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lunes, marzo 26, 2012

Pauline Bonaparte, la mujer ardiente

«Después, cuando le preguntaban: “¿cómo pudiste posar desnuda siendo la hermana del Emperador?”, ella tranquilamente respondía: "¿y por qué no?, no hacía frío, y ese estudio era caliente como el infierno."»

Es verdad aquello de que sería maravilloso poder elegir a nuestros familiares, pero a todos los mortales nos toca chantarnos, aguantarnos -con buena o mala cara- lo que el destino nos deparó, y eso lo supo Napoleón Bonaparte mejor que nadie. Tuvo hermanos codiciosos a los que colocó en tronos europeos que a la final terminaron siendo títeres de sus enemigos. De todos sus hermanos, Pauline era su favorita y en reciprocidad, fue ella la que lo acompañó y apoyó hasta el final, hasta en el destierro.

Maria Pauline Buonaparte nació el 20 de octubre de 1780 en la Isla de Córcega, pero fue más conocida como Paoletta. Esto se debe a que todos los Bonaparte utilizaron las versiones francesas de sus nombres cuando se mudaron al continente. Era la sexta hija (segunda mujer) de Carlo Buonaparte y su esposa Letizia. Tenía apenas cinco años cuando su padre murió y José, su hermano mayor, se convirtió en jefe de la familia, pero fue Napoleón quien forjó la fortuna de la familia durante su ascenso al poder, primero como General del ejército francés, luego como Primer Cónsul y finalmente como Emperador.

Su infancia, como la mayoría de sus hermanos, la vivió en su isla natal, donde recibió algo de educación formal hasta los trece años, edad en la junto a su familia tuvo que huir en medio de la noche a Marsella.

Pauline Bonaparte

Pauline era la bella de la familia, tenía una figura exuberante y un rostro diáfano y simétrico que le atrajo legiones de admiradores, lo cual siempre fue causa de preocupación de su madre y hermanos. Cuando Pauline tenía dieciséis años, se enamoró de Stanislas Fréron, que para esa época tenía cuarenta años de edad y una amplia reputación de mujeriego. Después de que su madre y hermanos le hicieron ver lo nocivo de aquella relación, su hermano Napoleón la agarró en delito fragante con Víctor Emmanuel Leclerc detrás del biombo de su oficina. Por supuesto, los obligó a casarse.

Víctor Leclerc a sus 24 años era general del ejército de Napoleón y uno de sus hombres más fieles. Admiraba tanto a Bonaparte, que no sólo vestía como él, sino que también imitaba su forma de andar. Se casaron el 14 de junio de 1797, y aunque Paulina –ahora de 17 años- albergaba ciertos sentimientos hacia su marido, al poco tiempo dejó de serle fiel. Era vox populi que tenía una gran afición hacia los soldados rasos. Un año más tarde dio a luz a su único hijo, un varón al que Napoleón insistió en bautizarlo como Dermide, debido a un personaje de algún poema que le gustaba.

General Leclerc y Pauline Bonaparte

A Leclerc le fue confiado el mando del ejército francés en Haití, donde un soldado negro rebelde junto al médico de la población, habían logrado derrocar no sólo a los colonos franceses e ingleses, sino también liberar a los esclavos (en un inicio con la aprobación de Napoleón). Sin embargo, ahora el negro Toussaint Louverture (así se llamaba) se había convertido en un problema, se había autonombrado Gobernador de la isla, declarando que él era el Bonaparte de Santo Domingo.

Bueno, el asunto es que Napoleón quería que su cuñado vaya y someta a Toussaint, lo encarcele, y que la esclavitud sea restablecida en la colonia. Cuando Pauline se enteró del viaje que le esperaba junto a su marido -a un lugar tan poco glamoroso-, tuvo un ataque de histeria y tuvo que ser llevada por la fuerza a la nave. Llegaron a Haití en 1801. Una vez ahí sin embargo, Paulina se dio cuenta de que la sociedad no era tan provinciana como ella había pensado. Encontró bailes y fiestas de sociedad en la pequeña isla, donde aparte de los franceses también convivía una pequeña aristocracia inglesa y española.

