lunes, septiembre 02, 2013

El suicidio de un intelectual

Hijo de una acomodada familia de industriales textileros  vieneses, Stefan Zweig tuvo el privilegio de poder costearse una vida de artista. Su vida, en cierta manera, nos puede parecer hoy amaneradamente intelectual y hasta  dolorosamente egoísta.


Stefan Zweig

Desde joven tuvo los medios para realizar el sueño de cualquier mortal: pudo viajar por el mundo, conoció a los intelectuales más interesantes de su época; publicó sus propias novelas, que de hecho fueron un éxito; escribió poemas sin necesidad de editoriales; conoció el amor desde muy joven y ya, en su madurez, pudo darse el lujo de vivir en las más bellas ciudades de Europa donde siempre fue reconocido y admirado por sus libros y pensamiento filosófico. Como viajero no tuvo fronteras, más aún, cuando uno de sus libros, María Antonieta, llegó a Hollywood. Se movió libremente por todo el mundo, de Europa a la India, de Nueva York a Roma, de Francia a Suiza, de Buenos Aires a Río de Janeiro.
¿Cómo un hombre que ha logrado vivir todo esto, puede pensar en suicidarse?

No es tan difícil saberlo cuando lees su autobiografía "El mundo de ayer", donde describe con nostalgia lo que fue su Europa de la belle époque y en lo que se había convertido después de la Primera Guerra Mundial. Luego viviría en carne propia el asenso del nazismo Esta última tragedia fue la que lo acorraló, ya que, aunque burgués, era un austriaco judío y no tuvo más remedio que huir por su vida.



En sus memorias describe a los intelectuales de su tiempo que vieron venir la catástrofe (entre los que se incluye), que estaban tan cómodos observando y opinando, pero que no hicieron nada. Con asombro, aunque de lejos veían a la vieja Europa acechada por los mismos fantasmas cíclicos de su historia: masas de campesinos sometidos a sus señores o a la iglesia; la misma burguesía egoísta de siempre y un proletariado sin esperanza que sólo pensaba en levantamientos y revoluciones.



Stefan Zweig y su amigo Paul Valéry


La Primera Guerra Mundial ya había sido un trágico aviso. Cuando la paz volvió a restablecerse, Stefan Zweig regresó con toda su familia a su natal Salzburgo donde tenía una maravillosa mansión. Junto a su primera esposa, también escritora, se dedicó por entero a la literatura y a cultivar amistades con diferentes intelectuales y artistas. Se codeaba con Thomas Mann, Sigmund Freud, Paul Valéry, James Joyce, Richard Strauss y Toscanini, quienes lo visitaban con frecuencia en su palacete.

Fue una época de gran productividad literaria, pero esta idílica vida de a poco comenzó a verse afectada por los giros de la política austriaca y por el surgimiento del Nacionalsocialismo. Intentó mediante sus ensayos y artículos en la prensa llamar la atención de la sociedad hacia la tolerancia y a la cordura. Lastimosamente ya era tarde, los clarines de guerra nuevamente comenzaban a sonar en Europa.


Stefan Zweig y Richard Metzl observando un ensayo de la obra "Fausto"

El 12 de febrero de 1934, el canciller austriaco Dollfuss, masacró a una revuelta de obreros de Viena ayudado por paramilitares fascistas arios. Stefan Zweig se encontraba en ese momento en la Ópera al igual que otros intelectuales y políticos. Nadie se enteró de nada, no había quien defienda a nadie. Así era la vida de la burguesía austriaca.

Luego empezó el acoso directo, recibía diariamente cartas anónimas amenazantes en respuesta a sus artículos de prensa. Pocos días más tarde la policía allanó su casa "sospechando" que Zweig ayuda a las milicias republicanas, pero no encontraron nada porque él era un pacifista y nunca apoyó a ningún grupo  político ni armado. Es más, hacía años que ni siquiera ejercía su derecho al voto. De todas formas él sabía que el hostigamiento seguiría y que lo mejor era ponerse a salvo. Decide irse temporalmente con su esposa, pero ella prefirió quedarse en Austria. Zweig emprende su viaje solo pero espera volver pronto, cuando las cosas se calmen. Al tomar el tren no sabe que nunca volverá. Que está dejando para siempre su tierra, su historia, a su madre, a su mujer y a sus hijas.

Se instala en Londres, donde todavía puede darse el lujo de contratar una secretaria y un mayordomo. El dinero no es problema para Zweig que pasa los veranos en Niza, viaja a París, Buenos Aires, Río de Janeiro y Nueva York. Con dinero, aún puede escapar de la guerra pero en agosto de 1936, viajando por el mediterráneo su barco hace escala en Vigo, donde se entera que en España ha comenzado a vencer el fascismo con la ayuda de Mussolini. Ya para esta fecha ha tenido que vender su casa de Salzburgo y parte de su famosa colección de autógrafos. El resto de sus propiedades —casas, obras de arte, muebles, libros, manuscritos— fueron confiscadas por la Gestapo y vendidas en subasta pública.


