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martes, marzo 13, 2012

El rescate pagado más caro de la historia

Ubiquémonos en el Mar Egeo en el año 78 antes de nuestra era. El desenlace de esta anécdota bien pudo influir en el curso de la historia que conocemos y de sus civilizaciones. En aquel año, cierto joven aristócrata romano fue expulsado de Italia por el dictador Lucio Sila, por haberse aliado a las huestes de su más enconado rival. Mientras duraba su destierro, este ambicioso joven había decidido perfeccionarse en el arte de la Oratoria y la Elocuencia, en la academia del afamado profesor Apolonio Molo. Por esta razón navegaba hacia la Isla de Rodas.

Mientras el buque costeaba la isla de Farmacusa, a la altura de las rocosas riberas de Caria, se percataron de que algunas embarcaciones de forma alargada y baja (evidentemente piratas turcos) se aproximaban hacia ellos. Los extraños se acercaban a gran velocidad y para colmo, el barco romano era lento y la brisa no ayudaba. No tenían más remedio que resignarse y así lo hicieron, la nave romana esperó pacientemente el abordaje de las canoas piratas y al poco tiempo, su cubierta estaba ya tomada por aquellos bárbaros de piel tostada por el sol.

Piratas listos para el abordaje

El jefe de los piratas lanzó una mirada circular sobre los asustados pasajeros e inmediatamente llamó su atención un joven aristócrata, vestido elegantemente según la última moda de Roma, y que sentado en medio de sus sirvientes y esclavos, se entregaba tranquilamente a la lectura. Avanzando hacia él, el pirata le preguntó quién era, pero el altivo muchacho, lanzándole una mirada desdeñosa, continuó leyendo. El pirata, enfurecido, se dirigió entonces a uno de los compañeros del noble romano, el cual le reveló el nombre de su prisionero: era Cayo Julio César.


Se planteó la cuestión del rescate. El pirata deseaba saber la suma que Julio César aceptaba pagar por recobrar su propia libertad y la de sus criados. Como el romano no se dignó siquiera en contestar, el capitán se volvió hacia su ayudante pidiéndole su opinión acerca del valor por el que tasaba al grupo. Este "experto", después de examinarlos detenidamente uno por uno, estimó que diez talentos serían una suma razonable.
El capitán pirata, irritado por el aire de superioridad del joven aristócrata, le cortó la palabra, diciendo:
- Pues bien, voy a doblarla. Veinte talentos: éste es mi precio.
Esta vez, César abrió la boca. Frunciendo el ceño, declaró:
- ¿Veinte? Si conocieses bien tu oficio, te darías cuenta de que valgo cuando menos cincuenta.
El pirata se sorprendió. Nunca había tenido un prisionero que se creía lo bastante importante para pagar de buen grado un rescate tan cuantioso. Era una cantidad enorme. La razón de su arrogancia seguramente se debía al hecho de que estaba emparentado con algunos de los hombres más influyentes de su época, y su suegro era de uno de los más grandes políticos y militares.

Aclaremos. El talento era una medida monetaria que equivalía aproximadamente a 26 Kg (de oro en este caso), calculen por 50 talentos, nos da una cifra aproximada a 1300 Kg del precioso metal. La cotización actual del lingote de un kilo alcanza los $ 240.000 dólares en el mercado. Eso nos da la referencia de que un talento de oro al cambio actual, superaría los seis millones de dólares. Imagínesen eso multiplicado por 50. Era una cifra realmente obscena.
Para que tengan una mejor idea de la cantidad, recordemos que Roma "El Imperio", exigió a Cartago (otro imperio) como indemnización por daños de guerra apenas diez mil talentos.

Sitio aproximado donde los piratas los abordaron, actualmente es el sudeste de Turquía

Siguiendo con el relato, el pirata le tomó la palabra a Julio Cesar, luego lo hizo arrojar a una de las embarcaciones junto con los demás cautivos, y los llevaron a una de sus guaridas rocosas hasta esperar el regreso de los emisarios y negociadores que ambos enviaron a Roma para reunir el rescate.

César y sus compañeros fueron alojados en algunas chozas de una aldea ocupada por los piratas. El joven romano pasaba el tiempo entregándose cada día a ejercicios físicos: corría, saltaba, lanzaba piedras gruesas, compitiendo a menudo con sus raptores. En sus horas menos activas, escribía poemas o bien componía discursos. Caída la noche, se reunía frecuentemente con los piratas en torno al fuego, ensayando con ellos el efecto de sus versos o de su elocuencia. Los piratas, según lo relata el historiador Plutarco, tenían una opinión muy desfavorable sobre los modales de su secuestrado y se la manifestaban sin ninguna delicadeza. Debía ser una vida extraña para el joven, que también era descrito por el dictador Lucio Sila, como "un muchacho con faldas". Por aquel entonces César tenía apenas 22 años.

Las famosas tertulias nocturnas donde los piratas se burlaban de César y su ambigüedad sexual

Como un auténtico romano, no solamente despreciaba a sus captores por sus modales groseros y su falta de educación, sino que también les reprochaba sus defectos. De hecho, tuvo un inmenso placer al describirles lo que les sucedería si alguna vez la pandilla cayese entre sus manos, prometiéndoles que sería magnánimo con ellos y solamente les haría crucificar a todos. Los piratas obviamente se reían de buena gana al escuchar sus amenazas, y se burlaban por su manera de actuar y comportarse tan poco varonil, casi afeminado; de hecho lo miraban con una especie de respetuosa condescendencia. Cierta noche en que los piratas se quedaron hasta altas horas emborrachándose en torno al fuego y haciendo más bulla que la habitual, el exigente prisionero mandó a uno de sus criados a notificar al capitán su deseo de que hiciera callar a quienes estorbaban su reposo. Su demanda fue respetada: el jefe ordenó a su tripulación que cesara el alboroto.

Por fin, al cabo de treinta y ocho días, regresaron los negociadores con la noticia de que el rescate de cincuenta talentos acababa de ser depositado en manos del legado Valerio Torcuato, y César con sus compañeros fueron embarcados a bordo de un buque y enviados a Mileto. Reunir una suma tan considerable había tomado un tiempo más largo de lo que se creía, pues el Emperador Sila, después de haber desterrado a César, había confiscado todos sus bienes y también los de su esposa Cornelia. De haberlo sabido antes, seguro se hubiera dado un poco menos de importancia.

Al llegar a Mileto el rescate fue entregado a los piratas, y por su parte César pisó tierra deseoso de ejecutar en el acto su venganza. Pidió prestado a Valerio cuatro galeras de guerra y quinientos soldados, y casi tras ellos se puso en marcha hacia Farmacusa. Al llegar allí encontró, tal como había esperado, a toda la pandilla embriagada celebrando el pago del rescate.

Piratas festejando

Fueron sorprendidos indefensos y no opusieron resistencia. Casi todos se entregaron, salvo unos pocos que lograron huir. César ahora tenía cerca de trescientos cincuenta prisioneros y la satisfacción de recuperar sus cincuenta talentos. Después de embarcar a los delincuentes en las galeras, hizo hundir todos los navíos piratas; luego alzó velas y se dirigió hacia Pérgamo. Recuerden que no podía volver a Roma.

