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jueves, abril 05, 2012

Cuando los intelectuales se burlaron de la Armada Británica

Últimamente he estado muy enganchado a la obra de Virginia Woolf, y aunque no es un secreto que era una mujer melancólica y depresiva que terminó su vida lanzándose a un río, muy poca gente conoció la otra cara de Virginia. Esa otra Virginia fue una mujer alegre y vivaz a la que le gustaba reunirse con sus amigos y gastar grandes bromas, como aquella vez que, dejaron muy mal parada a la Marina Imperial Inglesa.

Ella y sus hermanos pertenecían al Círculo de Bloomsbury, un grupo de intelectuales que adoptó ese nombre porque todos vivían cerca, en el barrio del mismo nombre. La mayoría eran escritores, artistas y académicos. Este grupo, que tenía una amistad muy férrea ante todo, fue responsable de una broma bastante pesada para los estándares de aquella época en Inglaterra. Recuerden, era 1910 y quedaban todavía rezagos de la muy formal era Victoriana.

Virginia Woolf

La broma fue llevada a cabo por seis miembros del Círculo de Bloomsbury: el poeta Horace Cole, la escritora Virginia Stephen (nombre de soltera de Virginia Woolf), su hermano Adrian, Ridley Guy, Anthony Buxton y el artista Duncan Grant. El plan consistía en oscurecerse la piel, disfrazarse y hacerse pasar por una "familia real". Los detalles se ultimaron el 7 de febrero de 1910, y el fraude se puso en marcha más o menos con esta cronología:

- El 10 de febrero de 1910, llega un telegrama al Ministerio de Asuntos Exteriores del Reino Unido firmado por un señor "Tudor Castle":

“Príncipe Malaken de Abisinia y corte llegan 16:20 hs. Weymouth. STOP. Quiere ver Dreadnought. STOP. Lamento último momento. STOP. Olvidé telegrafiar antes. STOP. Llevan intérprete. STOP.”

El secretario del ministerio despachó, a su vez, el telegrama al vicealmirante May, a cargo del acorazado “Dreadnought”, anclado en el puerto de Weymouth. La noticia corrió por la cubierta del famoso barco.

Bueno, en esa época el acorazado “Dreadnought” era el orgullo de la marina inglesa. Su entrada en servicio en 1906 representó un notable avance en la tecnología naval. Tal era su importancia, que su nombre llegó a ser asociado a toda una generación de barcos de guerra. Era el primer navío propulsado por turbinas de vapor, lo que lo hacía el más rápido del mundo. En una sola palabra, era el “Papá” de los buques de guerra ingleses. Su sola presencia imponía respeto y miedo en las demás armadas europeas.

Acorazado HMS Dreadnought

Todo se puso en marcha para recibir al sultán con una ceremonia acorde a su rango, pero a último momento se dieron cuenta de que no tenían las partituras musicales del himno de Abisinia (ahora Etiopía). El vicealmirante no se hizo problema, ordenó ensayar el himno de Zanzíbar; a la final era la colonia que más cerca estaba de Abisinia. En el buque todos trabajaban como hormigas, sacaban brillo a los cañones y enceraban los pasillos, se mandó a preparar un banquete, arreglaron el salón principal y se puso la larga, muy larga alfombra roja que se utilizaba para recibir a la realeza. En menos de dos horas, todo estaba listo y a punto. El vicealmirante May envió una comitiva a la estación de tren para recibir al sultán, que llegaría de un momento a otro desde la estación de Paddington, Londres.

En Londres era un día típico de febrero, nublado. En el número 14 de la calle Fitzroy Square (del barrio de Bloomsbury obviamente), la señorita Virginia Stephen se pegaba unos bigotes postizos con barba sobre la cara pintada de negro con pomada. Anthony Buxton y Guy Ridley –también disfrazados- le acomodaban el turbante y se reían nerviosos imaginando las probables consecuencias. Adrian, el hermano de Virginia, elegía un sombrero para disfrazarse, él iba a oficiar de intérprete. Como no encontró diccionarios en abisinio se inventó un idioma que era una mezcla de swahili con citas en griego y latín de Homero y Virgilio. En la sala de la casa, Duncan Grant se quejaba del tamaño de su túnica, mientras Horace Cole, el autor intelectual, ensayaba su papel de canciller de Abisinia con mucha soltura. Finalmente Vanessa, la hermana de Virginia les tomó una fotografía y salieron a la calle. Tomaron un taxi hasta la estación de Paddington, y luego subieron a un tren que los llevó la bahía de Weymouth.


De izquierda a derecha: Virginia Woolf (travestida y con barba), Duncan Grant, Adrian Stephen, Antony Buxton, Guy Ridley y Horace de Vere Cole.

Una pequeña embarcación los transportó al gran buque de guerra. Saludaron al vicealmirante May mientras la banda del acorazado tocaba el Himno Nacional de Zanzíbar, que ellos agradecieron en su lenguaje mezclado de latín y de griego. Virginia también dijo "bunga-bunga" un par de ocasiones, lo que casi daña el plan ya que sus amigos apenas podían contener la risa.

El vicealmirante May anunció que cumpliendo con el protocolo se lanzarían las veintiún salvas de rigor para honrarlos, pero ellos se negaron aduciendo razones religiosas. Mientras pasaban revista a las tropas empezó a llover levemente. Adrian Stephen se dio cuenta de que el bigote postizo de Duncan Grant empezaba a desprenderse y le explicó al vicealmirante que preferirían entrar al barco porque el frío y la lluvia no eran habituales en Abisinia y el sultán y su corte podían enfermarse. También pidieron alfombras de oración y ofrecieron unas falsas condecoraciones militares a algunos de los oficiales.

Aquí podemos ver a Virginia sentada al extremo izquierdo junto a sus amigos, dentro del barco

Fueron prudentes y no aceptaron pasar al comedor para el banquete (que ya estaba listo), por el miedo a ser descubiertos. Bastante suerte habían tenido ya hasta ese momento. Se despidieron muy cortésmente y bajo las solemnes notas el "God save the queen", el grupo de amigos fue descendiendo a la pequeña embarcación, desde donde fueron escoltados a la estación del tren que los llevó de regreso a Londres.

La inocentada había salido a la perfección, pero algo tan sublime carecía de gloria si nadie más lo sabía. El mundo tenía que enterarse de lo ocurrido, y Horace Cole fue el encargado de eso. Fue al Daily Mirror y lo contó todo.

Primera plana del Daily Mirror

La noticia en los diarios publicaba la foto que el grupo de amigos se había sacado antes de tomar el taxi. El famoso “bunga-bunga” de la entonces desconocida Virginia Woolf se hizo tan popular en Inglaterra, que el vicealmirante May no podía pisar tierra firme porque los chicos de las calles de Weymouth lo seguían al grito de ¡bunga-bunga! El bunga-bunga se llegó a cantar en los music-halls. Todas las caricaturas de la prensa, especialmente del Times y del Mirror se hacían eco del bunga-bunga.