El rebelde haitiano Toussanit Louverture, según un grabado de 1802

El clima, los ritmos exóticos y el ambiente caribeño devolvieron a Pauline su vitalidad, su picardía, y ella volvió por sus fueros, involucrándose principalmente con soldados de bajo rango y oficiales. Sin embargo, cuando la isla fue golpeada por la fiebre amarilla, se reconoce que Pauline cumplió una gran labor sumándose a las brigadas de atención a los enfermos. Lastimosamente su esposo, el joven General Leclerc fue uno de los muchos que murieron con la epidemia. Pauline estaba desolada, se cortó su larga cabellera y la depositó junto al cuerpo de su marido en el ataúd, tras lo cual regresó con su pequeño hijo a Francia.

El duelo y la pena de Pauline no duraron mucho, ya que llegando a Europa retomó sus ardientes hábitos. Y ahora no sólo se limitaba a disfrutar de sus apetitos físicos y carnales, sino que también sacó a relucir su lado materialista. Compró lotes de ropa y de la mejor, más de la que podría usar el resto de su vida a un vestido diario. Pasaba de fiesta en fiesta y siempre hasta el final, una mujer de afterparty, pero su reciente viudez y comportamiento provocaron una oleada de rumores entre las clases altas francesas. Llevaba vestidos tan transparentes que uno podía ver la perfección de su cuerpo a través de la tela. Era impulsiva y coqueta, pero así mismo carecía de instinto maternal. Cuando su hijo murió a la edad de ocho años, Pauline no estaba a su lado. Napoleón trató de ocultar este hecho, siempre quiso vender una mejor imagen de su hermana, pero su comportamiento no ayudaba. Ella prefería seguir con su rutina de belleza que incluía una bañera diaria de leche mezclada con agua, a la cual adjudicaba la suavidad de su piel y lozanía de su rostro.



Generalmente era asistida en la bañera por un sirviente negro llamado Pablo. Cuando alguien le hacía notar que esa compañía era impropia en un momento tan íntimo como el baño diario, la hermana del Emperador pronunciaba la frasecita tristemente célebre: "un negro no es un hombre". De todas formas, hizo que Pablo fuese también acompañado por otro de sus sirvientes blancos, para de esa forma dar a su baño una apariencia más respetable.

Pauline tenía la costumbre de recibir a sus invitados masculinos mientras descansaba dentro de su bañera. Cuando salía de ella podía pasar horas con sus invitados vistiendo solamente una camisa, un poco de labial, el pelo recogido y el perfume elegido.

Pauline Bonaparte

A diferencia de los otros hermanos de Napoleón, Pauline no era muy ambiciosa en eso de los títulos y tampoco quería un reino para gobernar. En ese sentido, Napoleón la trató espléndidamente, como a todos sus hermanos. Cuando le regaló el ducado de Guantalla (con tierra y habitantes), ella más práctica e inteligente se lo vendió al Reino de Parma por seis millones de francos, sin embargo conservó para sí el título de Princesa de Guantalla.

Para agosto de 1803 habían pasado apenas ocho meses desde la muerte de su primer marido, pero Pauline ya se estaba casando con el príncipe Camilo Borghese. Napoleón estaba horrorizado al ver que su hermana se casaba tan pronto, pero Borghese era uno de los hombres más ricos de Italia, con una de las colecciones de diamantes más hermosa del mundo y por supuesto, dueño de la Villa Borghese. El matrimonio le dotaba a Pauline de 800.000 francos, la propiedad de parte de la Villa Borghese, joyas de la colección de la familia y dos carruajes personales entre otras chucherías. Pero no tardó mucho tiempo en desilusionarse de su marido. Ya sabemos, la vida de los reyes y poderosos siempre ha sido la carroña del pueblo, y empezaron a regarse rumores de que Camilo, como todo buen romano era homosexual, mientras que otros decían que no dio la talla a Pauline, mujer acostumbrada a hombres mejor dotados, no precisamente en lo económico. También había algo de fondo, y era que a ella no le gustaba para nada la sociedad romana, sencillamente amaba Francia. Antes de volverse a su patria e ignorando las protestas de su esposo, pasó brevemente por Florencia, donde encargó que le tallara dos estatuas de sí misma al escultor Antonio Canova, el tallador más famoso de Italia en aquella época.