En Pérgamo hizo encerrar a sus prisioneros en una fortaleza y se fue a hablar con el pretor (gobernador) Marco Junio. Le contó someramente lo que le había sucedido y le pidió una carta con su autorización para ejecutar a los piratas o por lo menos a sus jefes. Al pretor Marco Junio no le gustaba a actitud de aquel joven autoritario que quería hacer justicia con su propia mano. Había, además, otras consideraciones. El sistema según el cual los mercaderes pagaban tributo a los piratas a cambio de su inmunidad, era prácticamente sagrado. Era una vieja costumbre que después de todo no funcionaba tan mal. Si el pretor accedía a los deseos de César, los sucesores de los piratas, extranjeros siempre, se volverían más bárbaros de lo que habían sido con él.

Junio además, era un pretor astuto y corrupto. Enseguida se dio cuenta de que aquella pandilla de piratas era rica y sabía que podía sacar una tajada de ellos, a manera de gratitud, si éste ejerciese un decreto de clemencia devolviéndoles la libertad. Le dijo a César que el mismo se ocuparía del asunto y que pronto le informaría de su decisión. César que no era ningún tonto, lo comprendió y se le adelantó.

Se despidió del gobernador y fue enseguida a donde los tenía encerrados. Por autoridad propia (es probable que la nueva situación en Roma fuera ignorada en las provincias), hizo ejecutar en la prisión a los piratas, eligiendo a treinta de los cabecillas para la crucifixión que les había prometido. Cuando los escogidos aparecieron ante él cargados de cadenas, César les recordó su promesa, pero añadió que queriendo mostrarse agradecido por las bondades que tuvieron para con él, iba a concederles un supremo favor: antes de ser crucificados, serían degollados.


Arreglado el asunto, César prosiguió su viaje –interrumpido por este percance- y entró, tal como lo había deseado, a la excelente escuela de arte oratorio de Apolonio Molo. Sobra decir que a partir de entonces, nadie volvió a poner en duda su palabra.

Así fue forjando su carácter y liderazgo, hasta que tres décadas más tarde, César y su ejército entrarían victoriosos en Roma donde se auto proclamó Emperador Vitalicio, pero esa es ya otra historia que algún momento les contaré.

Fuentes y referencias:
Historia de la Piratería, Gosse Philip
En la web: 1, 2, 3, 4, 5

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jueves, octubre 27, 2011

Los Caníbales franceses

Esta historia comienza en París en 1816. La monarquía francesa había sido restaurada en el trono gracias a que los ingleses un año antes habían derrotado y exiliado a Napoleón. La monarquía ya no era un poder absoluto y debía ceñirse a varios cambios que se habían producido años antes en la famosa Revolución. En este contexto, y como muestra de buena voluntad y apoyo al recién instalado Luis XVIII, los británicos ofrecieron a los franceses el Puerto de St. Louis, en Senegal, en la costa occidental de África.

El Puerto de St. Louis era un fondeadero comercial importante y centro de abastecimiento casi obligatorio para quienes navegaban hacia el Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica. Para tomar posesión del puerto, el nuevo rey francés preparó una flota de barcos que llevaría a quien sería el nuevo Gobernador de St. Louis, su respectivo regimiento de soldados y a las primeras familias que colonizarían el pueblo costero.

Puerto de St. Louis en Nueva Senegal

El primer gran error que se cometió, fue nombrar como capitán de la flota a Hugues Duroy de Chaumereys y ponerlo a cargo de llevar toda esa gente a su destino. Fue una elección política e inadecuada ya que De Chaumereys era un aristócrata pro monárquico de 53 años, que hacía 25 que no había tripulado un barco. Ni en su mejor época de oficial había capitaneado una nave, sin embargo ahora le encargaban una flota.

Las embarcaciones partieron el 17 de junio de 1816. La flota estaba compuesta por cuatro barcos: el Loira, el Argus, el Eco y la fragata Medusa. Esta última era la que llevaba al capitán, a los pasajeros civiles, a los más altos oficiales y a la mayor parte de la tropa. Iban aproximadamente unos 400 hombres, fuera de mujeres y niños. El pasajero más importante era el coronel Julián Désiré Schmaltz, Gobernador de Nueva Senegal, un hombre arrogante y engreído que no tardó en impresionar al inexperto capitán De Chaumereys.

El Gobernador Schmaltz quería llegar a St. Louis lo más rápido posible tomando una ruta más directa. El plan que sugirió –ordenó- el Gobernador, implicaba acercar a la flota peligrosamente a la costa para navegar siguiendo su perfil. Esa zona de la costa africana era (y es) bastante conocida por sus bancos de arena, arrecifes y por los complicados problemas de navegación que implicaba, incluyendo el famoso banco de Arguin, que cuando baja la marea prácticamente se convierte en islote. Era una ruta que hasta los piratas más experimentados la evitaban. Lo habitual era navegar mar adentro en el Atlántico y dejar que los vientos predominantes del oeste acerquen las naves a la orilla aprovechando las marea altas, cosa que según Schmaltz era perder el tiempo.

Fragata La Medusa

El pelele del capitán se dejó influenciar por el gobernador y ordenó cambiar el rumbo para seguir su plan. Los marinos y la tripulación estaban indignados, primero porque estaban obligados a obedecer las órdenes de dos aristócratas monárquicos que no sabían nada de navegación, y segundo, porque conocían el riesgo que esto conllevaba.

La Medusa, al ser la embarcación más rápida del convoy, pronto dejó atrás al Loira y al Argus. El Echo iba segundo y le siguió el ritmo durante varios kilómetros pero luego decidió ir más despacio por precaución, mientras tanto la Medusa siguió por su cuenta y abandonó el grupo.


Para el 28 de junio (tras 11 días de navegación), el capitán De Chaumereys ya había hecho un nuevo amigo, un tal M. Richefort que se le presentó como un experto explorador de África. Este señor iba a ser el nuevo capitán del Puerto de St. Louis y tenía aún menos experiencia naval que De Chaumereys. Pronto el capitán se dejó manipular por este charlatán y prácticamente empezó a tomar las decisiones que Richefort le aconsejaba.

Eran tan obvias las falencias del capitán en materia de navegación, que no sólo la tripulación se daba cuenta del títere que tenían al mando, sino que incluso ya lo comentaban los oficiales, las tropas y los civiles que iban hacia St. Louis. El Capitán y su nuevo amigo parecían gemelos, se paseaban por toda la fragata caminando elegantemente, ambos con aire de suficiencia y dando órdenes de navegación. Muy pronto esto sería lo que los llevó al desastre.

El amanecer del 2 de julio sorprendió a los pasajeros con un entorno de miedo. De repente vieron como el agua del mar se había oscurecido, y quienes se asomaron a la proa del barco pudieron constatar que ésta estaba llena de barro. Frente a la obvia preocupación y preguntas de los pasajeros, Richefort sonreía con serenidad y amablemente les respondía:

"Mi querido señor, sabemos lo que hacemos. Siga usted en sus asuntos que puede estar tranquilo. He pasado dos veces por el Banco de Arguin, he navegado en el Mar Rojo, y como podrá ver, aún sigo vivo”.

El Gobernador Schmaltz, que no tenía idea de lo que estaba pasando, seguía dictando el rumbo y dando órdenes a todos a los que se le acercaban. Richefort se instaló junto al Gobernador como su asistente de navegación, mientras el capitán De Chaumereys trataba de tranquilizar a la gente que empezaba a reclamar. Al final no pudo soportar la presión y por último terminó pidiendo a la tripulación que "hicieran lo que creyeran más conveniente". El puesto de Capitán le había quedado demasiado grande.