Stefan Zweig y Charlotte Altmann, su secretaria

Las noticias que escucha por la radio son cada vez más inquietantes. Hitler ha anexionado su país, Austria a Alemania. Los nazis saquean palacios y casas, mientras los judíos son hostigados o detenidos. Se entera por cartas de sus amigos, de que a los judíos arrestados los envían a limpiar las letrinas públicas. Que su anciana madre ya no puede sentarse en las bancas de la calle donde siempre ha vivido porque ahora están reservadas a los arios. Su madre, descendiente de banqueros judíos, no puede ahora ni siquiera contratar los servicios de una enfermera de «raza alemana». Muere sola, una noche de agosto de 1938, sin saber que en su patria se han construido ya los primeros campos de concentración.

El hasta hace poco europeo cosmopolita, el “hombre de mundo” Stefan Zweig, forma ahora parte de los sin patria. Sus amigos le escriben y le cuentan que sus libros han sido confiscados y quemados por los nazis, junto a los de otros autores incómodos para el Reich. Y cuando va a renovar su pasaporte en Londres, se entera de que ahora es alemán (ya no es austríaco) y por lo tanto ya no puede ser considerado refugiado político. La burocracia británica lo clasifica en la Categoría B, la de enemigos menos peligrosos.

A pesar de que nunca fue judío ortodoxo, ni conocía sus ritos, ni aceptaba sus normas; de la noche a la mañana, se había convertido en un judío errante.


Soldados nazis quemando libros confiscados

Decepcionado de Europa y ante el rápido avance de los nazis sobre Francia, viaja a Nueva York con Charlotte Altmann, su segunda esposa y ex secretaria. En América intenta rehacer su vida desde cero. Como es un intelectual burgués sólo sabe escribir y tocar el piano, y así se gana la vida: escribiendo libros, escribiendo artículos para uno que otro periódico y tocando el piano, amenizando con sus deliciosas anécdotas las exclusivas veladas de unos pocos millonarios judíos americanos.

En 1940, buscando un refugio más seguro y más lejos de la guerra, decide viajar a Brasil y se instala en una pequeña ciudad alejada del mundanal ruido, Petrópolis. En esta ciudad escribe dos libros más y culmina su autobiografía: "El mundo de ayer".


Stefan y Charlotte en Petrópolis

Petrópolis le resulta un lugar apacible, ideal para vivir con su esposa y escribir. La pequeña ciudad aloja a otros europeos -franceses y alemanes- que también han llegado huyendo del los horrores de la guerra. Frecuentan su casa intelectuales locales y extranjeros quienes se emocionan oyendo cómo Stefan Zweig habla del ayer, de sus recuerdos, de su Salzburgo de cafés y tranvías. Es evidente que añora sus raíces, que se siente extranjero en cualquier parte del mundo, se siente un apátrida ahora que su tierra está en manos de los nazis. Y llora.

Entre sus pocas amistades de Petrópolis estaba la chilena Gabriela Mistral, en ese momento Cónsul de su país. Solían juntarse para tomar el té en casa de los Zweig y a cenar los sábados en casa de Gabriela.

En febrero de 1942, Stefan y Charlotte deciden viajar a Río de Janeiro para disfrutar del carnaval. Necesitaban distraerse un poco, desestresarse de las malas vibras de la guerra y el exilio. El 16 de febrero de 1942, martes de Carnaval, se lee en los periódicos cariocas que Singapur se ha rendido ante el Japón. Esto produce un profundo shock en la pareja, sobre todo en él. La guerra lo ha tenido entrando y saliendo de depresiones. Recuperar el optimismo es imposible. Teme que el nazismo triunfe Europa y avance sobre el resto del mundo. Sabe que lo encontrarán en cualquier país que se esconda.

El matrimonio decide acortar su viaje y volver a Petrópolis. Han tomado una decisión, pero hay que preparar algunas cosas antes de ejecutarla. La siguiente semana él se dedica exclusivamente a escribir cartas sus amigos, a su ex-esposa y a revisar el manuscrito de su autobiografía. Busca todos los libros que le han prestado y les coloca el nombre de sus dueños y direcciones. Mientras Stefan se dedica a eso, Charlotte se pone al día con los pagos de la sirvienta, del jardinero, del alquiler, las disposiciones legales, etc.

Una curiosa digresión. Hace ya algún tiempo, en una de esas noches de tertulia, su amigo René Fülöp-Miller había contado como anécdota: que el potente barbitúrico llamado Veronal debe su nombre a la ciudad de Verona. Sin duda Zweig lo asoció a la famosa pareja de Shakespeare. Jamás lo olvidaría.