Su segundo esposo, el Príncipe Camilo Borghese

Canova ya había hecho varios trabajos para Napoleón, así que esculpir a la hermana favorita del emperador le era muy natural, hasta que Pauline decidió posar desnuda, lo que conmocionó al escultor, cuyas manos dicen, temblaban cuando aplicaba la arcilla sobre su cuerpo. Después, cuando le preguntaban que “cómo pudo posar desnuda”, ella respondía: "¿y por qué no?, no hacía frío, ese estudio era caliente como el infierno".

La estatua de Pauline llamada Venus Victrix avergonzó tanto a su marido, que la hizo esconder en un desván donde nadie pudiese verla, pero la vida es irónica y muchas veces se nos ríe en la cara: fue encontrada en las bodegas de la casona y puesta en exhibición permanente en la Villa Borghese de Roma, donde ahora todo el mundo puede contemplar la desnudez de su esposa.

Paulina Bonaparte tallada por Antonio Canova

Según algunos historiadores, la promiscuidad le pasó factura a la bella Pauline porque se dice sufría de una enfermedad venérea que temporalmente la convertía en ninfómana, lo cual evidentemente es un mito. Lo que sí es cierto es que ella tuvo varios amantes, a los cuales acudía por su constante necesidad de sexo. Uno de los afortunados fue el pintor e intelectual Nicolás de Forbin, un artista venido a menos y que pintaba para poder comer, a quien Pauline le cambió la vida haciéndole su chambelán. Curiosamente era más conocido por estar bien dotado que por sus cuadros. También una época tuvo de favorito al violinista Blangini, al que dejó de lado por su colega Nicolo Paganini, y después a Jules de Canouville, jefe de personal de Napoleón. En un desesperado esfuerzo por proteger su reputación, Napoleón adoptó la tendencia de enviar lejos a sus amantes militares, al frente de batalla, de donde nunca regresaban.

Napoleón vencido, derrotado

Cuando Napoleón perdió el poder, Pauline le demostró que a pesar de sus excesos y defectos, siempre fue una buena hermana. Liquidó todos sus bienes en dinero en efectivo (vendió su casa al duque de Wellington, que quedó encantado con ella), y se trasladó a Elba, uniéndose a su hermano en el exilio. Ella fue la única hermana que lo apoyó. Su hermana Caroline, a quien Napoleón había hecho reina de Nápoles, intrigó a su marido para volverse en contra de su hermano. Pauline en cambio utilizó su dinero para mejorar las condiciones de Napoleón en la isla. Organizó grandes fiestas y bailes para los habitantes, y se puso los vestidos más bonitos para agradar a su hermano. Bonaparte, a pesar de que amaba a su hermana, encontró su presencia particularmente difícil al poco tiempo. Sin embargo, cuando el corso decidió regresar a Francia para recuperar su poder, no tuvo más apoyo que el de Pauline. Antes de iniciar su campaña final, ella le hizo entrega de los diamantes Borghese que valían una fortuna. Cuando Napoleón fue capturado después de Waterloo, las piedras preciosas fueron encontradas en su coche.