El barco insigne del Imperio Británico había sido vejado, y la cuestión se debatió por supuesto en el Parlamento, mientras que el Almirantazgo se negaba a creer que los bromistas hubiesen puesto en jaque a una institución tan importante. Por otro lado, la prensa llamaba la atención sobre la fragilidad de los servicios de inteligencia del Imperio. La Camara de Lords exigía castigar a los culpables, pero por suerte, este era ya un nuevo siglo, algo más tolerante.

Hasta el siglo XIX en el Imperio británico no se aceptaban bromas pesadas. En tiempos de la Reina Victoria eso no pasaba, se declaraba locos a los bromistas inoportunos o se los enviaba a Australia. Recuerden lo que le pasó a un joven llamado Jones por robarse los calzones de la reina. Pero esa reina ya había muerto, y con ella su formalidad. Ahora todo era diferente. Cuando el Parlamento se enteró de la inocentada, nadie habló de locura, era obvio que sólo se trataba de una juventud corrupta y aburrida.

Dos años después, Virginia se casó con Leonard Woolf.

Virginia y Leonard Woolf el día de si matrimonio. El 23 de julio de 1912

Mucho después y poco antes de suicidarse, Virginia Woolf dijo en una conferencia: "Supimos que una consecuencia de la broma fue la revisión del reglamento para hacer más estrictas las normas de seguridad"; y agregó con esa ironía que la caracterizaba: "Me alegra pensar que he sido útil a mi patria".

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8

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lunes, marzo 26, 2012

Pauline Bonaparte, la mujer ardiente

«Después, cuando le preguntaban: “¿cómo pudiste posar desnuda siendo la hermana del Emperador?”, ella tranquilamente respondía: "¿y por qué no?, no hacía frío, y ese estudio era caliente como el infierno."»

Es verdad aquello de que sería maravilloso poder elegir a nuestros familiares, pero a todos los mortales nos toca chantarnos, aguantarnos -con buena o mala cara- lo que el destino nos deparó, y eso lo supo Napoleón Bonaparte mejor que nadie. Tuvo hermanos codiciosos a los que colocó en tronos europeos que a la final terminaron siendo títeres de sus enemigos. De todos sus hermanos, Pauline era su favorita y en reciprocidad, fue ella la que lo acompañó y apoyó hasta el final, hasta en el destierro.

Maria Pauline Buonaparte nació el 20 de octubre de 1780 en la Isla de Córcega, pero fue más conocida como Paoletta. Esto se debe a que todos los Bonaparte utilizaron las versiones francesas de sus nombres cuando se mudaron al continente. Era la sexta hija (segunda mujer) de Carlo Buonaparte y su esposa Letizia. Tenía apenas cinco años cuando su padre murió y José, su hermano mayor, se convirtió en jefe de la familia, pero fue Napoleón quien forjó la fortuna de la familia durante su ascenso al poder, primero como General del ejército francés, luego como Primer Cónsul y finalmente como Emperador.

Su infancia, como la mayoría de sus hermanos, la vivió en su isla natal, donde recibió algo de educación formal hasta los trece años, edad en la junto a su familia tuvo que huir en medio de la noche a Marsella.

Pauline Bonaparte

Pauline era la bella de la familia, tenía una figura exuberante y un rostro diáfano y simétrico que le atrajo legiones de admiradores, lo cual siempre fue causa de preocupación de su madre y hermanos. Cuando Pauline tenía dieciséis años, se enamoró de Stanislas Fréron, que para esa época tenía cuarenta años de edad y una amplia reputación de mujeriego. Después de que su madre y hermanos le hicieron ver lo nocivo de aquella relación, su hermano Napoleón la agarró en delito fragante con Víctor Emmanuel Leclerc detrás del biombo de su oficina. Por supuesto, los obligó a casarse.

Víctor Leclerc a sus 24 años era general del ejército de Napoleón y uno de sus hombres más fieles. Admiraba tanto a Bonaparte, que no sólo vestía como él, sino que también imitaba su forma de andar. Se casaron el 14 de junio de 1797, y aunque Paulina –ahora de 17 años- albergaba ciertos sentimientos hacia su marido, al poco tiempo dejó de serle fiel. Era vox populi que tenía una gran afición hacia los soldados rasos. Un año más tarde dio a luz a su único hijo, un varón al que Napoleón insistió en bautizarlo como Dermide, debido a un personaje de algún poema que le gustaba.

General Leclerc y Pauline Bonaparte

A Leclerc le fue confiado el mando del ejército francés en Haití, donde un soldado negro rebelde junto al médico de la población, habían logrado derrocar no sólo a los colonos franceses e ingleses, sino también liberar a los esclavos (en un inicio con la aprobación de Napoleón). Sin embargo, ahora el negro Toussaint Louverture (así se llamaba) se había convertido en un problema, se había autonombrado Gobernador de la isla, declarando que él era el Bonaparte de Santo Domingo.

Bueno, el asunto es que Napoleón quería que su cuñado vaya y someta a Toussaint, lo encarcele, y que la esclavitud sea restablecida en la colonia. Cuando Pauline se enteró del viaje que le esperaba junto a su marido -a un lugar tan poco glamoroso-, tuvo un ataque de histeria y tuvo que ser llevada por la fuerza a la nave. Llegaron a Haití en 1801. Una vez ahí sin embargo, Paulina se dio cuenta de que la sociedad no era tan provinciana como ella había pensado. Encontró bailes y fiestas de sociedad en la pequeña isla, donde aparte de los franceses también convivía una pequeña aristocracia inglesa y española.

El rebelde haitiano Toussanit Louverture, según un grabado de 1802

El clima, los ritmos exóticos y el ambiente caribeño devolvieron a Pauline su vitalidad, su picardía, y ella volvió por sus fueros, involucrándose principalmente con soldados de bajo rango y oficiales. Sin embargo, cuando la isla fue golpeada por la fiebre amarilla, se reconoce que Pauline cumplió una gran labor sumándose a las brigadas de atención a los enfermos. Lastimosamente su esposo, el joven General Leclerc fue uno de los muchos que murieron con la epidemia. Pauline estaba desolada, se cortó su larga cabellera y la depositó junto al cuerpo de su marido en el ataúd, tras lo cual regresó con su pequeño hijo a Francia.

El duelo y la pena de Pauline no duraron mucho, ya que llegando a Europa retomó sus ardientes hábitos. Y ahora no sólo se limitaba a disfrutar de sus apetitos físicos y carnales, sino que también sacó a relucir su lado materialista. Compró lotes de ropa y de la mejor, más de la que podría usar el resto de su vida a un vestido diario. Pasaba de fiesta en fiesta y siempre hasta el final, una mujer de afterparty, pero su reciente viudez y comportamiento provocaron una oleada de rumores entre las clases altas francesas. Llevaba vestidos tan transparentes que uno podía ver la perfección de su cuerpo a través de la tela. Era impulsiva y coqueta, pero así mismo carecía de instinto maternal. Cuando su hijo murió a la edad de ocho años, Pauline no estaba a su lado. Napoleón trató de ocultar este hecho, siempre quiso vender una mejor imagen de su hermana, pero su comportamiento no ayudaba. Ella prefería seguir con su rutina de belleza que incluía una bañera diaria de leche mezclada con agua, a la cual adjudicaba la suavidad de su piel y lozanía de su rostro.