Esa misma mañana antes del mediodía, llegó a su fin el viaje de la Medusa. Las crónicas relatan que el barco navegaba en aguas de 80 brazas de profundidad. La braza es una antigua medida de longitud náutica para calcular la profundidad del agua. Equivale a un par de brazos extendidos, 1,7 m aproximadamente.

Banco de Arguin visto desde la costa

"No hay motivo de alarma" repetía a cada momento De Chaumereys a los pasajeros, y en cierto momento hasta tuvo que gritarlo porque el pánico ya empezaba a cundir. Para eso de las 15:00 la Medusa navegaba apenas sobre seis brazas de agua (10 metros), la que cada vez se iba haciendo menos profunda. Casi toda la tripulación había abandonado al capitán, mientras él y su amigo navegante se mostraban alegres y sonreían.
Cinco minutos más tarde el barco se detuvo en seco y empezó lentamente a voltearse de lado provocando un gran sacudón, hasta que –por suerte- la inclinación se detuvo de pronto. Era el Banco de Arguin. Según los testigos que luego relatarían los hechos, los rostros del capitán De Chaumereys y Richefort sufrieron una rara transformación, "tenían los ojos desorbitados, sudaban profusamente, se notaba habían entrado en pánico pero sólo guardaban silencio... poco después, los airados reclamos de la tripulación los trajeron de vuelta a la realidad".

Casi inmediatamente, Richefort fue objeto de una las más grandes puteadas que debe haber recibido un hombre en su vida (de los marinos, soldados y pasajeros), pero los oficiales no dejaron que lo agredan. El capitán se había quedado mudo mientras el Gobernador Schmaltz y su familia contemplaban indiferentes el espectáculo, suponiendo tal vez, que como eran gente importante (rica), alguien vendría en su ayuda.

El banco de Arguin visto desde el aire

Tal como se encontraba en ese momento, el barco no había sufrido ningún daño, apenas estaba atrapado en el fango. En un esfuerzo por aumentar la flotabilidad sobre el lodo, la tripulación empezó a lanzar los objetos más pesados por la borda, porque según ellos, tenían un pequeño lapso de tiempo para tratar de sacar al barco del banco de arena: con la primera marea alta, ya que cada una de las siguientes (mareas) iba a ser menor que la anterior así que debían apurarse botando toda la carga pesada como armas, cañones, barriles de pólvora, munición. De Chaumereys ordenó parar ese plan por temor a que el rey se moleste al saber que sus cañones habían sido tirados por la borda. El barco por supuesto, seguía hundiéndose cada vez más en el espeso lodo.

Después de su crisis nerviosa y rascándose la cabeza, el Capitán llamó a algunos de sus marinos de confianza y a los oficiales de mayor rango para ver qué se podía hacer, porque para variar, sólo había seis botes salvavidas.

Nuevamente el Gobernador salió con otra de sus “geniales” ideas. Schmaltz sugirió cargar “las pertenencias más importantes” junto a los pasajeros importantes en los pocos botes salvavidas, y construir una balsa para los soldados y tripulación, que sería remolcada por los seis pequeños botes hacia la costa.

Así como en la actualidad van mecánicos e ingenieros especializados en todos los buques modernos, antes iban carpinteros, cerrajeros y mucha gente hábil. La balsa fue construida en tiempo record utilizando los mástiles y las vigas transversales de la embarcación. Fue hecha rudimentariamente y al apuro, no tenía ningún sistema mecánico de navegación y como iban a ser remolcados, nadie se preocupó por hacer unos remos. Medía aproximadamente unos 65 por 23 pies (20 x 7 metros).

La rudimentaria balsa de 20 x 7 metros

Cuando la tropa y los marinos de bajo rango empezaron a subir a la balsa –unas crónicas dicen 147 otras 150- , esta se hundió y el agua les llegaba a las rodillas. Estaba tan cargada que ni siquiera tenían un metro de espacio por persona, era imposible acomodarse.

También hay que señalar que hubo ocho altos oficiales que -con mucha dignidad- prefirieron ir en la balsa acompañando a sus soldados, pero por lo enrarecido que estaba el ambiente, les requisaron las armas a la tropa y sólo a unos pocos se les permitió que llevaran su sable. Era tal el hacinamiento y el desorden, que 17 hombres decidieron no arriesgarse, prefirieron quedarse en la Medusa que lentamente era tragada por el lodo. Tuvieron que esconderse para que no los obligaran a subir porque prácticamente era un suicidio.

Aunque el detalle de los suministros nunca se sabrá con exactitud, se calcula que llevaban unos cuantos barriles de vino y de agua dulce, un par de barriles de ron, algo de harina (que de nada servía), y a última hora desde los botes les convidaron unas 20 libras de galletas.

Botes salvavidas de la Medusa

Gracias a la genial sugerencia del Gobernador Schmaltz, cinco de los seis botes salvavidas fueron cargados con cosas ridículas. En el sexto iría la “gente importante” como por ejemplo el Capitán De Chaumereys (que fue uno de los primeros en subirse al sexto bote), el Gobernador con su familia, los pasajeros notables –políticos y adinerados-, y otros marinos y altos oficiales que prefirieron ir en los botes que junto a sus tropas. Obviamente este grupo tenía más posibilidades de sobrevivir que aquellos pobres diablos de la balsa, que aún antes de partir ya estaban temblando empapados, muertos de hambre y hacinados.

En la balsa la gente pronto se dio cuenta que apoyar esta idea había sido una tontería, sobre todo porque ningún plan podía funcionar si de por medio había discriminación social. Muchos marineros estaban tan resentidos, tan dolidos, que maldecían a gritos a la gente que ya se había acomodado en el bote VIP. Cuando empezaron a remolcarlos muchos cayeron al mar, otros lloraban de miedo y desesperación, otros prefirieron seguir en la balsa pero colgados de ella, dentro del agua; en lo único que pensaban es en salvar sus propias vidas. En cierto momento se percataron de que uno de los botes salvavidas cargados navegaba sin rumbo cerca de ellos. Así que cuando la balsa pasó demasiado cerca, estuvo a muy poca distancia de sus brazos estirados, lo cual hizo que el Capitán De Chaumereys entrara en pánico y desesperación, a tal punto que dio la orden de desatar la balsa, cortar las amarras y dejar a sus ocupantes a merced de los mares.

“En aquel momento no creímos que habíamos sido tan cruelmente abandonados. Nos imaginamos que los barcos nos habían soltado talvez porque habían visto un buque cercano, y se apresuraban hacia él a pedir ayuda. Algunos oficiales que iban con nosotros en la balsa, al ver que los botes nos abandonaban, sacaron sus armas pero no se si era para dispararles o suicidarse, pero enseguida fueron detenidos por el teniente Espiau”.

Ahora había más de un centenar de hombres que se encontraban abandonados en el océano, a la deriva, que sólo podían esperar un milagro o la muerte.
Mientras tanto y debido a la desesperación, algunos de los barriles de provisiones fueron lanzados al mar para hacer espacio, para poder sentarse al menos. Daba igual, el verdadero peligro no serían ni el hambre ni la sed, el verdadero peligro sería el instinto de supervivencia humano en tan poco espacio. Al caer la noche, comenzaron a darse cuenta de cuan perverso y cruel que puede llegar a ser el hombre en condiciones extremas.

Los primeros reclamos llegaron. Se preguntaban airados quiénes fueron los estúpidos que lanzaron los barriles de vino y harina por la borda. Las primeras riñas e insultos terminaron en un tumulto de cuchillos, machetes y sangre. Fueron las primeras víctimas. En medio de ese infierno de lamentos, maldiciones y una oscuridad sin luna, la balsa amaneció más ligera: 21 hombres murieron la primera noche, 18 fueron asesinados y 3 se suicididaron.