Napoleón en Waterloo

Después de Waterloo vino el exilio final de Napoleón en Santa Elena, mientras tanto, Pauline regresó a Roma con los bolsillos vacíos, donde gozó de la protección del Papa Pío VII, que alguna vez fue prisionero de su hermano. Vivió en un chalet llamado Villa Pauline, totalmente decorado con un marcado estilo faraónico, obviamente resultado de la campaña de su hermano en Egipto. Siguió preocupada por su hermano, escribiendo decenas de cartas a dignatarios extranjeros, tratando de obtener las mejores condiciones para el exilio de su hermano, a donde tenía previsto ir a visitarlo. Desafortunadamente una serie de enfermedades no le permitió cumplir su deseo. Cuando murió Napoleón en 1821, Pauline lloró lágrimas amargas.


A pesar de que su marido se había mudado a Florencia hace más de diez años (donde tenía una amante) y había declarado públicamente que quería divorciarse de ella, Pauline logró persuadir al Papa para que la reconcilie con su marido tres meses antes de su muerte en 1825. Pauline tenía apenas 44 años.

La leyenda cuenta que antes de que exhalara su último aliento, le pidió un espejo a un sirviente, se miró a sí misma y sonrió. "No le temo a la muerte", dijo. "Soy todavía hermosa". Murió puesta su mejor vestido, y en la extremaunción pidió ser enterrada con el resto de la familia Borghese.
Se puede escribir mucho acerca de Pauline Bonaparte, de lo que fue y de lo que la gente decía que era, pero no podemos olvidar que fue la única hermana recíproca con Napoleón, que fue el hombre que sacó a su familia de una isla y la instaló en la nobleza.

Fuentes y referencias:
Las mujeres de Napoleón de Christopher Hibbert
1, 2, 3, 4, 5, 6


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martes, marzo 06, 2012

La roca detrás del genio, la mujer de piedra.

"Hace poco hemos terminado un trabajo muy importante que hará mundialmente famoso a mi marido". Cuando se le preguntaba a Mileva Maric por qué no firmaba los artículos que elaboraba junto a su esposo, su respuesta era: "Wir sind ein Stein!" (Somos Einstein), que en alemán significa "somos una piedra".

Mileva Maric y Albert Einstein se conocieron en la Universidad Politécnica de Zurich a finales del siglo XIX. Maric era la única mujer que estudiaba matemáticas y física en aquella universidad. En 1896 iniciaron una relación sentimental y Einstein estaba fascinado por la intensa colaboración intelectual que recibía de parte de su compañera serbia. A la única persona que disgustaba aquella relación era a la madre del genio, una alemana misógina y xenófoba, que nunca vio con buenos ojos a la serbia: “Ella es un libro igual que tú, pero lo que tú necesitas es una mujer. Cuando tengas 30 años, ella será una vieja bruja”.

Mileva Maric y Alberto Einstein a finales del siglo XIX

Como sea, la pareja estaba flechada porque ambos hablaban el mismo lenguaje: ella le dio clases de matemáticas (que nunca fueron el fuerte de Einstein), preparaban juntos sus exámenes y compartían el mismo interés por la ciencia y por la música. Einstein le escribió en 1900: “Estoy solo con todo el mundo, salvo contigo. Qué feliz soy por haberte encontrado a ti, alguien igual a mí en todos los aspectos, tan fuerte y autónoma como yo”.

En 1902, Einstein se trasladó a la ciudad de Berna, Suiza, donde consiguió empleo en una oficina de patentes. Tras cinco años de convivencia Albert y Mileva terminaron casándose a comienzos de 1903 y tuvieron su primer hijo al año siguiente. En sus ratos libres, Einstein desarrolló, entre otras cosas, la Teoría de la relatividad especial que habría de revolucionar la física moderna. Los frutos de su trabajo fueron publicados en 1905, en la -en aquel entonces- prestigiosa revista Annalen der Physik.

Un ejemplar de "Anales de la Física"

Cuando se le preguntaba a Mileva por qué no firmaba los artículos que elaboraba junto a su esposo, su respuesta era: "Wir sind ein Stein!" (Somos Einstein), que en alemán significa “somos una piedra”.

Esta es más o menos la historia oficial, la que todos sabemos; pero se puede ahondar un poco más en la vida privada del genio, en sus inicios y sobre todo, en la relación con su primera esposa.