Generalmente era asistida en la bañera por un sirviente negro llamado Pablo. Cuando alguien le hacía notar que esa compañía era impropia en un momento tan íntimo como el baño diario, la hermana del Emperador pronunciaba la frasecita tristemente célebre: "un negro no es un hombre". De todas formas, hizo que Pablo fuese también acompañado por otro de sus sirvientes blancos, para de esa forma dar a su baño una apariencia más respetable.

Pauline tenía la costumbre de recibir a sus invitados masculinos mientras descansaba dentro de su bañera. Cuando salía de ella podía pasar horas con sus invitados vistiendo solamente una camisa, un poco de labial, el pelo recogido y el perfume elegido.

Pauline Bonaparte

A diferencia de los otros hermanos de Napoleón, Pauline no era muy ambiciosa en eso de los títulos y tampoco quería un reino para gobernar. En ese sentido, Napoleón la trató espléndidamente, como a todos sus hermanos. Cuando le regaló el ducado de Guantalla (con tierra y habitantes), ella más práctica e inteligente se lo vendió al Reino de Parma por seis millones de francos, sin embargo conservó para sí el título de Princesa de Guantalla.

Para agosto de 1803 habían pasado apenas ocho meses desde la muerte de su primer marido, pero Pauline ya se estaba casando con el príncipe Camilo Borghese. Napoleón estaba horrorizado al ver que su hermana se casaba tan pronto, pero Borghese era uno de los hombres más ricos de Italia, con una de las colecciones de diamantes más hermosa del mundo y por supuesto, dueño de la Villa Borghese. El matrimonio le dotaba a Pauline de 800.000 francos, la propiedad de parte de la Villa Borghese, joyas de la colección de la familia y dos carruajes personales entre otras chucherías. Pero no tardó mucho tiempo en desilusionarse de su marido. Ya sabemos, la vida de los reyes y poderosos siempre ha sido la carroña del pueblo, y empezaron a regarse rumores de que Camilo, como todo buen romano era homosexual, mientras que otros decían que no dio la talla a Pauline, mujer acostumbrada a hombres mejor dotados, no precisamente en lo económico. También había algo de fondo, y era que a ella no le gustaba para nada la sociedad romana, sencillamente amaba Francia. Antes de volverse a su patria e ignorando las protestas de su esposo, pasó brevemente por Florencia, donde encargó que le tallara dos estatuas de sí misma al escultor Antonio Canova, el tallador más famoso de Italia en aquella época.

Su segundo esposo, el Príncipe Camilo Borghese

Canova ya había hecho varios trabajos para Napoleón, así que esculpir a la hermana favorita del emperador le era muy natural, hasta que Pauline decidió posar desnuda, lo que conmocionó al escultor, cuyas manos dicen, temblaban cuando aplicaba la arcilla sobre su cuerpo. Después, cuando le preguntaban que “cómo pudo posar desnuda”, ella respondía: "¿y por qué no?, no hacía frío, ese estudio era caliente como el infierno".

La estatua de Pauline llamada Venus Victrix avergonzó tanto a su marido, que la hizo esconder en un desván donde nadie pudiese verla, pero la vida es irónica y muchas veces se nos ríe en la cara: fue encontrada en las bodegas de la casona y puesta en exhibición permanente en la Villa Borghese de Roma, donde ahora todo el mundo puede contemplar la desnudez de su esposa.

Paulina Bonaparte tallada por Antonio Canova

Según algunos historiadores, la promiscuidad le pasó factura a la bella Pauline porque se dice sufría de una enfermedad venérea que temporalmente la convertía en ninfómana, lo cual evidentemente es un mito. Lo que sí es cierto es que ella tuvo varios amantes, a los cuales acudía por su constante necesidad de sexo. Uno de los afortunados fue el pintor e intelectual Nicolás de Forbin, un artista venido a menos y que pintaba para poder comer, a quien Pauline le cambió la vida haciéndole su chambelán. Curiosamente era más conocido por estar bien dotado que por sus cuadros. También una época tuvo de favorito al violinista Blangini, al que dejó de lado por su colega Nicolo Paganini, y después a Jules de Canouville, jefe de personal de Napoleón. En un desesperado esfuerzo por proteger su reputación, Napoleón adoptó la tendencia de enviar lejos a sus amantes militares, al frente de batalla, de donde nunca regresaban.

Napoleón vencido, derrotado

Cuando Napoleón perdió el poder, Pauline le demostró que a pesar de sus excesos y defectos, siempre fue una buena hermana. Liquidó todos sus bienes en dinero en efectivo (vendió su casa al duque de Wellington, que quedó encantado con ella), y se trasladó a Elba, uniéndose a su hermano en el exilio. Ella fue la única hermana que lo apoyó. Su hermana Caroline, a quien Napoleón había hecho reina de Nápoles, intrigó a su marido para volverse en contra de su hermano. Pauline en cambio utilizó su dinero para mejorar las condiciones de Napoleón en la isla. Organizó grandes fiestas y bailes para los habitantes, y se puso los vestidos más bonitos para agradar a su hermano. Bonaparte, a pesar de que amaba a su hermana, encontró su presencia particularmente difícil al poco tiempo. Sin embargo, cuando el corso decidió regresar a Francia para recuperar su poder, no tuvo más apoyo que el de Pauline. Antes de iniciar su campaña final, ella le hizo entrega de los diamantes Borghese que valían una fortuna. Cuando Napoleón fue capturado después de Waterloo, las piedras preciosas fueron encontradas en su coche.

Napoleón en Waterloo

Después de Waterloo vino el exilio final de Napoleón en Santa Elena, mientras tanto, Pauline regresó a Roma con los bolsillos vacíos, donde gozó de la protección del Papa Pío VII, que alguna vez fue prisionero de su hermano. Vivió en un chalet llamado Villa Pauline, totalmente decorado con un marcado estilo faraónico, obviamente resultado de la campaña de su hermano en Egipto. Siguió preocupada por su hermano, escribiendo decenas de cartas a dignatarios extranjeros, tratando de obtener las mejores condiciones para el exilio de su hermano, a donde tenía previsto ir a visitarlo. Desafortunadamente una serie de enfermedades no le permitió cumplir su deseo. Cuando murió Napoleón en 1821, Pauline lloró lágrimas amargas.


A pesar de que su marido se había mudado a Florencia hace más de diez años (donde tenía una amante) y había declarado públicamente que quería divorciarse de ella, Pauline logró persuadir al Papa para que la reconcilie con su marido tres meses antes de su muerte en 1825. Pauline tenía apenas 44 años.

La leyenda cuenta que antes de que exhalara su último aliento, le pidió un espejo a un sirviente, se miró a sí misma y sonrió. "No le temo a la muerte", dijo. "Soy todavía hermosa". Murió puesta su mejor vestido, y en la extremaunción pidió ser enterrada con el resto de la familia Borghese.
Se puede escribir mucho acerca de Pauline Bonaparte, de lo que fue y de lo que la gente decía que era, pero no podemos olvidar que fue la única hermana recíproca con Napoleón, que fue el hombre que sacó a su familia de una isla y la instaló en la nobleza.

