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martes, marzo 13, 2012

El rescate pagado más caro de la historia

Ubiquémonos en el Mar Egeo en el año 78 antes de nuestra era. El desenlace de esta anécdota bien pudo influir en el curso de la historia que conocemos y de sus civilizaciones. En aquel año, cierto joven aristócrata romano fue expulsado de Italia por el dictador Lucio Sila, por haberse aliado a las huestes de su más enconado rival. Mientras duraba su destierro, este ambicioso joven había decidido perfeccionarse en el arte de la Oratoria y la Elocuencia, en la academia del afamado profesor Apolonio Molo. Por esta razón navegaba hacia la Isla de Rodas.

Mientras el buque costeaba la isla de Farmacusa, a la altura de las rocosas riberas de Caria, se percataron de que algunas embarcaciones de forma alargada y baja (evidentemente piratas turcos) se aproximaban hacia ellos. Los extraños se acercaban a gran velocidad y para colmo, el barco romano era lento y la brisa no ayudaba. No tenían más remedio que resignarse y así lo hicieron, la nave romana esperó pacientemente el abordaje de las canoas piratas y al poco tiempo, su cubierta estaba ya tomada por aquellos bárbaros de piel tostada por el sol.

Piratas listos para el abordaje

El jefe de los piratas lanzó una mirada circular sobre los asustados pasajeros e inmediatamente llamó su atención un joven aristócrata, vestido elegantemente según la última moda de Roma, y que sentado en medio de sus sirvientes y esclavos, se entregaba tranquilamente a la lectura. Avanzando hacia él, el pirata le preguntó quién era, pero el altivo muchacho, lanzándole una mirada desdeñosa, continuó leyendo. El pirata, enfurecido, se dirigió entonces a uno de los compañeros del noble romano, el cual le reveló el nombre de su prisionero: era Cayo Julio César.


Se planteó la cuestión del rescate. El pirata deseaba saber la suma que Julio César aceptaba pagar por recobrar su propia libertad y la de sus criados. Como el romano no se dignó siquiera en contestar, el capitán se volvió hacia su ayudante pidiéndole su opinión acerca del valor por el que tasaba al grupo. Este "experto", después de examinarlos detenidamente uno por uno, estimó que diez talentos serían una suma razonable.
El capitán pirata, irritado por el aire de superioridad del joven aristócrata, le cortó la palabra, diciendo:
- Pues bien, voy a doblarla. Veinte talentos: éste es mi precio.
Esta vez, César abrió la boca. Frunciendo el ceño, declaró:
- ¿Veinte? Si conocieses bien tu oficio, te darías cuenta de que valgo cuando menos cincuenta.
El pirata se sorprendió. Nunca había tenido un prisionero que se creía lo bastante importante para pagar de buen grado un rescate tan cuantioso. Era una cantidad enorme. La razón de su arrogancia seguramente se debía al hecho de que estaba emparentado con algunos de los hombres más influyentes de su época, y su suegro era de uno de los más grandes políticos y militares.

Aclaremos. El talento era una medida monetaria que equivalía aproximadamente a 26 Kg (de oro en este caso), calculen por 50 talentos, nos da una cifra aproximada a 1300 Kg del precioso metal. La cotización actual del lingote de un kilo alcanza los $ 240.000 dólares en el mercado. Eso nos da la referencia de que un talento de oro al cambio actual, superaría los seis millones de dólares. Imagínesen eso multiplicado por 50. Era una cifra realmente obscena.
Para que tengan una mejor idea de la cantidad, recordemos que Roma "El Imperio", exigió a Cartago (otro imperio) como indemnización por daños de guerra apenas diez mil talentos.

Sitio aproximado donde los piratas los abordaron, actualmente es el sudeste de Turquía

Siguiendo con el relato, el pirata le tomó la palabra a Julio Cesar, luego lo hizo arrojar a una de las embarcaciones junto con los demás cautivos, y los llevaron a una de sus guaridas rocosas hasta esperar el regreso de los emisarios y negociadores que ambos enviaron a Roma para reunir el rescate.

César y sus compañeros fueron alojados en algunas chozas de una aldea ocupada por los piratas. El joven romano pasaba el tiempo entregándose cada día a ejercicios físicos: corría, saltaba, lanzaba piedras gruesas, compitiendo a menudo con sus raptores. En sus horas menos activas, escribía poemas o bien componía discursos. Caída la noche, se reunía frecuentemente con los piratas en torno al fuego, ensayando con ellos el efecto de sus versos o de su elocuencia. Los piratas, según lo relata el historiador Plutarco, tenían una opinión muy desfavorable sobre los modales de su secuestrado y se la manifestaban sin ninguna delicadeza. Debía ser una vida extraña para el joven, que también era descrito por el dictador Lucio Sila, como "un muchacho con faldas". Por aquel entonces César tenía apenas 22 años.

Las famosas tertulias nocturnas donde los piratas se burlaban de César y su ambigüedad sexual

Como un auténtico romano, no solamente despreciaba a sus captores por sus modales groseros y su falta de educación, sino que también les reprochaba sus defectos. De hecho, tuvo un inmenso placer al describirles lo que les sucedería si alguna vez la pandilla cayese entre sus manos, prometiéndoles que sería magnánimo con ellos y solamente les haría crucificar a todos. Los piratas obviamente se reían de buena gana al escuchar sus amenazas, y se burlaban por su manera de actuar y comportarse tan poco varonil, casi afeminado; de hecho lo miraban con una especie de respetuosa condescendencia. Cierta noche en que los piratas se quedaron hasta altas horas emborrachándose en torno al fuego y haciendo más bulla que la habitual, el exigente prisionero mandó a uno de sus criados a notificar al capitán su deseo de que hiciera callar a quienes estorbaban su reposo. Su demanda fue respetada: el jefe ordenó a su tripulación que cesara el alboroto.

Por fin, al cabo de treinta y ocho días, regresaron los negociadores con la noticia de que el rescate de cincuenta talentos acababa de ser depositado en manos del legado Valerio Torcuato, y César con sus compañeros fueron embarcados a bordo de un buque y enviados a Mileto. Reunir una suma tan considerable había tomado un tiempo más largo de lo que se creía, pues el Emperador Sila, después de haber desterrado a César, había confiscado todos sus bienes y también los de su esposa Cornelia. De haberlo sabido antes, seguro se hubiera dado un poco menos de importancia.