El hambre, la falta de sueño y la desorientación de los marinos sólo consiguieron despertar sus más bajas pasiones. Las riñas eran comunes especialmente al anochecer, la noche los ponía locos como bestias, los tripulantes ebrios se rebelaban contra sus superiores y los asesinaban. Se desató una guerra entre la tropa y oficiales, entre marineros contra soldados, entre africanos y franceses, civiles contra militares. Cada noche era una pesadilla, cada noche enloquecían, la histeria se apoderaba de todos y quien quería amanecer vivo, tenía que luchar. Cada mañana se contaba el número de sobrevivientes y se distribuían las magras raciones de harina y vino entre los que se negaban a morir. Eso sí, botaban al océano a los más débiles y agonizantes para obtener más raciones.


Por último, la sed y el hambre se hicieron insoportables y no tuvieron reparo en cortar la piel y desgarrar la carne de algunos cadáveres que cubrían el bote. Eran cadáveres de compañeros que quedaron con sus extremidades inferiores atrapadas entre los palos de la balsa después de una noche de tormenta, y que no pudieron saltar al mar cuando les revolcaba el océano. Muchos se resistieron a comerla pero pronto se hizo evidente que quienes comían carne humana soportaban con más fuerza el infortunio, así que todos, uno por uno, tropa y oficiales por igual, tuvieron que dejar a un lado sus prejuicios y comerla.

A los trece días de haber sido abandonados a la deriva, la fragata Argus pudo divisarlos. La balsa se encontraba a cuatro millas de la costa y con apenas 15 sobrevivientes. Cabe destacar que esta embarcación no había salido a buscar a los náufragos, los encontraron por pura casualidad. El Argus cumplía órdenes de ir a buscar un cargamento de oro que había quedado en el casco de la Medusa. Cuando la fragata pudo detenerse junto a la balsa, toda la tripulación quedó en shock, los creían muertos. Rescataron a los quince moribundos en un estado lamentable, con la piel reventada por el sol, los rostros demacrados y casi todos vendados en distintas partes del cuerpo por heridas de arma blanca. La balsa estaba cubierta de cadáveres desollados a medio comer, algunos putrefactos y otros con muestras de haber estado a merced de las aves marinas.

Recorrido de la Medusa, de la balsa y de los botes. (Click para ampliar)

Cinco hombres de los quince rescatados murieron al poco tiempo y el resto pasó hospitalizado durante varios meses. Cuando por fin llegaron después de mucho tiempo y muchas búsquedas a la Medusa, sólo tres de las diecisiete personas que se quedaron continuaban vivas, habían soportado 54 días de hambre y cautiverio, pero ya estaban locos, el cautiverio les había hecho perder la razón.

Y si esta historia no logró conmoverlos, pues esperen un poco porque aquí viene lo más insólito.
El médico cirujano Henri Savigny, pasajero de la Medusa y uno de los sobrevivientes de la balsa, fue quien puso la denuncia ante las autoridades, pero la justicia no hizo nada, los funcionarios trataron de encubrir el asunto y lo traspapelaron para que se pierda en el olvido. El trasfondo de esto era que los franceses, quienes se creían los mejores navegantes del mundo, no querían ser ridiculizados por la Marina Británica por esta evidente falta de solidaridad y espíritu de cuerpo, normas primordiales de navegación.
¿Qué podría esperarse de una marina en la que un capitán es el primero en abandonar a su barco y a su gente? Quedaba desnudada la realidad del ejército francés, dividido entre revolucionarios y monárquicos.

El famoso lienzo "Le Radeau de la Méduse" (La balsa de la Medusa) de Théodore Géricault

La prensa escrita de aquel entonces, único medio de comunicación de la época y aliada de la monarquía, ocultó la tragedia, la cual logró filtrarse y difundirse en un periódico antimonárquico. Se armó un escándalo de gran magnitud que remeció nuevamente a la sociedad francesa. El incompetente y cobarde Capitán De Chaumereys fue juzgado en Consejo de Guerra, pero increíblemente, fue declarado "no culpable de deserción" a pesar de los testimonios y evidencia en su contra. Fue sentenciado sólo a 3 años de cárcel por no haber evacuado a toda la tripulación. Un veredicto muy benevolente si tomamos en cuenta que era la Francia en la que se guillotinaba por todo, a diestra y siniestra.

Théodore Géricault

El cuadro en cambio tiene su propia historia, su propio drama. Su autor fue Théodore Géricault, admirador confeso de los grandes pintores italianos a quienes quiso imitar. Decidió pintar acerca del naufragio y el abandono a la tripulación, porque como fue un escándalo de proporciones, sabía que un cuadro memorable de la tragedia inmortalizaría su nombre, o por lo menos se daría a conocer en Europa. Lo que sucede es que, como en aquella época no existía la fotografía, cualquier evento memorable debía ser graficado, pintado, narrado en una imagen, y las mejores obras o las más explicitas recorrían Europa, llegando así sus autores a ser reconocidos y a cotizarse.

El trágico evento cautivó tanto al joven artista que, antes de empezar a trabajar en la pintura final, llevó a cabo una profunda investigación sobre el tema y realizó muchos bocetos preparatorios. Se entrevistó con dos de los sobrevivientes, y con sus testimonios pudo construir un idéntico y detallado modelo a escala de la balsa. Su obsesión por la perfección lo llevó hasta las morgues y hospitales donde podía ver, de primera mano, el color y la textura de la carne de los moribundos y cadáveres. Se sometió a una semana de ayuno voluntario para sentir la ansiedad y de alguna forma graficar la desesperación y el dolor

Boceto de cadáver para la balsa

Tal como el artista había anticipado, la pintura resultó bastante controversial desde su primera aparición en el Salón de París en 1819, más que nada porque las diferencias políticas se acentuaron y su lienzo fue objeto tanto de apasionadas alabanzas, como de despiadadas críticas y condenas. Y si bien es cierto que ganó una merecida reputación internacional, el joven pintor murió dos años después de acabarla, agotado psíquica y mentalmente, ya que nunca se recuperó del monumental esfuerzo.

Tras la muerte de Géricault hubo dos partes muy interesadas en comprar el gigante lienzo (7,16 x 4,91 m). El uno era un aristócrata inglés y el otro un grupo de nobles franceses que querían cortar la tela en trozos pequeños con la finalidad de venderlos en una subasta uno por uno. Lo que sucedía es que la pintura estaba considerada como una obra antimonárquica que representaba claramente el clasismo que se vivía bajo la monarquía francesa, sin embargo, irónicamente, fue el mismo Luis XVIII quien intervino y rescató al lienzo de terminar en algún museo extranjero o de ser cortado en pedazos como se pretendía. Luego él mismo donó el lienzo al Museo de Louvre donde aún permanece.

"La balsa de la Medusa" en el Museo de Louvre

Aquí les dejo el libro "Narrativa de un viaje a Senegal", que fue publicado en 1816 por el cirujano Henry Savigny y otro sobreviviente llamado Corréard Alexander, en el que cuentan con lujo de detalles el atascamiento de la fragata y el infierno que se vivió en la balsa hasta el momento del rescate. Este libro fue un fenómeno de ventas hace dos siglos y se convirtió en un clásico europeo, testimonio en primera persona de lo nocivo que habia resultado para Francia el retorno de la monarquía.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8
9, 10, 11, 12, 13, 14

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martes, julio 06, 2010

Los hermanos Sullivan

Mientras el mundo vivía la Segunda Guerra Mundial, Genevieve Sullivan era una joven muchacha de Iowa que esperaba impacientemente que su novio regrese para casarse. Su prometido pertenecía a la Armada de los Estados Unidos y poco antes había sido transferido a Pearl Harbor, pero como sabemos, el destino es caprichoso y quiso la mala fortuna que el joven se encuentre ahí durante el ataque japonés de 1941 donde lamentablemente murió. La muchacha obviamente quedó destrozada, sentía que su única razón de vivir se había acabado.