Fuentes y referencias:
Las mujeres de Napoleón de Christopher Hibbert
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martes, marzo 06, 2012

La roca detrás del genio, la mujer de piedra.

"Hace poco hemos terminado un trabajo muy importante que hará mundialmente famoso a mi marido". Cuando se le preguntaba a Mileva Maric por qué no firmaba los artículos que elaboraba junto a su esposo, su respuesta era: "Wir sind ein Stein!" (Somos Einstein), que en alemán significa "somos una piedra".

Mileva Maric y Albert Einstein se conocieron en la Universidad Politécnica de Zurich a finales del siglo XIX. Maric era la única mujer que estudiaba matemáticas y física en aquella universidad. En 1896 iniciaron una relación sentimental y Einstein estaba fascinado por la intensa colaboración intelectual que recibía de parte de su compañera serbia. A la única persona que disgustaba aquella relación era a la madre del genio, una alemana misógina y xenófoba, que nunca vio con buenos ojos a la serbia: “Ella es un libro igual que tú, pero lo que tú necesitas es una mujer. Cuando tengas 30 años, ella será una vieja bruja”.

Mileva Maric y Alberto Einstein a finales del siglo XIX

Como sea, la pareja estaba flechada porque ambos hablaban el mismo lenguaje: ella le dio clases de matemáticas (que nunca fueron el fuerte de Einstein), preparaban juntos sus exámenes y compartían el mismo interés por la ciencia y por la música. Einstein le escribió en 1900: “Estoy solo con todo el mundo, salvo contigo. Qué feliz soy por haberte encontrado a ti, alguien igual a mí en todos los aspectos, tan fuerte y autónoma como yo”.

En 1902, Einstein se trasladó a la ciudad de Berna, Suiza, donde consiguió empleo en una oficina de patentes. Tras cinco años de convivencia Albert y Mileva terminaron casándose a comienzos de 1903 y tuvieron su primer hijo al año siguiente. En sus ratos libres, Einstein desarrolló, entre otras cosas, la Teoría de la relatividad especial que habría de revolucionar la física moderna. Los frutos de su trabajo fueron publicados en 1905, en la -en aquel entonces- prestigiosa revista Annalen der Physik.

Un ejemplar de "Anales de la Física"

Cuando se le preguntaba a Mileva por qué no firmaba los artículos que elaboraba junto a su esposo, su respuesta era: "Wir sind ein Stein!" (Somos Einstein), que en alemán significa “somos una piedra”.

Esta es más o menos la historia oficial, la que todos sabemos; pero se puede ahondar un poco más en la vida privada del genio, en sus inicios y sobre todo, en la relación con su primera esposa.

Aunque Mileva fue una sobresaliente matemática, nunca terminó formalmente sus estudios, en cambio Albert pudo defender su tesis doctoral en 1905. Para 1908, Einstein consiguió finalmente un puesto de profesor en la Universidad de Berna. En cuanto a Mileva, el matrimonio la obligó a abandonar definitivamente la universidad y la física.

Existen varias cartas del noviazgo en las que Einstein debate con ella sus ideas de la relatividad e inclusive se refiere a “nuestra teoría” y le da un trato de colega. A partir de estas evidencias hay estudiosos que concluyen que las ideas fundamentales de la teoría de la relatividad fueron de Mileva Maric, quien no pudo continuar con su carrera puesto que se hizo cargo del cuidado de los hijos, uno con retraso mental, lo que desde luego le exigió más cuidados maternales. Incluso ahora se sabe que engendraron una niña en 1902, antes de casarse, de la cual se sabe muy poco, sólo que la entregaron en adopción.

Mientras ella cuidaba de sus hijos y renunciaba a la ciencia, Einstein desde su puesto académico tuvo el tiempo suficiente para concluir sus estudios y desde luego para desarrollar la teoría, de la que se sabe ahora, no todo el crédito era suyo. En esa pareja de físicos alguien tenía que cuidar a los niños, alguien tenía que lavar y preparar la comida; y ése fue el papel que Einstein y la sociedad patriarcal asignaron a Mileva, quien subordinó todas sus aspiraciones a los objetivos de su esposo y puso todos sus conocimientos a su servicio.

Mileva Maric y sus hijos, Albert y Eduardo

"Mi gran Albert ha llegado a ser célebre, físico respetado por los expertos que se entusiasman por él. Trabaja incansablemente en sus problemas. Puedo decir que sólo para eso vive. Tengo que admitir, no sin vergüenza, que para él somos secundarios y poco importantes", escribía Mileva a unos amigos. Einstein a su vez admitía: "Nuestra vida en común se ha vuelto imposible, hasta deprimente, aunque no sé decir por qué".

Con el paso del tiempo la relación se tornó disfuncional. Ella ya no le resultaba divertida y tampoco le aportaba nuevas ideas ni conocimientos. Las “Reglas de conducta” que Albert Einstein le impuso por escrito en 1914 son una cruda muestra de su autoritarismo y, a su vez, del machismo y violencia sicológica que ejerció en contra de Mileva:

“A. Te encargarás de que:
  1. mi ropa esté en orden,
  2. que se me sirvan tres comidas regulares al día en mi habitación,
  3. que mi dormitorio y mi estudio estén siempre en orden y que mi escritorio no sea tocado por nadie, excepto yo.
B. Renunciarás a tus relaciones personales conmigo, excepto cuando éstas se requieran por apariencias sociales. En especial no solicitarás que:
  1. me siente junto a ti en casa,
  2. que salga o viaje contigo.
C. Prometerás explícitamente observar los siguientes puntos cuanto estés en contacto conmigo:
  1. no deberás esperar ninguna muestra de afecto mía ni me reprocharás por ello,
  2. deberás responder de inmediato cuando te hable,
  3. deberás abandonar de inmediato el dormitorio o el estudio y sin protestar cuanto te lo diga.
D. Prometerás no denigrarme a los ojos de los niños, ya sea de palabra o de hecho.”

Con este tipo de imposiciones obviamente que las cosas no funcionarían nunca, por lo que los Einstein terminaron separándose en 1914. Einstein volvió a casarse en 1915 con una de sus primas, Elsa Einstein, quien también era divorciada y tenía dos hijas. Esta nueva relación marital fue como un necesario soplo de vida para el aún desconocido físico, ya que apenas un año después y con una inusual lucidez y energía dio a conocer su famosa Teoría General de la Relatividad.

Elsa Einstein, prima y segunda esposa del genio

Elsa fue la mujer sumisa que Einstein buscaba. En silencio y total sumisión supo mantenerse a prudente distancia, dedicada al hogar y facilitándole el trabajo de investigación. Su doméstica obediencia dio un paso más cuando aceptó organizarle la agenda y restringirle el número de visitantes que aspiraban hablar con él, a medida que crecía su fama.