Al llegar a Mileto el rescate fue entregado a los piratas, y por su parte César pisó tierra deseoso de ejecutar en el acto su venganza. Pidió prestado a Valerio cuatro galeras de guerra y quinientos soldados, y casi tras ellos se puso en marcha hacia Farmacusa. Al llegar allí encontró, tal como había esperado, a toda la pandilla embriagada celebrando el pago del rescate.

Piratas festejando

Fueron sorprendidos indefensos y no opusieron resistencia. Casi todos se entregaron, salvo unos pocos que lograron huir. César ahora tenía cerca de trescientos cincuenta prisioneros y la satisfacción de recuperar sus cincuenta talentos. Después de embarcar a los delincuentes en las galeras, hizo hundir todos los navíos piratas; luego alzó velas y se dirigió hacia Pérgamo. Recuerden que no podía volver a Roma.

En Pérgamo hizo encerrar a sus prisioneros en una fortaleza y se fue a hablar con el pretor (gobernador) Marco Junio. Le contó someramente lo que le había sucedido y le pidió una carta con su autorización para ejecutar a los piratas o por lo menos a sus jefes. Al pretor Marco Junio no le gustaba a actitud de aquel joven autoritario que quería hacer justicia con su propia mano. Había, además, otras consideraciones. El sistema según el cual los mercaderes pagaban tributo a los piratas a cambio de su inmunidad, era prácticamente sagrado. Era una vieja costumbre que después de todo no funcionaba tan mal. Si el pretor accedía a los deseos de César, los sucesores de los piratas, extranjeros siempre, se volverían más bárbaros de lo que habían sido con él.

Junio además, era un pretor astuto y corrupto. Enseguida se dio cuenta de que aquella pandilla de piratas era rica y sabía que podía sacar una tajada de ellos, a manera de gratitud, si éste ejerciese un decreto de clemencia devolviéndoles la libertad. Le dijo a César que el mismo se ocuparía del asunto y que pronto le informaría de su decisión. César que no era ningún tonto, lo comprendió y se le adelantó.

Se despidió del gobernador y fue enseguida a donde los tenía encerrados. Por autoridad propia (es probable que la nueva situación en Roma fuera ignorada en las provincias), hizo ejecutar en la prisión a los piratas, eligiendo a treinta de los cabecillas para la crucifixión que les había prometido. Cuando los escogidos aparecieron ante él cargados de cadenas, César les recordó su promesa, pero añadió que queriendo mostrarse agradecido por las bondades que tuvieron para con él, iba a concederles un supremo favor: antes de ser crucificados, serían degollados.


Arreglado el asunto, César prosiguió su viaje –interrumpido por este percance- y entró, tal como lo había deseado, a la excelente escuela de arte oratorio de Apolonio Molo. Sobra decir que a partir de entonces, nadie volvió a poner en duda su palabra.

Así fue forjando su carácter y liderazgo, hasta que tres décadas más tarde, César y su ejército entrarían victoriosos en Roma donde se auto proclamó Emperador Vitalicio, pero esa es ya otra historia que algún momento les contaré.

Fuentes y referencias:
Historia de la Piratería, Gosse Philip
En la web: 1, 2, 3, 4, 5

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jueves, julio 29, 2010

La enigmática Princesa Caraboo

La tarde el jueves 3 de abril de 1817, una extraña joven hizo su aparición en la casa de un zapatero de un pueblo cercano a Bristol, Inglaterra. A la muchacha se le notaba confusa y perdida, además de que estaba ataviada de una extraña manera y llevaba un exótico turbante negro en la cabeza. La primera persona que la vio fue la esposa del zapatero, quien al preguntarle qué es lo que deseaba, se dio cuenta de que la joven hablaba en un extraño idioma que nunca antes había escuchado. Atónita la señora y sin poder entender lo que la joven le decía, pensó que se trataba de una mendiga extranjera. Cabe señalar que en aquella época en Inglaterra la mendicidad era castigada con prisión, y en casos de reincidencia con el destierro a Australia.

Tratando de hacer una obra de caridad la esposa del zapatero llevó a la chica a la Comisaría, pero igual, las autoridades policiales no supieron qué hacer con ella. Además estaba claro que aquella agraciada joven no era una mendiga, puesto que sus manos eran finas y delicadas, y sus uñas se encontraban muy bien cuidadas y limpias, lo que denotaba que no había estado acostumbrada a realizar trabajos duros. No se les ocurrió otra idea que llevarla a la casa del señor Worral, que era el magistrado del condado.


El magistrado Worral y su esposa tenían en su casa un criado griego que hablaba varios idiomas y lo hicieron llamar enseguida para ver si podía entender a la misteriosa joven, pero fue en vano, ya que tampoco conocía aquel raro idioma, que además no se parecía a ninguno de los idiomas europeos. Mientras pensaban a donde podían llevarla, la muchacha vio un cuadro donde estaba dibujada una piña, y enseguida exclamó: Ananás! y la señalaba con el dedo con entusiasmo, como queriendo explicar que era una fruta de su patria. El criado enseguida comentó que Ananás es el nombre con el que se conoce a las piñas en Grecia, y en algunos lugares de Europa. Bueno, por lo menos ya tenían alguna pista.

Viendo aquel entusiasmo de la muchacha, la esposa del magistrado Worral se ofreció a prepararle la cena, pero ella mediante señas se hizo entender que sólo prefería tomar un té, y también mediante señas entendieron que la joven se llamaba "Caraboo". Le sirvieron una taza de té y la muchacha empezó un extraño ritual antes de beberlo, repitiendo una extraña oración mientras se cubría los dos ojos con una mano. Más tarde por la noche, cuando le mostraron la habitación donde iba a dormir, ella se acostó en el suelo, demostrando así que no sabía lo que era una cama, hasta que le explicaron lo cómodo que era dormir en ella y aceptó acostarse, no sin antes arrodillarse para rezar sus oraciones a un dios que ella llamaba Allah Tallah.