Genevieve tenía cinco hermanos varones, que indignados por el traicionero ataque a su país -que de paso cobró la vida de su cuñado- decidieron enlistarse en el ejército para prestar su contingente. Ellos eran George de 28 años, Frank de 26, Joseph de 24, Matt de 23 y Albert de 20.


Los Sullivan eran la típica familia americana de clase media de los años 1920 y 1930. En la época de la Gran Depresión, su padre Tom Sullivan se consideraba un hombre afortunado porque tuvo la suerte de conservar su trabajo. No todos sus hijos varones pudieron terminar la escuela secundaria porque algunos de ellos decidieron trabajar para ayudar con los gastos del hogar. Casi toda la familia laboraba en la empacadora de carne de su pueblo en Iowa.

Cuando se enteraron de la muerte de su amigo y casi cuñado en el ataque a Pearl Harbor, no lo pensaron dos veces y se enlistaron en la Marina, pero insistieron en que se les permitiera permanecer juntos durante todo su servicio. La Armada estuvo de acuerdo y el 3 de enero de 1942, menos de un mes después de Pearl Harbor, los cinco hermanos prestaron su juramento oficial.

En febrero fueron asignados al buque USS Juneau que pronto partiría en una misión hacia el Pacífico. El hecho de ser cinco hermanos de una misma familia hizo que la prensa se fije rápidamente en ellos, por lo que gozaron de cierta popularidad, y claro, como era lógico, el ejército también aprovechó la situación para usarlos propagandísticamente.


Su buque partió el 1 de junio de 1942 hacia Guadalcanal donde se libraban cruentos combates tratando de impedir el avance japonés. El USS Juneau y su tripulación sirvió en combate junto a otros navíos en el Teatro de Operaciones del Pacífico y estuvo presente en la Batalla de Guadalcanal que inició el 12 de noviembre y duró tres días. El buque fue alcanzado por un torpedo y tuvo que ser retirado ese mismo día. Mientras se alejaba del área de combate, el barco fue alcanzado nuevamente por un torpedo de un submarino japonés y rápidamente empezó a hundirse, con el agravante de que el apoyo logístico no podía llegar debido a la presencia de la marina japonesa en el área.

El alto mando norteamericano pensó que después de recibir dos torpedos, muy difícilmente quedarían sobrevivientes en el USS Juneau, por lo que se dio la orden al resto de buques de seguir avanzando hasta la Isla Espíritu Santo. Fue un craso error de los generales porque aproximadamente 100 sobrevivientes quedaron abandonados en el océano a la deriva. Muchos de ellos gravemente heridos, sucumbieron a la intemperie, el hambre, la sed y al ataque de tiburones.


Ocho días después del naufragio, desde un hidroavión fueron divisados y rescatados apenas diez de los sobrevivientes. En sus testimonios relataron que ninguno de los hermanos Sullivan logró sobrevivir. Frank, Joseph y Matt murieron instantáneamente en las explosiones de los ataques, Albert murió ahogado al día siguiente y George falleció a los cuatro o cinco días del suceso.

Por motivos de seguridad la Armada no había hecho público el naufragio del USS Juneau, razón por la cual los padres de los Sullivan empezaron a preocuparse al no recibir las cartas que religiosamente les escribían cada semana sus hijos. Fueron notificados dos meses después, el 12 de enero de 1943. Esa mañana el padre, Tom, se alistaba para salir al trabajo cuando vio que a su puerta se acercaban tres hombres uniformados. Luego de abrirles la puerta recibió la fatal noticia:
- Le tenemos noticias de sus muchachos
- ¿Qué noticias? preguntó nervioso Thomas
- Lo sentimos mucho, los cinco murieron en el frente de batalla

El presidente Franklin Roosevelt envió a los padres una carta personal donde les daba el pésame y les agradecía por el sacrificio de sus hijos, y hasta el mismo Papa Pío XII les envió una medalla de plata junto a un rosario y una nota de condolencia.

En febrero de 1943 la armada de los Estados Unidos cambió el nombre de uno de sus más grandes buques destructores y lo rebautizó como USS The Sullivans, del cual su madre y hermana fueron madrinas. Este buque estuvo principalmente activo en la Guerra de Corea.

USS The Sullivans

A raíz de la muerte de los hermanos Sullivan el ejército de los Estados Unidos creó y adoptó la política del "único sobreviviente" que estaba diseñada para proteger a los miembros de una misma familia que ya hayan perdido algún familiar en la guerra. En caso de haber dos o más hermanos en el frente de batalla, ya no podrían estar juntos o en el mismo destacamento para evitar un suceso similar al de los Sullivan y si alguno de ellos caía en batalla, él o los sobrevivientes tenían el derecho de regresar a casa. Esta ley también protege a los hijos únicos.
El Museo de Veteranos de Iowa y la Escuela de Defensa de los Estados Unidos en Japón, llevan su nombre en su honor.


Aunque no hubo cuerpos para enterrar, en el Cementerio de Arlington hay cinco lápidas con sus nombres y la leyenda: "Brothers in Arms".

Quería contarles otra anécdota. A mi madre siempre le ha gustado el tango y recuerdo que cuando era pequeño había una canción que me impactó mucho porque era demasiado triste. Se llama "Silencio en la noche" y es del gran Carlos Gardel. Cuando me enteré de la historia de los hermanos Sullivan, se me vino inmediatamente a la cabeza este tema. Si alguien quiere ver la letra puede hacerlo aquí.

Fuentes e imágenes:
Arlington, WWII, Wikipedia, SGM

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domingo, marzo 21, 2010

El partido de Squash

Charles Eugene Williams era considerado a inicios del siglo pasado el mejor jugador de Squash del mundo. Nadie lo recuerda por eso, más bien a veces es mencionado por pertenecer a los afortunados sobrevivientes de la tragedia del Titanic.

Charles E. Williams

Abordó el Titanic con destino a Nueva York, porque en esa ciudad iniciaría dentro de una semana una gira de exhibición y un par de partidos benéficos, pero se encontraba contrariado, y la razón era que quienes le habían animado a viajar en el lujoso barco, le habían dicho que gozaría de todas las comodidades como gimnasio, piscina climatizada y cancha de squash. El problema era que el barco si contaba con esas instalaciones, pero estaban reservadas sólo para pasajeros de primera clase, y él se encontraba en segunda clase. Estaba enfadado porque iba a pasar casi cuatro días de viaje sin entrenamiento alguno, pero afortunadamente logró hablar con un oficial a bordo, Harold Lowe, para que le permitieran utilizar la cancha de squash.
(El oficial Lowe no se creía eso de que aquel muchacho fuera el campeón mundial de squash, pero de todas formas le organizó un partido ante el mejor jugador que había visto entre los pasajeros de primera clase el día anterior. El oficial sólo quería comprobar si Charles Williams, decía la verdad.)