De los hechos se desprende que Einstein nunca necesitó una esposa sino una secretaria, y que no quiso formar una pareja científica ni conceder crédito alguno en su teoría a su ex esposa Mileva. Quizá por eso, de alguna manera le pagó por su aporte, al otorgarle el dinero que ganó por el Premio Nobel de Física.

Un detalle bastante revelador aportado por la feminista alemana Senta Trömel-Plözt es que, cuando Albert y Mileva se separaron oficialmente en 1919, el documento del divorcio incluyó una cláusula de que, en caso de recibir Einstein algún premio por los artículos publicados en 1905 en los Annalen der Physik, debía entregárselo íntegramente a Mileva. ¿Tenía la esperanza Mileva que ese trabajo revolucionaría al mundo? ¿Cómo pudo saberlo si no fue parte del mismo? Fue en los años de su vida conjunta, hasta 1914, cuando nacieron las obras más importantes de Einstein, por lo que algunos creen que el papel de su mujer era significativo, sobre todo en matemáticas, materia en la que alguna vez brilló en su Facultad.

Mileva Maric

Y fue así que en 1921 Albert Einstein ganó el Nobel de Física por sus publicaciones de 1905, y un año después le entregó la totalidad del dinero del premio a su ex-esposa. Y también hay que decirlo: Einstein era un misógino empedernido. Estaba convencido de que “muy pocas mujeres son creativas. No enviaría a mi hija a estudiar física. Estoy contento de que mi segunda mujer no sepa nada de ciencia”. Decía también que “la ciencia agría a las mujeres”, de ahí la opinión que tenía de Marie Curie: “nunca ha escuchado cantar a los pájaros”. Aun así, dentro de ese machismo recalcitrante, fue quien acuñó la célebre frase: “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.

Mileva vivió hasta el último de sus días en Zúrich, en un apartamento con vista a la facultad en la que estudiaron juntos. El piso fue comprado justamente con el dinero del Premio Nobel.

Sirva este pequeño retrato de Mileva Maric como homenaje a esas miles, millones de abnegadas esposas y madres, que han sacrificado sus sueños, carreras e ideales, porque el instinto maternal y el amor han sido más fuertes que el estatus. Feliz Día de la Mujer.

Fuentes y referencias:
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lunes, mayo 02, 2011

La partisana que fue el orgullo soviético

Los partisanos eran guerrilleros europeos que se oponían a los ejércitos de ocupación, fueron organizaciones clandestinas de resistencia en la Segunda Guerra Mundial.
El movimiento Partisano en la Unión Soviética, comenzó el 3 de julio de 1941, cuando Stalin hizo un llamamiento por radio para formar un gran movimiento guerrillero para detener el avance de los alemanes.
Los primeros partisanos soviéticos se encontraron con salvajes represalias alemanas contra la población nativa, por ejemplo en Bielorrusia, en un sólo mes, los nazis fusilaron a casi 10,500 "partisanos campesinos" en venganza por la muerte de dos soldados alemanes.

Zoya Kosmodemyanskaya era una chica rusa de 15 años que se había unido a las Juventudes Comunistas en 1938, y tres años después, ante el llamamiento de Stalin se integró en el destacamento partisano 9903 del Frente Occidental junto a otros dos mil voluntarios.
Después de un corto entrenamiento, Zoya fue destinada a la región de Bolokolamsk, en Moscú, donde su grupo participó con éxito colocando minas en las vías y carreteras para sabotear el avance de los nazis.

Zoya Kosmodemyanskaya

El 17 de noviembre de 1941 fue publicada en la Unión Soviética la Notificación Nº 428 que ordenaba:

"Evitar que el ejército alemán pueda movilizarse en pueblos y aldeas, expulsar a los ocupantes nazis de cualquier zona poblada, casa o establo, para que éstos queden a la intemperie a merced del frío".

También les exhortaba a "destruir y quemar los asentamientos de la retaguardia alemana".

Como una buena partisana, Zoya junto a otros camaradas se dedicaron a la tarea de sabotear y quemar, en apenas 5 días, 10 aldeas donde estaban establecidas las tropas germanas. El armamento personal de Zoya y varios de sus camaradas consistía en una pistola "Nagán", algunos cócteles Molotov y varias antorchas.


El 27 de noviembre, luego de algunas escaramuzas con el enemigo, el grupo partisano se dispersó quedando Zoya aislada, pero aún así, ella decidió continuar sola y logró quemar dos casas y un establo en la aldea de Petrischevo, donde se acuartelaban algunos oficiales y soldados alemanes con alrededor de 300 caballos.

Previamente los alemanes habían montado una red de colaboradores dentro de los mismos partisanos, con los que hacían labores de espionaje, debido a lo cual no fue muy difícil identificarla y enseguida capturarla. De hecho fue delatada por uno de sus mismos compañeros partisanos, un tal Vassili Klubkov, que proporcionó la información a cambio de vodka.
Aquí la historia no es muy clara. Unas fuentes indican que logró incendiar las casas y otras difieren diciendo que fue detenida “antorcha en mano” disponiéndose a hacerlo. Bueno, el asunto es que fue capturada por los nazis.

Luego de su captura, Zoya fue torturada durante dos días de interrogatorios en los que la única información que dio fue su nombre de guerra: "Tania". Fue tan brutal el interrogatorio, que al convencerse de que la detenida no hablaría, le aplicaron quemaduras con fósforos y hasta le ocasionaron un corte con una sierra en la espalda. Mientras la torturaban estaba vestida con una sencillo camisón muy fino y descalza, y aun así, la hicieron caminar a la intemperie (noviembre del 41, cerca de Moscú, imagínense el frio) durante largo rato, y esto duraba hasta que el soldado alemán de turno que la custodiaba ya no soportaba el frío bajo su capote. Este ciclo se repitió durante toda la noche cada media hora, y luego, le prohibieron a la familia de la casa donde la torturaban, darle algo de beber a Zoya, bajo pena de muerte.
En la mañana del tercer día la llevaron a la calle donde ya habían construido la horca, con un cartel en el cuello que decía "incendiaria de casas"

Camino a la horca con el cartel de incendiaria

Según testigos y vecinos de la aldea de Petrishevo, Zoya antes de su ejecución realizó un llamamiento a los aldeanos: "No se rindan, hay que ayudar al Ejército Rojo. Nuestros camaradas vengarán mi muerte contra los fascistas. La Unión Soviética jamás será vencida". Dirigiéndose a los soldados alemanes Zoya gritó: "Ríndanse antes de que sea tarde, pueden ahorcarnos a muchos de nosotros, pero nunca a 170 millones". Esto supuestamente lo decía ya con la soga al cuello, mientras oficiales alemanes la fotografiaban. Cuando quiso decir algo más, un oficial alemán quitó el cubo sobre el que se sostenía y quedó colgando. Intentó agarrar con sus manos la cuerda pero los alemanes la golpearon hasta que expiró su último aliento.