En la casa del magistrado la joven se mostraba especialmente impresionada cuando miraba unas piezas de cerámica china y sus caracteres, por lo que llegaron a pensar que era probable que la muchacha había llegado desde el Asia, pero esto los confundía aún mas, puesto que la joven tenía unos atractivos rasgos europeos, una larga cabellera negra, ojos oscuros y piel clara. Su comportamiento seguía llamando la atención, pero la esposa del magistrado estaba feliz de tenerla como huésped en casa. Cuando iban a la mesa la joven siempre rechazó comer carne, de hecho mantenía una dieta estrictamente vegetariana y sólo bebía agua potable o té.

El magistrado se dio cuenta que tenía en su casa a una perfecta desconocida que sabrá Dios de donde era, por lo que en contra de su esposa llevó a la muchacha a donde el alcalde de Bristol para que él tomase alguna decisión al respecto. El verdadero temor de las autoridades era de que la muchacha sea una fugitiva de algún extraño país y por ende un peligro para la comunidad, pero el alcalde de Bristol, John Haythorne, no tenía pruebas de nada, ni podía imputársele ningún cargo, ya que a duras penas lo único que sabían era que se llamaba "Caraboo", entonces decidieron cumplir con lo que estipulaba la ley y fue enviada al Hospital St. Peter hasta que aparezca alguien que aportase alguna otra prueba.


En aquel sucio hospital para indigentes, Caraboo se negó a probar cualquier tipo de alimento, e incluso se negó a dormir en aquellas viejas camas y pasaba las noches sentada en el suelo. Como ya se había corrido la historia de la muchacha mucha gente de la ciudad empezó a visitarla, y le llevaban extranjeros y políglotas para tratar de descifrar su idioma, pero ninguno tuvo éxito.

Cuando la esposa del magistrado se enteró de que Caraboo se negaba a comer, fue en su ayuda y la sacó de aquel lugar y se la llevó hasta las oficinas de su marido, donde le adecuaron una habitación en donde pasó los siguientes diez días al cuidado de su ama de llaves. Aún en ese lugar seguían visitándola muchas personas que llevaban gentes de otros lugares para ver si alguien le atinaba con su lenguaje, hasta que por fin sucedió lo impensable. Entre toda esa gente que llegó, hizo su aparición un viajero portugués llamado Manuel Eynesso, quien después de hablar con ella dijo haber resuelto el misterio.


Caraboo era una princesa de un reino llamado Javasu, en una isla lejana del Océano Indico, de donde había sido secuestrada por piratas, y que después de un largo recorrido por el océano, ella logró escapar de sus captores saltando por la borda del barco cerca al Canal de Bristol, desde donde había nadado hasta la orilla. La traducción del portugués fue prueba suficiente para que el magistrado y su esposa estén convencidos de que estaban alojando y protegiendo a una "princesa extranjera", por lo que decidieron inmediatamente llevarla hasta su residencia y darle el trato que tan ilustre huésped merecía.

Residencia de los Worral donde la Princesa estuvo algunas semanas

Durante su estancia en la residencia de los Worral, la princesa encantada recibió muchísimas visitas de las amistades de la pareja, a quienes siempre deleitó con sus finos modales y extraño "pero encantador" comportamiento. Le gustaba utilizar un arco y flecha que adornaba la pared del salón principal, bailaba danzas exóticas y nadaba desnuda en el lago cercano a la mansión cuando se encontraba a solas. Nunca se olvidaba de sus oraciones a su ser supremo 'Allah Tallah', y claro, todo esto era acompañado de sus inusuales costumbres vegetarianas y su extraño dialecto.

La esposa del magistrado pensaba que como todo aristócrata que se respete, la princesa Caraboo también debía tener un retrato suyo pintado, para lo cual le hizo confeccionar un exótico vestido con las mejores telas, que fueron escogidas en conjunto con la princesa. Luego llamaron a un artista de retratos y la hicieron posar.

Retrato de la Princesa Caraboo, por Edward de Aves (1817)

Cada semana más y más personas acudieron a visitar a la exótica Princesa Caraboo, quien respondía con su natural gracia y comportamiento a las atenciones que le dispensaban los aristócratas de Bristol. En una de esas tantas tertulias aceptó escribir algunos símbolos y gráficos de su idioma, los cuales algún invitado curioso, envió a Oxford para su análisis. Poco después llegó la lacónica respuesta de los expertos, sugiriendo que aquellos pictogramas no pertenecían a ningún idioma ni dialecto conocido, y que no eran más que una farsa.

Los pictogramas que fueron enviados y analizados en Oxford

De todas formas, la noticia de que una exótica princesa de tierras lejanas habitaba en Bristol se había regado como pólvora, en poco tiempo los periódicos ingleses se hicieron eco, y la joven pasó de ser una extraviada desconocida a convertirse en una celebridad en la época. Realmente el asunto de la fama se había salido de las manos, y en poco tiempo ésta fue su perdición.

Una señora de apellido Neale, tenía una pequeña posada en las afueras de Bristol, y un buen día leyó en la prensa la descripción de la princesa Caraboo, y se le hizo familiar, luego al seguir leyendo el artículo y su descripción, la reconoció inmediatamente. Hace algunas semanas aquella muchacha había sido huésped en su posada y se había hecho muy amiga de sus hijas, a quienes entretenía hablándoles en un gracioso lenguaje que ella misma había inventado. Cuando se despidió y se fue de su posada, la señora recordó que la joven se había puesto un curioso turbante en la cabeza.

Los medios en seguida se hicieron eco de las declaraciones de la posadera, y la noticia nuevamente fue un reguero de pólvora, hasta que llegó a oídos de los Worral, quienes ahora se habían convertido en el hazmerreír de toda Inglaterra. Casi en shock la esposa del magistrado confrontó y pidió explicaciones a Caraboo, quien no tuvo más remedio que aceptar la mentira y confesarle en perfecto inglés que su nombre verdadero era Mary Baker, y que era hija de un zapatero del pueblo de Witheridge, que tenía 25 años y que era la hija de quien supuestamente la había encontrado. Que después de haberse divorciado y no tener un lugar estable donde vivir, había inventado esta historia junto a sus padres.