Cuando se presentó en la pista a eso de las 21:45 horas, Charles saludó cordialmente al otro jugador, que dijo llamarse Norris Williams. Charles pensó que no tendría ningún problema en jugar con aquel simple aficionado, puesto que estaba acostumbrado a jugar contra los mejores del mundo. Más bien estaba contento de poder entrenar.
Apenas habían empezado a calentar y Charles se dio cuenta de que aquel joven jugaba muy bien, de que tenía un alto nivel, muy alto realmente. De todas formas Charles acabó ganando el partido pero por un muy estrecho margen, y esforzándose al máximo.


Los pocos aficionados que presenciaron el encuentro quedaron maravillados porque fueron testigos de un gran partido, y emocionados, les ofrecieron un sonoro y largo aplauso. Los jugadores se estrecharon las manos efusivamente y hablaron unos minutos, quedaron para verse después de 45 minutos para charlar, tomar una copa, y contarse cosas sobre sus vidas, además de fijar un nuevo enfrentamiento. Eran cerca de las 23 horas.

Charles volvió a su camarote muy contento porque acababa de conocer a un auténtico caballero, además de un gran sparring con el que podría entrenar varias veces más, y a un alto nivel antes de afrontar sus compromisos en Nueva York. Pero ¿quién era este joven tenista Norris Williams?
Pues resulta que Norris era un acomodado estudiante de Harvard que viajaba junto a su padre en primera clase. Había nacido en Suiza pero tenía la nacionalidad estadounidense y ya empezaba a destacar como una promesa del tenis universitario.

El "sparring", Norris Williams

Poco después de ducharse, Norris estaba a punto de salir de su camarote para encontrarse con su nuevo amigo que viajaba en segunda clase, y que lo acababa de ganar en un partido de squash. En ese momento sintió una fuerte vibración que lo sacudió todo, hasta el punto de hacerle perder el equilibrio a su padre, Duane Williams.


Después de ayudar a su padre a levantarse, salió apresuradamente en busca de algún miembro de la tripulación, para que le explicara qué había sido ese sacudón. Al llegar a la cubierta, uno de los oficiales le informó lo que había ocurrido: habían chocado contra un iceberg. En esos momentos nuevamente parecía reinar la calma en el barco, por lo que volvió a su camarote para ver a su padre y juntos dirigirse al bar donde habían quedado en encontrarse con Charles Williams, pero lo encontraron cerrado. Estuvieron un buen rato deambulando por los pasillos del barco sin saber muy bien a dónde ir. Volvieron a salir a cubierta justo en el instante en que el barco lanzaba las primeras bengalas de auxilio, a las 0:45 horas, lo cual les hizo pensar que la situación era grave. Cinco minutos después vieron como la tripulación empezaba a soltar los primeros botes.


Norris junto a su padre y otros voluntarios pasaron más de una hora tratando de poner orden y ayudando a las mujeres y niños a subir a los botes. A las 2:00 se acaban los botes y aún hay más de 1500 personas a bordo, entre ellas Norris y su padre. Cinco minutos más tarde la popa comienza a elevarse y empieza a cundir el pánico. En medio del caos ambos hombres se lanzan al agua desesperados donde consiguen agarrarse a unas tablas junto a otros pasajeros.


Cuando el barco se parte en dos, cae la segunda chimenea justo en el lugar donde se encontraban ellos junto a otras personas, y el padre de Norris pierde la vida. El impacto de la caída de la chimenea lanzó a Norris muy lejos y cuando estaba a punto de ahogarse se dio cuenta que a pocos metros había un bote salvavidas. Logró agarrarse a un costado del mismo junto a otras personas, que lo tenían a punto de hundirse. Entre esta multitud de gente sólo pudo reconocer a una persona, a Charles, con quien había jugado el partido de squash hace casi cuatro horas, el también estaba agarrado como podía.

El agua se encontraba a -2ºC, y del frío casi no podían articular palabras. Sólo podían tiritar.
Sumergidos con el agua helada hasta el pecho, permanecieron más de cinco horas, hasta casi las 8:00 cuando recién un bote del Carpathia llegó para recogerlos. De los 30 ocupantes del bote, 19 murieron a causa de la hipotermia.

Cuando los sobrevivientes llegaron al Carpathia, el personal médico les prestó los primeros auxilios y un médico pudo ver las piernas de Norris tan severamente dañadas debido a la hipotermia, que sugirió amputárselas de inmediato para salvarle la vida, a lo que Norris se opuso; es más, dijo que prefería morir antes que vivir sin piernas. El médico respetó la decisión del paciente, pero le confirmó que probablemente nunca podría volver a caminar. Richard Norris Williams, se encargaría de demostrar lo contrario: menos de 6 meses después ganaba el US Open en la prueba de dobles mixtos haciendo pareja con Mary Kendall Browne. Un año más tarde, en 1913, fue campeón universitario de Estados Unidos, y jugó la final del US Open en individuales, donde perdió ante el número 1 del mundo Maurice McLoughlin.


En 1914 volvió a jugar otra vez la final del US Open y de nuevo ante el mismo rival, pero esta vez se llevó el título, convirtiéndose en el primer y único jugador nacido en Suiza en ganar un torneo de Grand Slam, hasta que Roger Federer ganó Wimbledon, exactamente 89 años después. En 1915 fue campeón universitario de Estados Unidos por segunda vez y en 1916 ganó su segundo US Open ante Bill Johnston.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Norris se alistó en la Marina Francesa. Volvió a los Estados Unidos con varias condecoraciones, entre ellas las dos más importantes que otorga el ejército galo, la Chevalier de la Legion d’Honneur y la Croix de Guerre. En 1921, le ofrecieron el cargo de capitán del equipo americano de la Copa Davis, ya que para esto se había convertido en el mejor jugador de dobles del mundo. Fue capitán durante 6 años y en todos ellos se alzó con la Ensaladera. Además participó en las finales de dobles de 1921, 1923, 1925 y 1926, ganando los 4 partidos.


Asistió a los Juegos Olímpicos de París 1924, donde conquistó la medalla de oro en dobles mixto. De esta final, alguna vez contó una anécdota muy curiosa:

"Yo tenía un tobillo torcido y le sugerí a mi compañera, Hazel Wightman, abandonar el juego. Ella me dijo que me quedara en la red y que le diera a las que pudiera, y que ella correría a por todas las demás. Funcionó”

"Dick" Norris Williams continuó jugando el US Open hasta 1935, cuando con 44 años aún superó las primeras rondas. Se mantiene como el quinto jugador con más partidos ganados en la historia del torneo junto a John McEnroe. Murió el 2 de junio de 1968 a los 77 años de edad, después de una vida consagrada al tenis. Y pensar que quisieron amputarle las piernas...

Fuentes y referencias:
Web del Tenis, Ligasquash, AllExperts

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martes, enero 26, 2010

La tragedia del Principessa Mafalda

El "Principessa Mafalda" fue un gran transatlántico de lujo que unía los puertos de Italia y Argentina a inicios del siglo pasado. Era el transporte preferido de la alta sociedad porteña y artistas de la época para viajar a Europa.


Este majestuoso buque de 9210 t fue echado a la mar en 1909 y lo bautizaron así en honor de la princesa italiana Mafalda de Saboya. Era el orgullo de la marina de su país, capaz de unir Europa con las costas argentinas en tan sólo 14 días en un itinerario que cubría Génova - Barcelona - Río de Janeiro - Montevideo - Buenos Aires.