Su cuerpo colgado fue dejado a la intemperie como escarmiento y ejemplo durante casi un mes, donde fue golpeado y vejado en varias ocasiones por soldados alemanes y quienes los apoyaban. El día de año nuevo de 1942, un nazi borracho le arrancó parte de la ropa y mutiló su cuerpo congelado. Al día siguiente el mando alemán, ante la inminente llegada de tropas soviéticas, ordenó descolgarla y enterrarla. Posteriormente, su cuerpo fue llevado por los soviéticos al cementerio de Novodievichi en Moscú.

La historia de Zoya Kosmodemyanskaya se hizo popular poco después, cuando Piotr Lidov, periodista del periódico Pravda publicó un artículo con su historia el 27 de enero de 1942. El periodista había oído hablar de aquella ejecución a un campesino de edad avanzada, y quedó fuertemente impresionado por el coraje de la joven mujer. El artículo llegó a ser leído por Stalin, quien le concedió de inmediato la orden de Héroe de la Unión Soviética, convirtiéndose así en la primera mujer que obtuvo aquella distinción.

En su honor fueron llamados con su nombre muchas escuelas, barcos, calles de varias ciudades, montañas y hasta dos asteroides. Se erigieron innumerables memoriales estatuas en todo el territorio soviético: Moscú, Leningrado, Minsk, Kiev, Stalingrado, y fueron bautizados de la misma forma todo tipo de colectivos, asociaciones, comités y células de partidos.


En septiembre de 1991, casi cincuenta años después de la muerte de Zoya, se creó una gran controversia alrededor del mito de la joven partisana. Un artículo publicado en el semanario ruso Argumenty i Fakty afirmaba que nunca hubo tropas alemanas en el pueblo de Petrischevo, y que Zoya fue capturada por los campesinos locales que no estaban conformes con la destrucción de sus bienes. Que en sus actos de sabotaje Zoya había herido a campesinos rusos en lugar de atacar a las tropas alemanas. Que era una fanática estalinista y que mostraba evidente sintomatología de esquizofrenia. Que fueron todas estas actitudes las que llevaron a los campesinos de Petrischevo a delatarla ante los alemanes e indicarles el lugar donde pernoctaba en las afueras del pueblo.
Como en todo debate nacionalista ya se imaginarán ustedes, hubo fanáticos y detractores. Tomemos en cuenta que esta información salió a la luz a los pocos meses de haberse disuelto la Unión Soviética.

Estatua en la estación Partizanskaya del metro de Moscú

De todas formas los pueblos siempre necesitan sus propios héroes y, para los soviéticos, la gesta de Zoya fue el reflejo de la lucha de toda una generación de trabajadores que supieron defender a su país, el primer Estado Socialista de la historia, frente a la invasión del fascismo liderado por la Alemania de Hitler.
El heroísmo de la joven muchacha representaba también el de tantos y tantos combatientes anónimos que perdieron su vida por la defensa de la URSS y la liberación de los pueblos de Europa de la barbarie nazi-fascista.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7

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jueves, abril 14, 2011

El sufrimiento de una madre

Personalmente creo que el amor maternal es la más grande muestra de afecto que cualquier persona puede recibir. Cuando se ama se sufre, pero cuando el amor se convierte en instinto de supervivencia o luto por un hijo, el dolor debe ser inenarrable.

Tal vez no sea la postal más esperada, pero esta galería es un testimonio mudo y desgarrador del amor maternal; ese que da la vida y la cuida, nutriéndola y resguardándola de todo peligro.
Les dejo algunas fotografías dramáticas que han hecho historia, que nos han partido el corazón y que cada vez nos hacen cuestionarnos en qué clase de mundo vivimos, en qué mundo estamos legando a nuestros hijos.
Un homenaje al amor maternal, a ese amor que es el único desinteresado e incondicional que puede sentir una persona en la vida.

Si tienes la suerte de tener una, y de tenerla viva, eres un privilegiado. Levanta el teléfono y dile todo lo que la amas. ¡Ve!


Mujer desesperada cruza con sus hijos un río en Binh Dinht (Vietnam del Sur) para escapar de un bombardeo norteamericano. 1965
Foto: Kyoichi Sawada, Japón. Agencia United Press International



Una mujer camboyana acurruca a su hijo mientras espera el reparto de ayuda humanitaria en el campo de refugiados de Sa Keo, en Tailandia. 1979
Foto: David Burnett, USA. Agencia Contact Press Images



Kezban Özer encuentra los cadáveres de sus 5 hijos tras ser enterrados vivos después de un devastador terremoto en Koyunoren, al este de Turquía. 1983
Foto: Mustafa Bozdemir, Turquía. Agencia Hürriyet Gazetesi



Una madre implora sobre el escudo de un policía después de que su hijo fue arrestado por acusar al gobierno de fraude en las elecciones presidenciales de Corea del Sur. 1987
Foto: Anthony Suau, USA. Agencia Black Star



Madre sujeta el cuerpo de su hijo víctima del hambre, antes de ser enterrado en Bardera, Somalia. 1962
Foto: Ames Nacktwey, USA. Agencia Magnum Photos



Una mujer llora por sus hijos afuera del hospital Zmirli, Argelia, tras una masacre ocurrida en Bentalha. 1997
Foto: Hocine, Argelia. Agencia France Presse



Una mujer llora la desaparición de su familia en el tsunami de Cuddalore, India. 2004
Foto: Arko Datta, India. Agencia Reuters



Una madre y su hijo en un centro de ayuda internacional en Tahoua, Niger. 2005
Foto: Finbarr O'Reilly, Canadá. Agencia Reuters

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sábado, febrero 27, 2010

La francotiradora ucraniana

Lyudmila Pavlichenko nació en una pequeña aldea de Belaya Tserkov en Ucrania, el 12 de Julio de 1916. Desde los primeros años escolares se destacó como una excelente estudiante en su pueblo natal, pero a sus catorce años tuvo que trasladarse con sus padres a Kiev, la capital ucraniana, y es allí cuando se une al club de tiro como actividad extracurricular para paliar la soledad y el aburrimiento, ya que como recién llegada, no conocía a nadie en la gran ciudad, y su natutal timidez le impedía hacer nuevos amigos. Adicionalmente también tuvo la suerte de conseguir trabajo en un molino cercano.
Su juventud se desarrolló casi monótonamente, del colegio al club de tiro, después al molino a trabajar y luego de vuelta a casa. Su reservada personalidad le permitió cumplir esta rutina al pie de la letra durante varios años, hasta que empezó a destacar y conformó el equipo de tiro deportivo de la ciudad.

Lyudmila Pavlichenko

Corría el año de 1941 cuando Lyudmila Pavlichenko estudiaba Historia en la Universidad de Kiev ya que su anhelo era el de convertirse en profesora de secundaria. Ese mismo año Hitler puso en marcha la Operación Barbarroja, que era el plan de invasión de Alemania a la Unión Soviética, y Lyudmila tuvo que abandonar abruptamente sus estudios para alistarse en la defensa de su país.
Inicialmente fue asignada como ayudante de enfermería lo cual le disgustó, ya que ella esperaba ser tomada en cuenta para el frente de batalla, pensaba que sería más útil a su país en lo que mejor sabía hacer: disparando. Al mostrar su certificado que le avalaba como tiradora amateur, fue asignada a la 25ª división de infantería, sitio donde realmente se sintió a gusto.

