman era un tipo encantador, y aún en su condición de ciego, conservaba su buen ojo para las damas.

La gente le preguntaba constantemente que cómo era posible que un hombre ciego pudiese disfrutar del turismo. El les contestaba que su ceguera intensificaba los placeres de viajar. Eso le daba lo que él llamaba "algo más fuerte que la curiosidad", algo que lo obligaba a hacer una pausa y examinar todo profundamente.

Después de su aventura por Francia, Holman debió haber regresado a casa, puesto que los Caballeros Navales así como gozaban de privilegios, también tenían obligaciones. Le habían dado el permiso de un año desde el castillo de Windsor, ni un día más. Ahora debía volver para cumplir con el principal deber de un caballero Naval: asistir a la capilla dos veces al día. Pero Holman no estaba hecho para una vida así, el no podía vivir encerrado en un castillo, el necesitaba viajar, cada día quería llegar más lejos, así que en vez de regresar, prefirió avanzar hacia Italia.

En Roma, nuestro ciego aventurero se trepó dentro de la cúpula de la Basílica de San Pedro e intentó (sin éxito) pasar por una ventana para salir por el techo. Expulsado del Vaticano, se dirigió a la cima del Vesubio, recordemos que por aquella época el volcán estaba peligrosamente activo. Se convirtió en la primera persona ciega en alcanzar la cima del famoso volcán.

Mapa del primer viaje de James Holman


En la cercana Nápoles, Holman se encontró con un viejo amigo, también marino, un hombre que en sus cuadernos él lo llama el Sr. C. Este anónimo Sr. C se había vuelto sordo desde que habían servido juntos en el Atlántico y al igual que nuestro personaje, también había desarrollado una gran pasión por los viajes. Así que el ciego y el sordo se unieron y viajaron juntos a través de Suiza, Alemania y los Países Bajos. Fue la primera y única vez que Holman viajó acompañado.

Los amigos se separaron en Ámsterdam y fue entonces cuando Holman tomó un ferry de regreso a Gran Bretaña. Había estado fuera más de 700 días y por supuesto, fue sancionado. Fue expulsado del castillo de Windsor por casi un año.

Sin embargo, se quedó en Inglaterra sólo el tiempo suficiente para dictar un libro sobre sus aventuras en Europa*, y antes de que sus memorias llegaran a las estanterías, ya se había ido de nuevo. Su reciente paseo por Europa había sido sólo un calentamiento puesto que ahora se había empecinado en lograr una aventura más grande: un circuito completo alrededor del mundo.

En la década de 1820, una vuelta completa al mundo entraba en el terreno de la fantasía. Solo unos pocos marineros y comerciantes avezados lo habían hecho, y lógicamente, eso era algo prohibitivo para los viajeros independientes, primero, porque hacerse a la mar siempre ha sido peligroso, segundo, conseguir un buque de vela con tripulación propia, era demasiado caro, y tercero, porque en esa época ese viaje te tomaría el resto de tu vida. Sólo a un loco se le ocurriría que eso era posible, y ese loco era el Teniente James Holman.

Holman tenía un plan: reduciría el costo de los viajes por mar, viajando en la medida de lo posible por tierra, en transporte público, durmiendo en hostales y alimentándose en plazas y mercados. Ahora, la única ruta posible para llevar a cabo su plan, era una ruta que nadie antes la había intentado. En lugar de navegar hacia el oeste hacia el Nuevo Mundo, el tendría que empezar por ir hasta el vasto imperio ruso, cruzaría Siberia, y pasaría por el Estrecho de Bering hacia América en algún caritativo barco ballenero. Bueno, ese era su plan.
El viaje comenzó bien. Holman llegó en barco a San Petersburgo, a continuación tomó un trineo público a Moscú, pero cuando le comentó a la gente acerca de sus planes de seguir hacia Siberia, nadie se lo creyó. Pensaban que estaba loco.

Su determinación era inquebrantable. Compró un carro viejo y contrató un conductor, y abastecido de una buena cantidad de té, de medicina y cuatro barriles de brandy, emprendió su camino hacia las estepas siberianas. El viaje, en sí, fue una experiencia muy desagradable. Pasajero y el conductor no tuvieron nada más que pan duro para comer durante varios días. Una semana se enfrentaron a temperaturas bajo cero, y a la siguiente se encontraban en un pantano, presa de insectos y mosquitos que se dieron un banquete con sus rostros. En cierta ocasión, Holman pudo escuchar un fuerte ruido de cadenas, se dio cuenta de que estaban pasando cerca de una columna de convictos que marchaban condenados al exilio en Siberia.