Después de ese balde de agua fría, y especialmente por haber abusado de la amabilidad de la señora Worral y hacerlos quedar en ridículo ante toda la sociedad, el magistrado se puso a pensar en qué hacer con la muchacha. Si la botaban de la mansión y la chica se quedaba en Bristol, sería una vergüenza aún mayor para la familia, porque cada vez que fuera vista por las calles la gente recordaría la ingenuidad de los Worral, así que pronto decidieron sacarla de Inglaterra y enviarla hacia los Estados Unidos.

Princesa Caraboo por Thomas Barker (1817)

El 28 de junio de 1817, embarcaron a Mary Baker rumbo a Filadelfia bajo la tutela de tres monjas amigas de la señora Worral, a quienes a pesar de todo, les había recomendado que cuidasen de la muchacha. A los pocos días de haber llegado se separó de las monjas y no se supo de su paradero durante algunos años, salvo una carta de agradecimiento que fue recibida en noviembre de 1817 por la señora Worral.

Obviamente, la prensa intrigada buscó a los padres de la muchacha para escuchar su versión, y ellos lo único que alegaron es que su hija estaba mal de la cabeza desde que sufrió una fiebre reumática a los 15 años, y que desde ahí había tenido todo un historial de recaídas y desequilibrios mentales que alguna vez hasta la pusieron al borde del suicidio. Luego había salido a Londres a mendigar, y con un poco de suerte pudo encontrar trabajo en la casa de una familia judía, donde aprendió el alfabeto hebreo que tanto le serviría después en su papel de princesa. Luego por alguna razón que sus padres no tenían muy clara, se enteraron que se encontraba internada en el hospicio de Santa María de Londres, y poco tiempo después apareció de repente en casa. Su madre le había conseguido trabajo en una pescadería, donde conoció a un señor de apellido Baker con quien se casó y juntos se fueron nuevamente a Londres, pero poco tiempo después él la había dejado abandonada en la gran ciudad. Fruto de esta relación Mary tuvo un hijo que no dudó en entregarlo a un orfanato para su adopción.


Mary Baker regresó a Inglaterra en 1824, y ya en Londres quiso vivir de la fama que le había dado la prensa años atrás con el asunto de la princesa Caraboo, pero no tuvo éxito, y prefirió irse buscar la vida a Francia y España. Cinco años después regresó para establecerse y ganarse honestamente la vida vendiendo sanguijuelas en el Hospital de Bristol, ciudad en la que tuvo una hija y vivió el resto de su vida, y en la que fue enterrada a los 75 años en una tumba sin nombre.

Lo que continúa siendo un misterio hasta la fecha, es la verdadera identidad de aquel falso navegante portugués que supuestamente pudo entender su idioma. Quizás era un cómplice, un amante o el padre de su hijo, pero Mary Baker, siempre evitó hablar de él.

Fuentes e imágenes:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7

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domingo, marzo 14, 2010

El gran impostor

Como bien sabemos, la historia siempre ha estado llena de impostores pero ahora les voy a hablar de uno especial, quizá el más grande del siglo pasado debido a que siempre tuvo de cabeza a los servicios de inteligencia americanos, con apenas unas pocas credenciales falsas.

Stanley Jacob Weyman nació en Brooklyn, NY, en 1890 en el seno de una familia judía. Sus padres pertenecían a la clase obrera pero siempre trataron de darle una buena educación, lo cual se truncó cuando no pudieron costearle la Universidad debido al alto costo de la matricula. Entonces Stanley se dedicó a trabajar en oficios ocasionales, indefinidos, pero nunca dejó de pensar en cómo hacer para colarse en la alta sociedad y disfrutar de los placeres de la buena vida.
Lo primero que hizo es dejar de usar su nombre judío, y en vez de Stanley Jacob Weyman, empezó a presentarse como Stanley Clifford Weyman, ya que a él le parecía que un nombre así le daba "más glamour".

Sus primeros roces con la ley los tuvo en 1910, a la edad de 20 años al ser arrestado por hacerse pasar como el Cónsul de Marruecos con una credencial falsa, para cenar gratis en uno de los mejores restaurantes de Nueva York.
Luego, en 1915 tuvo la audacia de presentarse al Departamento Naval de Nueva York haciéndose pasar por el cónsul de Rumania.
En esta oportunidad tuvo más suerte y pudo gozar de los honores reservados para los diplomáticos durante una visita de inspección al USS Wyoming "en nombre de la Reina de Rumania".

Tripulación del USS Wyoming

La farsa no le duró mucho y fue descubierto durante la cena de gala en el Waldorf Astoria donde se homenajeaba a los almirantes del buque. Fue arrestado en medio de mucha consternación, ya que los marinos se habían encariñado con este encantador personaje. Los agentes federales lo detuvieron a pesar de las quejas de sus contertulios, quienes invocaban "que al menos no lo arresten hasta que sirvan el postre". Por esta suplantación de identidad agravada y por sus antecedentes previos, fue condenado a un año de prisión.

Para 1917 fue arrestado en Brooklyn mientras inspeccionaba algunas dependencias aeronáuticas, haciéndose pasar como Teniente de la Fuerza Aérea. En esta ocasión salió bajo libertad condicional en 1920 e inteligentemente pensó que en su país ya no podría seguir suplantando identidades, por lo que decidió viajar a Sudamérica.
Llegó al Perú haciéndose pasar por un médico que representaba a una gran compañía constructora norteamericana. Su permanencia en el país andino fue de lo más placentera ya que estuvo copada de fiestas, recepciones y banquetes, que a menudo ofrecía en la elegante villa "que la compañía le alquilaba".
Pero el golpe maestro, el clímax de su carrera estaría aún por llegar.