La división de infantería a la que pertenecía Lyudmila fue enviada a defender la ciudad de Odessa, y en esas frías trincheras fue donde esta valiente mujer se dio a conocer: "Donde Lyudmila ponía el ojo, ponía la bala..."
Empezó a crecer el mito, ya que apenas a los dos meses de llegar, la ucraniana había dado de baja a 190 soldados alemanes con su fusil Mosin-Nagant, a un promedio de 2,5 nazis diarios. Si todos los soldados hubiesen tenido la misma puntería que Lyudmila, la ciudad no hubiera caído en manos de los alemanes como en efecto sucedió, por lo que la eficaz tiradora debió ser trasladada a otras unidades donde se requerían sus servicios.


La carismática Lyudmila siguió haciendo lo que más le gustaba: disparar a los alemanes. Cuando alcanzó el grado de teniente, ostentaba el récord de haber dado de baja a 309 soldados enemigos, de los cuales 36 eran francotiradores nazis.
Tras un año de servicio en el frente de batalla, Lyudmila fue alcanzada por fuego de mortero y retirada del frente. Cuando estuvo completamente recuperada el gobierno soviético decidió ya no enviarla al campo de batalla, sino que lo utilizó para hacer propaganda política. De hecho fue enviada a los Estados Unidos donde fue recibida por el mismísimo presidente Roosevelt y su esposa en la Casa Blanca, ofreció discursos en Nueva York, y más tarde avanzó con su proselitismo hasta Canadá.


Lyudmila Pavlichenko nunca volvió al frente y con el grado de mayor trabajó como instructora de francotiradores.
Terminada la "Gran Guerra Patria" recibió la Estrella de Oro de la Unión Soviética y retornó a la Universidad de Kiev, donde terminó su carrera y se convirtió en Historiadora.
Un dato interesante es que de las casi dos mil francotiradoras que llegó a tener el ejército soviético, apenas sobrevivieron unas quinientas.
Lyudmila murió el 10 de Octubre de 1.974 en Moscú.

Fuentes:
Mundo Historia, EnzoDavid, Soviet-awards

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domingo, febrero 21, 2010

"Rosie, la remachadora"

Hace poco publiqué un post con carteles de la Segunda Guerra Mundial referente al reclutamiento y actividades de las mujeres durante ese conflicto. En ese grupo de afiches hay uno que es considerado un ícono cultural en los Estados Unidos, y se lo conoce como "Rosie the Riveter", el cual tiene una historia muy particular.

"We can do it!" dibujado por Howard Miller

Esta imagen vino representar a las 6 millones de mujeres que se hicieron cargo del esfuerzo bélico en las fábricas cuando los hombres fueron movilizados a la guerra. Bajo el lema "Nosotras podemos hacerlo!" estas mujeres se convirtieron en soldados de las fábricas de producción del denominado "frente interno". Fueron las responsables directas de la construcción de cientos de tanques, jeeps, municiones y partes vitales de bombarderos y buques como los famosos "Liberty Ships".

Tan grande fue el aporte de las mujeres en la producción, que para 1943 representaban más del 30% en la nómina del personal de la empresa automotriz Ford, especialmente en el área mecánica y de ensamblaje.

Rose Will Monroe

Rose Will Monroe nació en Kentucky en 1920. Debido a la muerte de su marido en un accidente de tránsito, quedó sola al cuidado de sus dos hijas y tuvo que trasladarse a Michigan, donde fue contratada por la Ford Motor Co. en la planta de Detroit. Sus labores consistían en trabajar como remachadora en una cadena de montaje que fabricaba los bombarderos B-24 Liberator.

Bombarderos B-24 ensamblados por la Ford

Para esa época el gobierno de los Estados Unidos lanzó una agresiva campaña de venta de bonos de guerra, y una de las estrategias que utilizaba era publicitarlos mediante películas o documentales que apelaban al patriotismo americano. El productor de cine Walter Pidgeon era uno de los encargados de realizar dichos documentales, para lo cual visitaba fábricas en donde seleccionaba obreros carismáticos para darle mayor realismo sus producciones.

Rose se encontraba trabajando en la planta de Ford, cuando Pidgeon la eligió para hacer un casting y aparecer en una película de promoción de bonos. Así es como se convirtió en "Rosie la remachadora", y empezó a aparecer en los coloridos afiches "We Can Do It!"



Prácticamente se convirtió en una heroína nacional al ser protagonista de un film que alentaba a que más mujeres se incorporen a trabajar en las fábricas e incentivando la compra de bonos de guerra. Su fama fue efímera y no le sirvió para enriquecerse.

Una imagen del documental

Cuando la guerra terminó, todas esas mujeres que pusieron su hombro al servicio de la nación tuvieron que regresar a sus casas despedidas y olvidadas, porque los soldados que volvían del frente de batalla fueron nuevamente contratados por las fábricas. Igual, Rose también fue despedida de la compañía.

Lastimosamente el balance del trabajo femenino durante la guerra fue demasiado triste. Además de soportar las duras condiciones de trabajo, cobrar mucho menos que los hombres, sufrir acosos sexuales, desprecios machistas y desatender a sus familias, más de 30.000 mujeres murieron en accidentes laborales y casi 200.000 reportaron algún tipo de herida o lesión cumpliendo con sus labores.


Pero sería luego de la guerra cuando Rose demostró ser una gran emprendedora. Comenzó conduciendo un taxi, luego abrió una tienda de cosméticos y terminó siendo propietaria de una empresa de construcción.

Para 1970, y a la edad de 50 años obtuvo su licencia de piloto privado, cumpliendo así un sueño albergado desde que trabajaba ensamblando aviones. Lastimosamente sufrió un accidente aéreo en 1978 durante el despegue, que en su secuela más grave, la condenó a perder un riñón. Rose Monroe murió a la edad de 77 años en Hamilton County, Indiana, en 1997.

En el año 2000 se inauguró un Memorial Park en Richmond, California, en reconocimiento a todas esas mujeres que fueron parte de la fuerza laboral y mano de obra en los astilleros y fábricas bélicas de la nación durante la guerra.

Como curiosidad les cuento que en 1943, el gran Norman Rockwell pintó un lienzo inspirado en la famosa imagen, y llegó a ser portada del Saturday Evening Post, la revista más popular de la época. En este cuadro se puede observar a Rosie con un overol de trabajo, sentada y tomando su lunch; con la remachadora sobre sus rodillas y pisando un ejemplar del libro “Mi Lucha”, escrito por Adolf Hitler.