Aunque Mileva fue una sobresaliente matemática, nunca terminó formalmente sus estudios, en cambio Albert pudo defender su tesis doctoral en 1905. Para 1908, Einstein consiguió finalmente un puesto de profesor en la Universidad de Berna. En cuanto a Mileva, el matrimonio la obligó a abandonar definitivamente la universidad y la física.

Existen varias cartas del noviazgo en las que Einstein debate con ella sus ideas de la relatividad e inclusive se refiere a “nuestra teoría” y le da un trato de colega. A partir de estas evidencias hay estudiosos que concluyen que las ideas fundamentales de la teoría de la relatividad fueron de Mileva Maric, quien no pudo continuar con su carrera puesto que se hizo cargo del cuidado de los hijos, uno con retraso mental, lo que desde luego le exigió más cuidados maternales. Incluso ahora se sabe que engendraron una niña en 1902, antes de casarse, de la cual se sabe muy poco, sólo que la entregaron en adopción.

Mientras ella cuidaba de sus hijos y renunciaba a la ciencia, Einstein desde su puesto académico tuvo el tiempo suficiente para concluir sus estudios y desde luego para desarrollar la teoría, de la que se sabe ahora, no todo el crédito era suyo. En esa pareja de físicos alguien tenía que cuidar a los niños, alguien tenía que lavar y preparar la comida; y ése fue el papel que Einstein y la sociedad patriarcal asignaron a Mileva, quien subordinó todas sus aspiraciones a los objetivos de su esposo y puso todos sus conocimientos a su servicio.

Mileva Maric y sus hijos, Albert y Eduardo

"Mi gran Albert ha llegado a ser célebre, físico respetado por los expertos que se entusiasman por él. Trabaja incansablemente en sus problemas. Puedo decir que sólo para eso vive. Tengo que admitir, no sin vergüenza, que para él somos secundarios y poco importantes", escribía Mileva a unos amigos. Einstein a su vez admitía: "Nuestra vida en común se ha vuelto imposible, hasta deprimente, aunque no sé decir por qué".

Con el paso del tiempo la relación se tornó disfuncional. Ella ya no le resultaba divertida y tampoco le aportaba nuevas ideas ni conocimientos. Las “Reglas de conducta” que Albert Einstein le impuso por escrito en 1914 son una cruda muestra de su autoritarismo y, a su vez, del machismo y violencia sicológica que ejerció en contra de Mileva:

“A. Te encargarás de que:
  1. mi ropa esté en orden,
  2. que se me sirvan tres comidas regulares al día en mi habitación,
  3. que mi dormitorio y mi estudio estén siempre en orden y que mi escritorio no sea tocado por nadie, excepto yo.
B. Renunciarás a tus relaciones personales conmigo, excepto cuando éstas se requieran por apariencias sociales. En especial no solicitarás que:
  1. me siente junto a ti en casa,
  2. que salga o viaje contigo.
C. Prometerás explícitamente observar los siguientes puntos cuanto estés en contacto conmigo:
  1. no deberás esperar ninguna muestra de afecto mía ni me reprocharás por ello,
  2. deberás responder de inmediato cuando te hable,
  3. deberás abandonar de inmediato el dormitorio o el estudio y sin protestar cuanto te lo diga.
D. Prometerás no denigrarme a los ojos de los niños, ya sea de palabra o de hecho.”

Con este tipo de imposiciones obviamente que las cosas no funcionarían nunca, por lo que los Einstein terminaron separándose en 1914. Einstein volvió a casarse en 1915 con una de sus primas, Elsa Einstein, quien también era divorciada y tenía dos hijas. Esta nueva relación marital fue como un necesario soplo de vida para el aún desconocido físico, ya que apenas un año después y con una inusual lucidez y energía dio a conocer su famosa Teoría General de la Relatividad.