El 11 de octubre de 1927 partió de Génova con 1261 personas a bordo, en su mayoría emigrantes italianos, y desde esa noche en la tripulación se empezó a filtrar el rumor de que el motor estaba en malas condiciones, rumor que llegaría a los pasajeros una semana después porque la intensa vida social que se vivía a bordo no daba tiempo para confirmarlo o desmentirlo.
El Principessa Mafalda logró hacer escala en Barcelona y luego en las islas Canarias, que a pesar de no estar en el itinerario, fue tomado con beneplácito por los pasajeros, ya que de todas formas, agregaba una escala de turismo en el viaje. Después se supo que la parada en Canarias habría sido con fines de reparación mecánica, la cual tampoco duró muchas horas.


El primer síntoma de la catástrofe lo tuvieron el mismo día del naufragio, unos minutos antes de las cinco de la tarde, cuando unos fuertes ruidos provenientes de las entrañas de la nave interrumpieron a los músicos de la orquesta y angustiaron a la los pasajeros que tomaban el té o jugaban ajedrez. Luego una fuerte explosión y el anuncio de ponerse los chalecos salvavidas desataron el pánico y la confusión dentro del buque. Se había partido el árbol de la hélice izquierda, y estas aspas al desprenderse chocaron con el casco abriendo un boquete en el casco de la nave. El caos a bordo del buque fue indescriptible. Hay muchos relatos de los sobrevivientes que han hecho comparar esta tragedia con la del Titanic, pues la gente trataba de salvarse cualquier precio comenzando por los marinos tripulantes.


Dos fotos de pasajeros del fatídico viaje

Cuando se dio la orden de bajar los botes salvavidas, hubo muchos hombres que se aseguraban un puesto en ellos a puñetazos sin importarles las mujeres y niños que permanecían inmóviles del terror. Debido al caos alrededor de aquellos botes, muchas madres optaron por quedarse en el barco con sus pequeños y morir en el. En medio de todo este zafarrancho hasta se llegaron a oír disparos, pero no eran de la tripulación, ya que por políticas de la empresa ésta viajaba desarmada, sino de algunos pasajeros de primera clase que con sus armas querían salvarse a sí mismos y a sus familias.

Hubo muy pocas conductas heroicas en el hundimiento del Principessa Mafalda, entre ellas la de su capitán, un gran marino italiano llamado Simón Gulli que decidió hundirse con su barco y la de los telegrafistas italianos Luigi Reschia y Francesco Boldracchi que murieron en cumplimiento de su deber.

Capitán Simón Gulli, al final se quedó en el barco

Luis Reschia, radiotelegrafista que no pudo salvarse

Felizmente los desesperados mensajes de los radiotelegrafistas llegaron a su destino. El vapor holandés Alhena, estaba apenas a quince millas náuticas y les comunicó que se dirigía a toda máquina a su rescate.

- ¡Del Principessa Mafalda a todos: SOS...! ¡Del Principessa Mafalda a todos: SOS...! Estamos en peligro. Nuestra posición: 16º Lat S y 37º 51’ Long O. Vengan enseguida. Necesitamos asistencia.

Este fue el mensaje que recibieron el buque inglés 'Empire Star', el francés 'Formose' y el holandés 'Alhena'.
Desde el barco inglés respondieron:
- Estamos cerca, a la vista, y vamos hacia ustedes. ¿Qué pasa?.
Desde el buque holandés contestaron:
- Llegaremos dentro de veinte minutos.
Desde el barco francés dijeron:
- Vamos hacia ustedes. Llegaremos a las 22:30.
Hubo un largo silencio.

A las 19:52, otra vez el 'Principessa Mafalda':
- Continúen viviendo hacia nosotros. Vengan a salvarnos!

Cuatro minutos después, el coloso italiano dejó de transmitir.

El vapor holandés 'Alhena' era el que más cerca se encontraba -apenas a quince millas náuticas- y fue el primero en llegar en su auxilio. Gracias a este buque se pudo rescatar con vida a las tres cuartas partes de pasajeros. También llegaron a prestar su contingente el barco británico y el francés.

Ilustración de la época que recrea los instantes previos al naufragio

Aunque nunca se conocieron las cifras exactas, se calcula que en el naufragio perecieron 386 personas de un total de 1255 que iban a bordo. La mayoría de las muertes fue ocasionada porque muchos se rehusaron a dejar el barco italiano, aún sabiendo del peligro que corrían. El temor de arrojarse al mar, por el motivo que fuere, determinó el trágico destino de cientos de ellos.

El 'Principessa Mafalda' se hundió a unos 10 Km de la costa brasileña, cerca de las islas Abrolhos que en aquela época todavía estaban deshabitadas. Hoy la nave reposa en el fondo del mar a una profundidad de 1400 metros. Junto a la del Titanic, ésta es una de las tragedias marítimas más catastróficas en época de paz.

Fuentes:
NuevaMayoria, Regatecha, Histarmar, y pueden ver algunas fotos del barco en este pdf.

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miércoles, octubre 14, 2009

El Robinson Crusoe español

"Las aventuras de Robinson Crusoe" debe ser uno de los primeros libros que leí. Hace poco tiempo volví a leerlo pero motivado por el morbo aquel de que Daniel Defoe, su autor, verdaderamente se inspiró en las peripecias de dos náufragosun escocés y un español- de siglos distintos para escribir su conocido libro.


El primero de ellos fue un marino español que se sobrevivió a un naufragio en el Caribe en 1526 y que pasó ocho años aislado del mundo en un islote, hasta que un barco que pasaba por allí lo rescató.
Este señor se llamaba Pedro Serrano, y su historia fue relatada años después por el historiador Garcilaso de la Vega causando gran conmoción en aquella época.
Más que una historia curiosa, es un testimonio crudo de cómo era el carácter de los españoles del siglo XVI y de las peripecias que tuvieron que superar en este continente.

Para 1526 América todavía era una tierra inhóspita y los barcos españoles cruzaban el mar Caribe de un lado a otro. Desde Cuba se enviaban barcos a toda la región, pero los mapas solo tenían registradas algunas costas y unas pocas rutas seguras. Uno de aquellos barcos fue una ligera goleta de exploración, que partió desde La Habana con destino a Santa Marta en Colombia, bajo el mando del capitán Pedro Serrano.

Navegando en medio del mar Caribe, les sorprende una gran tormenta y la pequeña nave zozobra. Los tripulantes luchan con todas sus fuerzas pero el mar se los traga. Sólo tres hombres logran sobrevivir. Entre ellos, Pedro Serrano.