Weyman con la Princesa Fátima de Afganistán

Se enteró que la Princesa Fátima de Afganistán se encontraba en una visita no oficial en los Estados Unidos y se presentó ante ella vestido con un impresionante traje de Teniente Coronel, ofreciéndose para conseguirle una entrevista con el entonces Presidente Harding en la mismísima Casa Blanca.
Le explicó a la princesa que entre las "extrañas costumbres de occidente" era muy bien visto gratificar al oficial que servía como nexo en este tipo de conexiones, por lo que la princesa sin reparo le entregó $ 10.000.
Con esa cantidad cualquier estafador se hubiese retirado a disfrutar, pero él la utilizó para alquilar un ferrocarril privado en el que llevaría a la princesa hasta Washington D.C. y una vez allí se las arregló para reunirse con el secretario de estado Charles Evans Hughes, a quien no pudo convencer de darle una audiencia a la Princesa afgana con el Presidente. Después de abrirse paso a empujones y casi siendo expulsado por la seguridad de la Casa Blanca, logró llamar la atención del Presidente, a quien le habló con franqueza. Al final le consiguió una pequeña audiencia fuera del protocolo a la Princesa y por la noche para festejar, los invito a ella y a su séquito a un restaurante de lujo, donde claro, terminó bailando un vals con su majestad.

El gran Weyman volvió a reaparecer ante los medios con motivo de la muerte de Rodolfo Valentino, y se lo vio muy pegado a Pola Negri, novia del actor, a quien previamente había convencido "de haber sido médico personal y amigo de toda la vida de Rodolfo". La recetó algunos sedantes para superar el mal momento, y fue prácticamente él, quien recibió las muestras de dolor de los allegados del ahora "su gran y silencioso amigo".

Junto a Pola Negri, novia de Rodolfo Valentino

Supervisó los detalles de la ceremonia fúnebre y asistió en todo momento a la compungida Pola Negri, a quien hasta la asistió en un par de desmayos que tuvo. Ha quedado como recuerdo una foto que dio la vuelta al mundo en aquella época. Sin embargo, Weyman no fue arrestado en esta oportunidad.

Sepelio de Rodolfo Valentino

Tras la muerte de Valentino, ya la prensa hasta el empezó a tomar cariño porque con sus inocentes fechorías daba mucho de qué hablar.
Después pasó a ser abogado, y logró dictar conferencias en varias universidades con títulos falsificados, fue también empresario durante la Segunda Guerra Mundial -montó una escuela de desertores- y hasta incursionó en el periodismo radial.
En este oficio demostró tener algún talento, tanto así que el Embajador de Tailandia le ofreció un puesto como jefe de prensa de su delegación frente a las Naciones Unidas. El diplomático fue advertido a tiempo sobre los antecedentes de Weyman por el Departamento de Estado, luego de lo cual, desistió a darle el nombramiento.
Su nombre saltó por última vez a los periódicos cuando murió en agosto de 1960, durante el asalto a un motel de baja calaña en New York. Ahora, en el ocaso de su vida, a los 70 años, trabajaba de portero nocturno.

Fuentes:
Tyrannosaur, Notiar, Newyorker

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domingo, septiembre 20, 2009

El secuestro de D.B. Cooper

El 24 de noviembre de 1971 un hombre que se hacía llamar Dan Cooper abordó en Portland el vuelo 305 de la Northwest Airlines con destino a Seattle. Ya en el avión llamó a la azafata y pidió un bourbon con soda. Al cancelar, le pasó un papelito con una nota. La azafata le sonrió y no leyó el papel porque creyó que Cooper la estaba coqueteando. Enseguida el hombre se puso de pie, se acercó a la azafata y le susurró al oído que por favor leyera la nota, luego le sonrió y volvió a su asiento. La azafata leyó la nota que decía:
"Tengo una bomba en el maletín. La usaré si es necesario. Siéntese a mi lado. Esto es un secuestro."
Cuando ella se sentó a su lado, él abrió ligeramente su maletín y después de un guiño de ojo le mostró a la azafata su contenido, unos cilindros gruesos con cables de color rojo.

La azafata enseguida informó al piloto, que pidió instrucciones al control aéreo de Seattle, desde donde le recomendaron que cooperara con el secuestrador. El pasajero les comunicó entonces sus exigencias: quería $ 200.000 sólo en billetes de $ 20, cuatro paracaídas y que recarguen de combustible al avión, a cambio de la liberación de los pasajeros. Cooper había dado también instrucciones previas a la azafata de no descender hasta que le confirmaran que el dinero y los paracaídas estuviesen listos. Durante el resto del vuelo, Dan siguió saboreando tranquilamente su bourbon mientras esperaba el aterrizaje como todo un gentleman.

El avión llegó a Seattle donde se hizo la entrega del dinero, los paracaídas y combustible, sólo entonces desembarcaron los pasajeros sin el menor rasguño y ajenos totalmente al secuestro del que fueron víctimas. Pidió se quedaran sólo el piloto, el copiloto y una azafata. Curiosamente Cooper ofreció una propina de $ 2.000 a dos azafatas que bajaron, las cuales obviamente no aceptaron. Enseguida ordenó a la tripulación dirigirse hacia Reno (Nevada), y que volaran bajo los 10.000 pies de altura –unos tres mil metros-, la tercera parte de lo habitual, y con el tren de aterrizaje bajado. Dos aviones cazas militares los seguían de cerca. Después de pedir otro bourbon, ordenó a la azafata que se encierre en la cabina de mando.

En la parte posterior de los Boeing 727 hay una escalerilla que se abre desde adentro, y en cierto momento de la noche, mientras el avión sobrevolaba aún el estado Washington -se supone-, Cooper consiguió abrirla y a partir de entonces no se ha vuelto a saber de su vida. Desapareció de la faz de la tierra.

Escalera posterior Boeing 727

Los aviones que les seguían nunca vieron nada y no se sabe dónde aterrizó, pero se cree que fue en las inmediaciones de un poblado llamado Ariel, unas 30 millas al norte de Portland, y aunque el FBI le siguió la pista durante años, jamás obtuvo resultados. Hoy se cree que pidió los cuatro paracaídas, haciéndoles creer que eran uno para cada persona, y así evitar que le dieran uno que no funcionara.

Retrato de Dan Cooper proporcionado por el FBI

Un agente de policía escribió incorrectamente “D.B.” para identificar a Dan Cooper, y nunca se corrigió ese error, por eso, aún se le conoce como el caso D.B. Cooper.