Tres meses y 3500 km después de salir de Moscú, los viajeros llegaron magullados y congelados a Irkutsk, capital de Siberia Oriental. Y allí, después de una cálida bienvenida, Holman fue detenido repentinamente bajo sospecha de espionaje y fue llevado de vuelta hacia Moscú. Poco después apareció un agente de la policía secreta del zar con la orden de escoltar Holman fuera de Rusia. El inglés fue puesto en un trineo y conducido a miles de kilómetros hacia el oeste a una velocidad vertiginosa. No hicieron ninguna parada hasta llegar a Polonia. Fue arrojado en la frontera y obligado a salir de Rusia.

Mapa de su fallido segundo viaje que le costó una estadía en Siberia y la expulsión de Rusia

Un desconcertado y perplejo Teniente Holman hizo su camino de regreso a casa, llegando sano y salvo en junio de 1824. Había estado fuera dos años y un día. Su vuelta alrededor del mundo había fracasado, pero una buena noticia lo esperaba: su libro se había estado vendiendo como pan caliente y ahora era famoso. Aquel ex marino, llamado ahora "El Viajero Ciego", se había convertido en una celebridad.

Después de escribir un segundo best seller sobre su aventura siberiana*, se puso nuevamente en movimiento. Ahora, con las regalías de sus libros ya podía darse el lujo de intentar una vuelta al mundo navegando. Habló con personas influyentes en el castillo de Windsor, les explicó que por motivos de salud debía viajar constantemente a lugares más soleados. Tomando al pie de la letra sus peticiones, le ayudaron a que forme parte de la tripulación de un barco británico que zarpaba hacia África occidental, en aquel entonces conocida como “la tumba del hombre blanco”.

Fue enviado en una fragata de la Marina Real que iba a establecer un asentamiento británico en la Isla de Fernando Poo, en la costa oeste de África. A diferencia del resto del continente, se pensaba que esta isla estaba libre de malaria, que tenía un aire limpio refrescado por la brisa ligera del mar. La tripulación esperaba encontrarse con un pequeño paraíso tropical, pero la verdad, es que se encontraron con el infierno.

La malaria arrasó rápidamente con los ingleses. De los ciento treinta y cinco hombres que llegaron en la fragata, sólo doce sobrevivieron a la expedición. Sin embargo, y a pesar de la terrible cifra de muertos, Holman transitó por aquella pequeña e infecta isla durante más de un año ayudando a su amigo, el capitán Owen, a construir una base de abastecimiento, y por primera vez tuvo suerte con su salud, pudo salir con vida. Fue en aquella isla donde Holman decidió dejarse crecer una enorme barba, la que mantuvo durante el resto de su vida.

Tte. James Holman

Poco después logró engancharse en un barco holandés, en el se trasladó a Brasil. A partir de allí comenzó una serie de viajes por mar que por fin realizaron su sueño de dar la vuelta alrededor del mundo. Primero fueron Sudáfrica, Zanzíbar y Mauricio. Luego siguieron Ceilán (actual Sri Lanka), Calcuta y Cantón (ahora Guangzhou). De China se dirigió a Australia, y luego fue a través del Pacífico, rodeando el Cabo de Hornos en la punta austral de América del Sur, regresó a Brasil, y poco después a casa.

En Brasil aceptó una invitación para inspeccionar una mina de oro (no se molestó en llevar una linterna). En Sudáfrica aprendió a montar a caballo y se internó en la selva con jóvenes africanos que no hablaban inglés. En Ceilán, participó en una cacería de elefantes. Cruzó Zanzíbar y Tasmania a pie. Y en China le dio unos cuantos toques a una pipa de opio.

Pero no todo fue un camino de rosas: en una de sus excursiones fue atacado por un enjambre de avispas, fue arrojado y arrastrado por un caballo, y en varias ocasiones su reumatismo le paralizó. Pero él siempre siguió adelante, con paciencia y tenacidad, y siempre luciendo orgulloso su ya descolorido uniforme naval y en la mano derecha su infaltable compañero de aventuras, su viejo bastón. En sus escritos JH ha dejado testimonios de lo que para él era la vida y sus creencias, de hecho, se refiere en muchas ocasiones a "la protección divina y a lo bondadosa que le resultaba la humanidad”. Tenía sus razones: en cinco años de recorrer el mundo ni una sola vez fue atracado o robado.

Este fue su tercer gran viaje, una vuelta al mundo, que empezó viajando de África a Brasil

El viajero ciego estuvo de regreso en Inglaterra para 1832 y se puso a trabajar en su tercer libro llamado: "Un viaje alrededor del mundo, incluyendo África, Asia, Australasia, América, desde 1827 hasta 1832”. Pero este nuevo libro no fue tan bien recibido como los anteriores. La novelería de leer a un turista no vidente se había agotando. Nuestro aventurero había pasado de moda, y de alguna manera ahora era visto como un bromista, por decirlo de una forma más acertada, en un charlatán.