Stefan y Charlotte, tal como los encontraron muertos el domingo 22 de febrero de 1942

Se supone que el suicidio de la pareja fue el domingo 22 de febrero de 1942 en horas de la tarde. Parecía más bien un ritual planificado: Charlotte llevaba un bonito vestido floreado y él, una camisa y corbata oscura. Las autoridades brasileras los encontraron abrazados en su cama, como Romeo y Julieta, y un frasco de Veronal en el velador. Por la forma en que se les encontró – ella abrazándolo- puede especularse que Charlotte lo encontró muerto, y aterrorizada de verse sola, lo siguió. Claro, son sólo especulaciones, como las de quienes dicen que no fue un suicidio sino un trabajo de la Gestapo.




Fotos de la prensa brasilera

Gabriela Mistral fue una de las primeras en arribar donde los Zweig poco después de difundida la noticia del suicido. Le permitieron ver los cuerpos, todavía abrazados en la cama. Cuando ella llegó, alguien había encontrado una carta dejada en el escritorio del autor, que decía:
“Antes de partir de la vida, con pleno conocimiento, y lúcido, me urge cumplir con un último deber: agradecer profundamente a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció una estancia tan buena y hospitalaria. [...] Pasados los sesenta años se requieren fuerzas especiales para empezar de nuevo y las mías están agotadas después de tantos años de andar sin patria.
Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto”.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5,


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10 comentarios:

3rn3st0 dijo...

Que bueno tenerte de regreso Carlos, bienvenido a tu casa :-)

Sergio dijo...

Triste pero interesante, como siempre. Mientras tu escribas yo te seguiré leyendo y aprendiendo.

Un abrazo con amor

Pedro Alejandro dijo...

Se me pusieron los ojos llorosos. Simplemente me encantó.

Acabo de compartirlo en mi blog.
En la tarde lo compartiré con mi hijo y en la noche lo compartiré con mi esposa.

Charles dijo...

Interesante lectura, y veo que es reciente, que bueno que hay mas...

Gilberto Calderon dijo...

Que bien hecho esta este articulo, realmente te felicito y te agradezco dedicaras el esfuerzo de darnos algo tan bien preparado.
Es una historia sorprendente y triste, hay tantos detalles que remarcar de esta historia. Hoy en día nos es fácil pensar que solo hacia falta paciencia hasta que terminara la guerra, pero en esos momentos el nazismo tuvo su oportunidad de imponerse en Europa y el resto del mundo. Debió ser aterrador mirar un futuro no solo sin patria, sino que tal vez sin mundo.

Carlos dijo...

Gracias por esos generosos comentarios. En realidad, es una historia que merecía ser contada.

Saludos,

Alí Reyes dijo...

Hermano, no te puedes imaginar lo valiosa que es para mí esta entrada. Pues Stefan Zweig es uno de mis referentes literarios. He leído de él las biografías de Magallanes, María Antonieta (su paisana por cierto) y esa colección inigualable que es "Momentos estelares de la Humanidad" pero lo que más me ha ganado de este gigante son sus cuentos: El Jugador de ajedrez y Una Carta, ésta última la considero como el mejor cuento que he leído en mi vida, y ¡vaya que he leído cuentos!Y te digo algo, cuando tú lees esa suerte de autobiografía que es EL MUNDO DE AYER entiendes perfectamente las causas de su trágico final, sin justificarlo claro está, pero es que hay que tener en cuenta que ya la Gran guerra o Primera lo había desmoralizado y esta lo terminó de abatir cuando estaba comenzando nuevamente. ¿Leíste "EL JUGADOR DE AJEDREZ"? Lo tengo digitalizado ¿Qué tal si te lo envío a tu correo para que te des un banquete? Si lo quieres escríbeme a mi correo alijrh@gmail.com y yo te lo envío de vuelta
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En otro orden. Se me presentó una falla técnica en el blog que me dejó sin contactos y sin imágenes y si bien, ya está solventada no así la reposición de las fotos en las entradas antiguas, es un trabajo de hormiguita que para este més de septiembre apenas llevo en un 17 por ciento, pero poco a poco lo levantaré. en cuento a los contactos, estoy reastreándolos en las entradas antiguas para volverlos a seguir, es por eso que no me habías visto comentando tus entradas ya que no tenía cómo ubicarte en tigrero sino buscahndote en las entradas de años anteriores a el 2010, pero por fin te encontré y vuelvo a seguirte.
Pero no todo es malo, la buena noticia es que ya mi libro de cuentos PORTUGAL MAR AFUERA Y OTROS RELATOS está en Libros en Red y lo puedes pedir, por favor entra en mi blog para que veas el link donde se pide, en formato físico te lo llevan a tu casa cuánto te agradecería saber tu opinión acerca del mismo.
en contacto nuevamente mi hermano

Markos Arroyo dijo...

Excelente artículo, ha sido un placer leerlo y aprender.
Salu2

Fernanda. dijo...

Llevo la tarde entera leyendo los interesantes posts de este blog. Están muy bien escritos, son entretenidos y culturales. Muchas Felicitaciones.

Alí Reyes dijo...

Vengo de leer lo relativo a la película TITANIC hecha en la Alemania del 40'...Increíble. me entero de eso hoy.

 
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