El éxito de este delito fue tan rotundo, que en 1972 varios avezados quisieron emularlo en casos similares, pero enseguida el FBI atrapó a los delincuentes. De hecho hoy en día todos los Boeing 727 llevan unos dispositivos llamados “Cooper Switches”, que impiden que se abran las compuertas mientras el avión se encuentra en pleno vuelo.

El mito del secuestro se reavivó en febrero de 1980, cuando una familia que realizaba un picnic al noroeste de Vancouver, Washington, encontró junto al río Columbia $ 5.800 en un fajo de billetes deteriorado de $ 20 que al parecer pertenecían al botín. A partir de este hallazgo la zona se volvió un mito para los cazadores de recompensas que buscaron fervientemente su cadáver y el botín. Llegaron al extremo de rastrearlo en un lago local con ayuda de un submarino.

Billetes encontrados en 1980

De los cientos de sospechosos que tuvo en su momento el FBI, quien más cerca está de encarnar el mito es Kenneth Christiansen. Amante del Jack Daniel’s con coca cola, ex militar, ex paracaidista, ex auxiliar de vuelo y residente del Estado de Washington. Kenneth se compró una casa apenas un año después del secuestro, la cual pagó en efectivo. Trabajó años antes del incidente como mecánico y jefe de cabina para la misma aerolínea, pero lo más importante, fue también paracaidista de alto riesgo en el Ejército. Lastimosamente, esta confesión fue hecha por su hermano después de que Kenneth muriese en 1994.

Kenneth Christiansen

Aunque el FBI no ha cerrado el caso, algunos agentes presumen que Cooper no sobrevivió al salto por haberse dado el mismo en medio de una tormenta, y por lo agreste de la zona. De todas formas, siempre es más agradable mantener el mito vivo, creer que hubo un tipo que sobrevivió después de hacer un robo tan ingeniosamente preparado, sin necesidad de ser un político. Este es el único secuestro aviatorio que no ha sido resuelto en los Estados Unidos.

Fuentes:
NY Magazine, El País
Enzodavid

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martes, julio 07, 2009

El Gran golpe de Niza

Albert Spaggiari fue un comando y mercenario al servicio del ejercito francés que luego se unió al grupo anti independentista de extrema derecha OAS, contrario al separatismo argelino.


Tuvo una idea que estuvo rondando por su cabeza durante mucho tiempo, y sabía que si la concretaba terminaría por cambiarle la vida de la noche a la mañana. Spaggiari había preparado un plan perfecto para ingresar a robar en el Société Générale Banque de Niza y ya contaba con un grupo de nueve hombres, todos calificados, pero le faltaba uno para llevar acabo su plan, le hacía falta un experto en túneles, pero éste se encontraba preso en la cárcel de Marsella. Decidió entonces, pagar a la mafia marsellesa para que lo dejasen escapar, y así completó su selecto equipo que más tarde sería recordado como las famosas “ratas de las alcantarillas”.

Gente apostada en las afueras del Banco Société Générale después de enterarse del robo

Cavaron un túnel sin que nadie se diera cuenta durante nueve semanas, confundiéndose con los trabajadores de obras públicas para no despertar sospechas.
Aprovechando un largo fin de semana del 17 al 19 de Julio de 1976, y a un ritmo de 15 cm diarios llegaron a la caja fuerte de la sucursal mayor del Société Générale Banque.
Como esa fecha era el feriado francés de "La toma de la Bastilla", les dio la oportunidad de trabajar tres días sin la preocupación de ser descubiertos.
Las paredes y el piso de la bóveda eran de hormigón armado de 30 cm de espesor y tenía una puerta de 20 toneladas de acero.
Este banco se jactaba de la seguridad de su búnker, pensaban que era tan inviolable a tal punto que los especialistas no creyeron necesario colocarle ningún sistema eléctrico de seguridad. Craso error, ya Albert había alquilado un casillero dentro de la bóveda en el cual puso un reloj de alarma programado para que sonara a media noche, y nadie se inmutaba.

El día programado, luego de 16 horas de pico y pala pudieron entrar. Abrieron cerca de 400 casilleros de seguridad con joyas, dinero en efectivo, bonos al portador, etc.
Ya ahí, les invadió un extraño sentimiento de nobleza; tomaron todas las joyas y efectivo solo de los clientes más adinerados y no toparon los que parecían ser ahorros, de hecho dejaron intactas las cajas de quienes tenían menos de 30 mil dólares.
En algunos casilleros también encontraron fotos muy comprometedoras de personas importantes de Niza, con las que Spaggiari empapeló las paredes para que todo el mundo al entrar en la bóveda pudiera verlas. Un tipazzo!

Pero la fiesta no terminó aquí, sino que celebraron su hazaña con un banquete ahí adentro con vino, quesos, foie gras e incluso Spaggiari mandó a comprar comida a uno de sus hombres. Se estima que estuvieron dentro casi un día entero.

Escena de “Sans armes, sans heine, sans violence”, película basada en el robo

Según los reportes de la época, el monto que lograron llevarse fue de 18 a 20 millones de dólares.
El lunes cuando entraron las autoridades del banco junto a la policía, encontraron botellas vacías, restos de comida y en la pared la famosa frase que los inmortalizó: “Sans armes, sans heine, sans violence”, (Sin armas, sin odio, sin violencia).

La policía francesa emprendió la cacería más exhaustiva de esa época hasta que dieron con dos de los integrantes de la banda, quienes delataron al resto. Sin embargo, el arresto de Spaggiari no hubiera sido posible sin la ayuda de su novia, una mujer demasiado celosa que puso a la policía sobre su pista ya que quería saber a dónde iba su galán por las noches.

Ya detenido, Spaggiari pidió entrevistarse con el juez que seguía su caso.
Fue llevado al juzgado custodiado por la policía y una vez en el despacho, sacó de su bolsillo unos planos de la red de alcantarillado y situándose tras el juez comenzó a narrarle con todo lujo de detalles cómo había cometido el robo. El juez estaba boquiabierto.

Cuando Spaggiari se dirigía a sentarse en el banquillo, giró súbitamente y corrió hacia la ventana del despacho y saltó a la calle desde el segundo piso. Cayó sobre el techo de un auto estacionado que quedó abollado y enseguida se subió en una moto que lo esperaba para huir. Mientras se alejaban, Spaggiari le daba una yuca -corte de manga- al juez, que atónito, le miraba desde la ventana.