Nadando logran llegar a un banco de arena, un atolón que no figuraba en ningún mapa. El lugar era un infierno desolado de 50 kilómetros de largo por 13 de ancho, sólo tenían arena y sol, casi nada de vegetación y no encontraron ninguna fuente de agua dulce.
Estos tres hombres sobrevivieron, pero quedaron aislados en una cárcel natural donde solo podían esperar morir de hambre o de sed. No tenían idea de dónde estaban. No sabían cómo alimentarse. Tampoco sabían si algún barco volvería a pasar pronto por allí.
De los tres náufragos, uno murió a causa de insolación a los pocos días. Serrano, asustado por la muerte de su amigo, decidió que iba a sobrevivir y se dispuso a aprovechar al máximo los pocos recursos que aquella isla le ofrecía.
El historiador Garcilaso de la Vega, lo relata de esta manera:

“Luego que amaneció volvió a pasear la isla, que es despoblada; halló algún marisco que salía de la mar, como son cangrejos, camarones y otras sabandijas, de las cuales cogió las que pudo y se las comió crudas, porque no había candela donde asarlas o cocerlas. Así se entretuvo hasta que vio salir tortugas; viéndolas lejos de la mar, arremetió con una de ellas y la volvió de espaldas; lo mismo hizo de todas las que pudo, que para volverse a enderezar son torpes; y sacando un cuchillo que de ordinario solía traer en la cinta, la degolló y bebió la sangre en lugar de agua. Lo mismo hizo de las demás; la carne puso al sol para comerla hecha tasajos, y para desembarazar las conchas para coger agua en ellas de la llovediza, porque toda aquella región, como es notorio, es muy lluviosa”

Aprendieron a utilizar lo que les ofrecía la naturaleza. Reunieron caparazones de tortugas para recolectar el agua de las intensas lluvias, y también pudieron recuperar algunos trozos de madera del naufragio que los pusieron a secar. Para protegerse del ardiente sol tropical y de los fuertes vientos, a falta de árboles, recolectaron rocas, conchas y corales, y construyeron una especie de refugio. Pudieron hacer fuego golpeando piedras y a falta de vegetación, utilizaron jirones de su ropa como yesca.

Cierto día, después de varios meses de penurias, divisaron una pequeña embarcación y el corazón les estallaba de alegría. Venían hacia su islote!
Lastimosamente eran dos hombres que también acababan de sobrevivir a otro naufragio. No venían a rescatarlos.
El compañero de Serrano partió en ese bote con uno de ellos, en la esperanza de llegar a las costas de Nicaragua y volver con ayuda. Ambos se perdieron para siempre, nunca se volvió a saber de ellos. Pedro Serrano se quedó con el otro recién llegado.

Supuesto trayecto de la embarcación de Pedro Serrano

Cada día en el islote era es una lucha por la supervivencia. Sólo tenían la madera que llegaba arrastrada por las olas, producto de otros naufragios. Con esa madera, después de secarla mantenían una pequeña fogata, pero la dosifican al máximo, ya que aparte de utilizarla para asar la carne de las tortugas y los moluscos, debía servir para hacer señales de humo en caso de que avistaran algún barco.
Pasaron por muchas decepciones, cuando muy de vez en cuando divisaban algún barco español en el horizonte, pero ninguno los veía a ellos. Y así, entre privaciones y frustraciones, pasaban los días, semanas y meses.
Ya llevaban aislados del mundo ocho años, hasta que cierto día, por fin un barco logró divisar sus señales de humo.

“Durante años vieron pasar algunos navíos y hacían sus ahumadas, mas no les aprovechaba, por lo cual ellos se quedaban tan desconsolados, que no les faltaba sino morir. Pero al cabo de este largo tiempo acertó a pasar un navío tan cerca de ellos que vio la ahumada y les echó el batel para recogerlos. Así los llevaron al navío donde admiraron a cuantos los vieron y oyeron sus trabajos pasados. El compañero murió en la mar viniendo a España”

En efecto, el compañero de Serrano murió a bordo y no pudo llegar a tierra firme. Era 1534 y su historia dio la vuelta a España, que en aquel tiempo era como decir que dio la vuelta al mundo.
Tanto impresionó su hazaña, que las autoridades le dieron audiencia para ir donde el Rey de aquel entonces, para que Serrano se la contara personalmente. El náufrago se presentó en la corte imperial con el pelo y la barba tal como fue rescatado, para dar mayor veracidad a su historia.
Pedro se convirtió en un hombre muy famoso y llegó a codearse con las altas esferas y la nobleza, a quienes deleitaba con sus relatos. Después fue recompensado por la Corona y decidió irse a vivir a Panamá. Allí terminaría sus días. Así lo cuenta el historiador Garcilaso:

“Algunos señores le dieron ayuda de costas para el camino y la majestad imperial, habiéndole visto y oído, le hizo merced de cuatro mil pesos de renta. Yendo a gozarlos murió en Panamá, que no llegó a verlos"


Ubicación del islote

Antes de fallecer, Pedro Serrano también dejó constancia de las penalidades sufridas en la compañía del otro náufrago. Su relato se encuentra en el Archivo General de Indias, en Sevilla.

Hoy en día ese atolón, se llama Isla Serrana, o Serrana Bank, en su honor y se encuentra a unas 220 millas náuticas (360 kms) al este de la costa de Nicaragua.
En 1962 este islote fue utilizado por los norteamericanos para montar una base militar durante la crisis de los misiles con Cuba.

Fuentes:
Mgar.net, El Manifiesto, Libertalia, Wikipedia

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miércoles, octubre 07, 2009

La Latitud de los Caballos

Barlovento es la dirección en la que empuja el viento, es la zona expuesta a él, ya sea de un barco o de una playa. Sotavento es la parte protegida de la fuerza del viento, es el lado opuesto de barlovento por lo que es una zona más o menos en calma. La importancia de encontrarse a barlovento o sotavento no sólo influye a la navegación, sino al clima, fauna y flora de determinadas regiones de la Tierra.
Pues bien, hablando de navegación, existe una zona en el océano Atlántico, a unos 30-35º hacia el Norte y hacia el Sur de la línea ecuatorial, donde se puede decir que no existen ni barlovento ni sotavento. A ésta zona se la conoce desde hace siglos como la “Latitud de los Caballos”.


El origen del nombre se remonta a los tiempos de los primeros viajes desde Europa hacia el Nuevo Continente. Había un momento en que los barcos que cruzaban el Atlántico se hallaban de repente dentro de una zona donde el viento dejaba de soplar súbitamente. De pronto las tripulaciones se quedaban varadas durante días, azotadas por un calor infernal y el consiguiente consumo de provisiones, hasta que éstas comenzaban a escasear.
Cuando la situación ya empeoraba, los marinos se veían obligados a aligerar el peso del barco para aprovechar el más leve viento y lograr salir de aquella zona muerta. Entonces empezaban a arrojar por la borda todo lo que era pesado y no les fuera absolutamente imprescindible. Así botaban mercancías, muebles, hasta cañones y munición. Supongo que el ron lo dejaban para el último.

Como es lógico, después de estar varios días varados, llegaban a escasear peligrosamente sus reservas de agua dulce, las mismas que empezaban a racionar, y obviamente, quienes primero sufrían de este racionamiento eran los animales domésticos que llevaban. Cuando la situación ya llegaba a ser grave, no tenían más remedio que deshacerse de los caballos, arrojándolos por la borda.


Claro que cuando la comida escaseaba, se dice que optaban por comérselos. En cualquier caso, la mayoría de aquellos marinos no dejaría de escuchar los angustiosos relinchos de los caballos durante el resto del viaje y quizá de sus vidas.

Se cuentan historias escalofriantes acerca de la "Latitud de los Caballos" o "Mar de los Sargazos", como lo bautizó Cristóbal Colón. Aseguran que decenas de embarcaciones quedaron atrapadas para no regresar jamás, y que muchas de ellas continúan allí, convertidas en sepulcros flotantes. Por supuesto muchas son leyendas, como la que cuenta que en 1884 el vapor inglés Britannia encontró uno de estos barcos tripulados por cadáveres, pero su casco estaba tan deteriorado que no fue posible identificarlo.

También el grupo The Doors compuso el tema "Horse latitudes" basado en estos hechos, para su disco Strange Days.

"Awkward instant
And the first animal is jettisoned
Legs furiously pumping
Their stiff green gallop
And heads bob up
In mute nostril agony
Carefully refined
And sealed over"

Fuentes y referencias:
Fogonazos, Answers, Wikipedia

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