Esta pintura fue subastada por la casa Sotheby's el 22 de mayo de 2002 por $ 4'959.500


Fuentes:
Pulaskipast, Ford.com, Wikipedia


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miércoles, diciembre 09, 2009

La Vuelta al Mundo de Nellie Bly

Ahora es muy normal encontrar mujeres periodistas en todos los ámbitos. Hasta vemos reporteras de guerra arriesgando su vida en el Golfo Pérsico o en la franja de Gaza. De hecho, yo siempre he creído -y he visto- que tienen un mejor olfato periodístico que los hombres, un don especial que les permite estar donde los hechos lo ameritan. En fin, en la era de las comunicaciones es más fácil mantenernos al tanto de lo que pasa en el mundo.
Hace poco más de un siglo esta profesión era vetada para las mujeres, y como en todo ámbito, hubo una pionera que vale la pena rescatar del baúl del olvido.
Nellie Bly consiguió ganarse un nombre en el mundo del periodismo nada menos que a finales del siglo XIX, cuando era impensable ver mujeres ejerciendo en ese ámbito.


Nació en Pensilvania en 1864 como Elizabeth Jane Cochran, y su infancia estuvo marcada por penurias económicas, pues la muerte de su padre en 1870 dejó a la familia bancarrota. Su madre se volvió a casar, y aún siendo una niña, Elizabeth tuvo que testificar contra su padrastro en el divorcio de su madre, ya que este hombre la maltrataba. También tuvo que abandonar sus estudios por no poder costeárselos.

En 1880 se muda con su familia a Pittsburgh y su vida daría un giro dos años después, cuando, al comprar el diario local -el Pittsburgh Dispatch- , leyó una columna ofensiva y de contenido sexista. Escribió una fuerte carta de rechazo y se la envió al editor, firmada como "Little Orphan Girl". El editor del diario, George Madden, quedó impresionado por la carta y le concedió una entrevista, en la cual Elizabeth lo convenció para que le permitiera escribir en el periódico.
Como en la época estaba mal visto que una mujer publicase con su propio nombre, la redacción le sugirió que usara un seudónimo, y ella escogió el de "Nellie Bly", basado en el personaje de una canción y que sería el que utilizaría posteriormente para toda su carrera.

Nellie desde un principio se dedicó a los temas sociales pero con especial énfasis en los derechos de las mujeres, escribiendo sobre la reforma del divorcio o realizando artículos de investigación sobre las condiciones de trabajo de las mujeres en las fábricas.
Sus denuncias tuvieron tanta acogida, que llegó a ser una piedra en el zapato para algunos importantes industriales de la ciudad, quienes amenazaron con dejar de anunciarse en el Dispatch si no dejaban de publicarse ese tipo de artículos. Esto hizo que la transfieran a la sección de moda y farándula, que era el lugar habitual para las mujeres periodistas de la época.
Frustrada, Nellie decide marcharse a México en 1885, desde donde siguió escribiendo como corresponsal extranjera incendiarios artículos que evidenciaban la corrupción mexicana y del gobierno del dictador Porfirio Díaz, lo que finalmente hizo que la expulsaran de ese país.

Elizabeth Cochran, más conocida como "Nelly Bly"

A su regreso a Pittsburgh volvió a verse atrapada en las páginas más intrascendentes del periódico, por lo que dos años después decide irse a New York con el sueño de llegar trabajar en alguno de los grandes diarios de esa ciudad. Buscó trabajo durante cuatro meses y no conseguía nada. Ya había agotado todos sus ahorros pero su orgullo no le permitía regresar a Pittsburgh. Estaba decidida a morirse de hambre lejos, pero no a regresar como una perdedora.
En un golpe de suerte, pudo conseguir una entrevista con el editor del New York World (propiedad de Joseph Pulitzer), a quien logró convencer para que le diera una oportunidad.
Su primer trabajo para el New York World pasó a la historia como uno de los primeros grandes reportajes de investigación. Puso en evidencia y denunció las acusaciones de malos tratos y negligencia en el manicomio para mujeres de Blackwell's Island, donde Nellie se hizo pasar por loca para ser internada y comprobar de primera mano, las condiciones en las que vivían las enfermas. Después de diez días fue liberada del manicomio a petición de su periódico y escribió un sensacional reportaje describiendo las lamentables condiciones del centro, lo que a la postre promovió una serie de cambios en el manejo de las instituciones mentales y un aumento de fondos públicos para las mismas.
Desde ese momento, se convirtió en una de las firmas más importantes del periódico, con una serie de artículos en los que evidenciaba la corrupción y la injusticia, siempre tomando partido por los pobres y desamparados. Así, destapó prácticas fraudulentas de monopolio, denunció el modo en que la policía trataba a las internas, alertó sobre la inadecuada atención médica que se daba a los indigentes y narró huelgas desde la perspectiva de los huelguistas. Su nombre se haría famoso en poco tiempo.


Pero su momento cumbre estaría aún por llegar. Tras el éxito del libro "La Vuelta al Mundo en 80 días" de Julio Verne, la redacción del World decidió comprobar si era posible dar la vuelta al mundo en menor tiempo, y embarcó a Nellie en esa aventura.
El 14 de noviembre de 1889 partió del muelle newyorquino de Hoboken rumbo a Europa, y durante su periplo hasta se dio el lujo de hacer una pequeña pausa en París para entrevistar al mismísimo Julio Verne. Nellie completó la vuelta al mundo en un tiempo de 72 días, imponiendo un record que fue imbatible por algunos meses.

Caricatura que ilustra la entrevista de Nellie Bly a Julio Verne

Desde ese momento, Nellie se convirtió en una celebridad, y sentía que el periódico le debía compensar económicamente tras haber logrado que durante su travesía el World triplicara sus ventas. Al no lograr esa bonificación económica, Nellie decide retirarse del periódico.


En 1894 contrajo matrimonio con el millonario Robert Seaman y deja el periodismo. A los diez años de matrimonio su esposo fallece y ella se queda a cargo de su empresa, una fábrica de contenedores y latas. Ahora como empresaria, Nellie emprendió una serie de reformas sociales, proporcionando a sus trabajadores mejores medidas de seguridad industrial, servicios médicos y sedes sociales que contaban con gimnasio, biblioteca, incluso clubes de caza y pesca.
Pero una empresa privada nunca puede funcionar como casa de beneficencia, y tanto gasto social sumado a su escasa habilidad contable, hicieron que la empresa quebrara unos años después.
Agobiada por las deudas, en 1914 decide viajar a Inglaterra para lo que serían unas semanas de vacaciones, pero el estallido de la Primera Guerra Mundial le permite iniciar una serie de reportajes independientes sobre la guerra vista desde la perspectiva americana. Nellie permaneció en Europa hasta 1919, en que regresó al enterarse de que su madre estaba a punto de morir.

Al final de su carrera trabajó para el New York Evening Journal y centró su atención en los orfanatos, esto lo hace a raíz de que una madre moribunda le entregó a su hijo y le pidió que se asegurase de que fuera adoptado por una buena familia, algo complicado por el hecho de que el niño era medio japonés.
Finalmente Nellie Bly murió de neumonía en 1922, evento que fue cubierto todos los periódicos de New York. Irónico, los medios que la relegaron ahora se disputaban la primicia.
Fue sin duda la pionera del periodismo investigativo en una época en que esta profesión era exclusivamente masculina. El periodismo femenino le debe mucho a esta formidable reportera.

Fuentes:
JVerne.net, Queco, ElPaís

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