Recreación del escape del juzgado

Nunca más se volvió a saber de él, salvo meses más tarde que envió un giro postal de 700 USD al dueño del auto sobre el cual saltó y lo hundió.

En 1979 firma un pacto de confidencialidad con una famosa editorial, y publica su libro autobiográfico “El gran robo de Niza” donde cuenta su hazaña con lujo de detalles y una buena dosis de sarcasmo. En el también asegura que nunca disfrutó de su parte del botín ya que fue donado “a la gente oprimida de Yugoslavia, Italia y Portugal…”

Albert Spaggiari nunca fue capturado y hay fuentes que confirman que pasó el resto de su vida entre Argentina y Chile, donde llegó a trabajar incluso para la DINA, que fue el servicio secreto del régimen del General Pinochet.
La mañana del 10 de junio de 1989, su cadáver apareció en Francia frente a la casa de su madre para que pudiera enterrarlo.
Las autoridades nunca lograron recuperar ni un solo centavo de lo robado.

Irónicamente, después de haber robado sólo a los ricos de la ciudad más glamorosa de la costa mediterránea cual Robin Hood moderno, y luego de haber "redistribuido" esa riqueza a su manera, Albert nunca fue reconocido ni será recordado por los izquierdistas del mundo debido a que su ideología política, estaba ya definida desde que fue un militar francés.

Quizá inspirados en Spaggiari, en el 2006 un grupo de delincuentes perpetró un robo parecido en la Argentina, pero fueron detenidos pocos días después. Esa también es una muy buena historia, pero será para otra ocasión ;)

Fuentes:
Hispanismo.org
The Chacho concept

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domingo, mayo 24, 2009

El hombre que vendió la Torre Eiffel

En Ecuador aún guarda prisión un personaje muy singular llamado Sigifredo Dante Reyes de 68 años de edad, más conocido como “El Cuentero de Muisne”. Fue detenido por última vez en 2005 acusado de robo de vehículos. Este tipo fue un maleante muy carismático dotado de una gran inteligencia pero mal encaminada.

Sus fechorías rayan en lo inverosímil y demuestran el poder de persuasión y carisma que utilizó para embaucar y engañar a muchas personas. Hace poco leí que desde la prisión estaba escribiendo un libro con sus memorias en el que detalla sus andanzas y peripecias en el bajo mundo.

Dante Reyes siendo entrevistado en 2005

De sus delitos, uno de los que más se jactó fue de aquella vez cuando se hizo pasar por el hijo del entonces presidente de Costa Rica, José Joaquín Trejos, cuando en Ecuador era presidente Otto Arosemena. Con esa falsa identidad se alojó en el prestigioso Hotel Colón, y la pasó a cuerpo de rey junto a políticos y diplomáticos.

Otra ocasión, disfrazado de sacerdote y aprovechándose de sus incipientes conocimientos de latín, escapó de la cárcel, saliendo por la puerta principal burlando a todos los guardias.

Pero su hazaña o estafa “cumbre” fue en 1980 cuando vendió la Torre del Reloj del Malecón de Guayaquil a una pareja de turistas suizos con una escritura falsa.

Torre del Reloj vendida a turistas suizos

Este último caso me hizo recordar a uno de los más famosos estafadores que registra la historia, quien llegó a tal punto de viveza que logró vender la Torre Eiffel.
Si, la gran torre francesa fue vendida y "dos veces" por Víctor Lustig.

Víctor nació en 1890 en la República Checa y era hijo del alcalde de la ciudad de Hostinné.
Realizó sus estudios en Alemania y en Francia donde fue un buen alumno y se destacó su habilidad para aprender idiomas, llegando a dominar el inglés, alemán, francés e italiano.

Pero los idiomas no eran su única habilidad, también era muy bueno para los juegos de azar como el póker y el bridge, y fue a lo que se dedicó durante algún tiempo.
Haciéndose pasar como el "Conde Von Lustig" se embarcaba en los transatlánticos entre América y Europa para timar por medio de los naipes a los nuevo ricos americanos.

Víctor Lustig

Era un hombre más sofisticado que el promedio, un verdadero profesional, cuyas estafas bien podrían servir como guiones de películas.
Una mañana mientras desayunaba en un crucero leyó en el periódico una noticia que le daría una gran idea.

En 1925, Francia luchaba por salir de la crisis causada por la Primera Guerra Mundial, y entre tantos recortes en el presupuesto, a algún burócrata se le había ocurrido la idea de tumbar la Torre Eiffel.
La Torre fue construida para la Exposición Mundial de París de 1889, pero la intención no era dejarla de forma permanente. El proyecto original dejaba en claro que la torre sería desarmada en 1909, pero por la guerra y la crisis económica había sido imposible hacerlo y la misma lucía como una gran chatarra inservible en pleno centro de París.


Basándose en esta información, Lustig encontró el momento preciso para aprovecharse de la situación.

En mayo de 1925, con una falsa credencial y haciéndose pasar como el Director General del Ministerio de Información, invitó a los cinco recicladores de metal más importantes de Francia a reunirse en el lujoso Hotel Crillón de París, donde les explicó que la torre iba a ser desarmada. Les dijo que los costos de mantenimiento eran enormes y su preservación, no tenía ningún fin práctico.
Por eso -les explicó- estaban abriendo la licitación por el contrato para remover y llevarse las 7.000 toneladas de hierro, y las ofertas debían ser enviadas al día siguiente bajo el más estricto secreto.

Lustig había estudiado cuidadosamente a cada uno de los empresarios citados, y de antemano había decidido quien ganaría la licitación. El favorecido sería André Poisson, un nuevo rico empeñado en escalar dentro de la alta sociedad francesa, donde no era visto con muy buenos ojos al no tener antecedentes de alcurnia.
Analizándolo, Lustig llegó a la conclusión de que Poisson tendría la mayor ambición y agallas de quedarse con el contrato ya que esto le daría el prestigio y la proyección que anhelaba, y sin siquiera abrir los demás sobres lo llamó al día siguiente para informarle que como ganador de la licitación, tenía que presentarse inmediatamente en el hotel con el monto ofrecido.