Pasaron ocho largos años antes de que pudiera viajar de nuevo. En 1840, Holman (ahora de cincuenta y cuatro años), una vez más emprendió solo y con un presupuesto mínimo, esta vez rumbo al Mediterráneo y Oriente Medio. Visitó España, Portugal, Grecia, Turquía, Siria y Tierra Santa. Pasó a través de Libia, Túnez y Egipto. Subió a los Balcanes y cruzó Bosnia, Montenegro y Hungría. Este viaje fue muy largo, estuvo fuera de su patria durante seis años. Ya nadie se acordaba de él cuando regresó, casi todos lo habían olvidado. 

Esa actitud de los ingleses fue extraña. Según su biógrafo, Jason Roberts, Holman ahora había sumado ya 250000 kilómetros de viajes. Solo, ciego, reumático, sin ningún conocimiento previo de las lenguas nativas y con sus precarios ahorros, había viajado una distancia equivalente de la tierra a la luna.

James Holman vivió sus años restantes en el este de Londres, junto a los muelles, en una parte pobre de la ciudad, llena de bares y burdeles marineros. No era el lugar adecuado para un caballero Naval, pero si fue el lugar ideal para un viejo de barba blanca, vagabundo y enfermo, que ahora necesitaba que los sonidos y los olores del mundo vengan a él.

El Viajero Ciego murió el 28 de julio de 1857, a los setenta años de edad. Una semana antes de su muerte había terminado su autobiografía, pero ahora ninguna editorial estaba interesada en publicarla. El manuscrito, con el tiempo se perdió.


* 1 : El primer libro de Holman se llamó: "La narración de un viaje, realizado entre 1819, 1820 y 1821 , a través de Francia, Italia , Saboya , Suiza, partes de Alemania Bordeando el Rin , Holanda y los Países Bajos" .

*  2 : Otro título memorable: "Los viajes a través de Rusia, Siberia, Polonia, Austria, Sajonia, Prusia, y Hannover realizados durante los años 1822, 1823 y 1824, y que comprende una relato del autor mientras fue prisionero del Estado de la parte oriental de Siberia".

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7

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domingo, diciembre 15, 2013

Cuando Mickey Mouse ayudó a su país en la Segunda Guerra Mundial

Durante la Segunda Guerra Mundial, el Ejército Imperial Japonés desarrolló un programa encubierto de investigación de armas biológicas y llevó a cabo infames experimentos sobre varias poblaciones chinas, en especial, sobre Manchuria y Pekín.

Poco después, los japoneses bombardearon Pearl Harbor y recién ahí los estadounidenses se dieron cuenta de que el riesgo era real, de que su territorio podía ser atacado no solo con armas convencionales, sino también, con armas químicas como las que se utilizaron sobre China.

Precautelando la seguridad nacional, el gobierno de los Estados Unidos distribuyó máscaras de gas a la población de Hawái, pero estas máscaras estaban hechas como para un adulto y no sólo que no se ajustan a las facciones de los niños, sino que eran dispositivos que causaban pánico entre los pequeños, lo que hacía aún más difícil que un niño se la ponga. La solución no tardó en llegar: se aprovechó la simpatía que los niños sentían por Mickey Mouse y se elaboraron mascaras de gas infantiles, con el rostro del icónico ratón.

Imagen del Bishop Museum Archives: Niños de Honolulú utilizando máscaras de gas

La producción de las máscaras de gas infantiles comenzó en 1942, un mes después de que el Japón bombardeara Hawái. El mismo Walter Disney se encargó personalmente del diseño. La máscara fue diseñada para adaptarse cómodamente a niños de uno a cuatro años de edad. Su función básica era la de ser una máscara, un juguete como cualquier otro, pero que a la vez tuviese una aplicación práctica. Se suponía que los niños la tenían que llevar puesta a todas partes y usarla "como parte de sus juegos" con la finalidad de que la máscara sea emocionalmente cómoda, y en lo posible, lograr que ellos mismos activen el equipo de protección rápida cuando sea necesario.

Walt Disney mostrando el boceto al General William Porter, el 8 de enero de 1942


Niña jugando con la máscara de gas de Mickey Mouse

Para las primeras pruebas se mandó a hacer mil máscaras infantiles, que dicho sea de paso y por suerte, nunca llegaron a utilizarse, ya que gracias a los correctivos tomados en el sistema de radares de las islas y sus intensos patrullajes navales, las mantuvieron a salvo durante el resto de la Segunda Guerra Mundial.



Como se hizo solamente ese pequeño tiraje para pruebas, ahora es casi imposible encontrar una de aquellas máscaras. Después de la guerra, el ejército las repartió casi todas en calidad de souvenirs para los más altos funcionarios, civiles y militares de la época.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5

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