Lustig había elegido el Hotel Crillón porque en sus salones solían llevarse a cabo reuniones gubernamentales y diplomáticas, y esto le daba un cierto toque de oficialidad a su plan. Poisson enseguida entregó el cheque, y con una sonrisa en los labios se marchó feliz a celebrar el negocio de su vida.

En menos de una hora, Lustig cobró el cheque, cuyo monto nunca fue revelado, y tomó un tren rumbo a Viena desde donde siguió de cerca las noticias en los periódicos. Pero la estafa nunca apareció en ellos. Poisson, demasiado avergonzado por haber caído en un truco tan barato, nunca tuvo el valor de reportarla a la policía.


Sorprendido por esto, Lustig dedujo que si lo había hecho una vez podía hacerlo de nuevo. Regresó a París y volvió a enviar sobres a otro grupo de recicladores de metal, a uno de los cuales le vendió la Torre Eiffel por segunda ocasión. Pero esta vez no pudo cobrar el cheque, ya que el nuevo comprador tuvo la precaución de ir enseguida a verificar el asunto en el Ayuntamiento de París, iniciándose desde ese momento una gran cacería policial sobre Lustig.

Así fue que escapó a los Estados Unidos, donde continuó practicando el arte de la estafa.
Entre sus víctimas se encuentra Al Capone a quien estafó en 5.000 dólares. Finalmente fue capturado por falsificación de billetes y enviado a la prisión de Alcatraz hasta el día de su muerte el 9 de marzo de 1947.

Sin duda son tipos que nacen con mentes privilegiadas y que dominan el don de la palabra, pero que lastimosamente se inclinan por el dinero fácil, para lo cual ponen en práctica su carismática personalidad.
No dudo que de haber tomado el camino correcto, hubiesen sido prósperos y respetados hombres de negocios.

Fuente: Mz...

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miércoles, abril 29, 2009

La fuga más bella

Michel Vaujour nació en Ardennes, Francia en 1951. Cuando apenas era un chiquillo y no quería tomar la sopa, su padre lo amenazaba: «Si no te portas bien, le diré a Vincent que te meta en prisión», invocando a un amigo de la familia que era policía.
Nunca imaginó su progenitor, que su pequeño y temeroso en ese entonces hijo, iba a ser condenado a un total de 95 años de cárcel por diversos robos y atracos, además de seis espectaculares fugas y tentativas de fuga.

Fugarse de la cárcel se dice en francés coloquial, literalmente, «hacer la bella» y de éstas, Michel Vaujour sin duda las ha hecho bellísimas como evadirse de la famosa cárcel de La Santé, en pleno corazón de París en 1986, en un helicóptero piloteado por su primera esposa, o huir en plena corte de una juez penal, lleno de policías, tomando a la magistrada como rehén con una pistola de juguete en 1979.


La carrera delictiva de Michael Vaujour comenzó a los 19 años, cuando tomó la costumbre de robarse coches para dar paseos con sus novias y hacer así más llevadera la rutina de su trabajo en una fábrica de carburadores. Luego descubrió que no era de los que podían esperar pacientemente el final de la condena encarcelado y todo su tiempo entre rejas pasaba imaginando, soñando, inventando como escapar.

Cada vez que volvía a las calles, atracaba un banco o una empresa, para así poder financiar su próxima escapada y llegó hasta el punto de someterse a una operación de cirugía estética en un intento de confundir a la policía.


Durante 20 años -según sus palabras- fue como “un perro loco” que alternaba largas estancias entre los sectores de alta seguridad de las prisiones francesas y breves períodos de libertad.

Hubo también momentos hermosos en su vida como los que pasó en Italia con Nadine, la mujer que le ayudó a escapar de La Santé en helicóptero, pero su foto en todas las comisarías, periódicos y canales de televisión entre los delincuentes más buscados, y el temor a ser capturado de nuevo acababan ensombreciendo todo el romance.

Cuanto más se fugaba, más se alargaban las penas, más se endurecían sus condiciones de reclusión y más deseos tenía de evadirse. Estaba atrapado en este círculo vicioso, fugarse, volver a prisión y fugarse nuevamente.


Curiosamente, la práctica del yoga y otra mujer en su vida le ayudaron a salir adelante.
Jamila, una estudiante de Derecho de origen argelino 18 años más joven que él, se interesó por Vaujour al ver a su primera esposa en televisión en 1993.
Empezó a escribirle a la cárcel, fue a visitarle, se enamoró de él y acabó proponiéndole su ayuda para una nueva fuga, también en helicóptero.

Aunque el plan se llevó a cabo en 1998, esta vez no tuvo suerte y Michel recibió un tiro en la cabeza durante la detención, lo que le dejó hemipléjico y Jamila fue condenada a siete años de prisión.
Ella consiguió liberar a su amado de otra forma. El dolor de saberla en prisión por culpa suya, le condujo a renunciar a fugarse nuevamente.
Luego Vaujour se lamentaría:

“He vuelto a enviar a una mujer que amo, a una inocente, a sacrificarse por mí en una misión demasiado difícil para ella”

La pareja se casó en 1999, mientras ambos estaban todavía en prisión.

El ex Rey de las fugas obtuvo la libertad condicional cuatro años más tarde, en el 2003. Hoy viven juntos cerca de París y en la actualidad se dedica a escribir guiones para el cine y la televisión.


Recientemente escribió su autobiografía titulada “Mi más bella evasión” donde confiesa:
“Pensar, reflexionar, involucrarse enteramente en una fuga con la firme voluntad de llevarla a cabo, ya te hace sentir libre”
Su libro figura ya entre los más vendidos en Francia y promete convertirse en un Best Seller.

“Somos felices y lo sabemos”, “El amor me ha hecho nacer a la vida, virgen de todo. Es esa la más bella de todas mis evasiones”, escribió en el epílogo de su libro.

Se imaginan lo que un balazo en la cabeza y el amor de una mujer pueden hacer en un hombre?
Transformarlo de presidiario y fugitivo incorregible en escritor, cineasta, guionista y hasta un poquito filósofo eh!
Siempre detrás de un tipazzo habrá una gran dama…

Fuente: Belt.es

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