Elsa Einstein, prima y segunda esposa del genio

Elsa fue la mujer sumisa que Einstein buscaba. En silencio y total sumisión supo mantenerse a prudente distancia, dedicada al hogar y facilitándole el trabajo de investigación. Su doméstica obediencia dio un paso más cuando aceptó organizarle la agenda y restringirle el número de visitantes que aspiraban hablar con él, a medida que crecía su fama.

De los hechos se desprende que Einstein nunca necesitó una esposa sino una secretaria, y que no quiso formar una pareja científica ni conceder crédito alguno en su teoría a su ex esposa Mileva. Quizá por eso, de alguna manera le pagó por su aporte, al otorgarle el dinero que ganó por el Premio Nobel de Física.

Un detalle bastante revelador aportado por la feminista alemana Senta Trömel-Plözt es que, cuando Albert y Mileva se separaron oficialmente en 1919, el documento del divorcio incluyó una cláusula de que, en caso de recibir Einstein algún premio por los artículos publicados en 1905 en los Annalen der Physik, debía entregárselo íntegramente a Mileva. ¿Tenía la esperanza Mileva que ese trabajo revolucionaría al mundo? ¿Cómo pudo saberlo si no fue parte del mismo? Fue en los años de su vida conjunta, hasta 1914, cuando nacieron las obras más importantes de Einstein, por lo que algunos creen que el papel de su mujer era significativo, sobre todo en matemáticas, materia en la que alguna vez brilló en su Facultad.

Mileva Maric

Y fue así que en 1921 Albert Einstein ganó el Nobel de Física por sus publicaciones de 1905, y un año después le entregó la totalidad del dinero del premio a su ex-esposa. Y también hay que decirlo: Einstein era un misógino empedernido. Estaba convencido de que “muy pocas mujeres son creativas. No enviaría a mi hija a estudiar física. Estoy contento de que mi segunda mujer no sepa nada de ciencia”. Decía también que “la ciencia agría a las mujeres”, de ahí la opinión que tenía de Marie Curie: “nunca ha escuchado cantar a los pájaros”. Aun así, dentro de ese machismo recalcitrante, fue quien acuñó la célebre frase: “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.

Mileva vivió hasta el último de sus días en Zúrich, en un apartamento con vista a la facultad en la que estudiaron juntos. El piso fue comprado justamente con el dinero del Premio Nobel.

Sirva este pequeño retrato de Mileva Maric como homenaje a esas miles, millones de abnegadas esposas y madres, que han sacrificado sus sueños, carreras e ideales, porque el instinto maternal y el amor han sido más fuertes que el estatus. Feliz Día de la Mujer.

Fuentes y referencias:
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7, 8, 9, 10

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martes, enero 03, 2012

El día que Nikita Kruschev se quedó con las ganas de conocer Disneylandia

En uno de los momentos más surrealistas de la Guerra Fría, el líder soviético Nikita Kruschev estalló de rabia cuando se enteró que no podía visitar Disneylandia. El incidente sacó a relucir una actitud poco diplomática (infantil) del líder soviético, durante su visita a los Estados Unidos.

Kruschev llegó a los Estados Unidos el 15 de septiembre de 1959, aceptando la invitación y devolviendo la visita que le hizo Richard Nixon a Moscú, donde protagonizaron aquel famoso "Debate de la cocina". Era una visita de buena voluntad cuyo principal objetivo era sostener una cumbre con el presidente Eisenhower.

Dentro de los círculos diplomáticos Kruschev tenía la fama de terco y malcriado. Era conocido por sus 'escasas habilidades sociales y por incomodar a sus anfitriones', y eso fue exactamente lo que hizo en los Estados Unidos. Para colmo, unos días antes de su llegada, los rusos lanzaron un misil que logró aterrizar en la luna. Era el más exitoso paso soviético en la carrera espacial, por lo que se esperaba a un Kruschev petulante y jactancioso, agrandado como se dice por acá.

Kruschev visitando una Granja de Alto Rendimiento en Maryland

Al día siguiente de su llegada visitó una granja de Maryland, donde acarició un cerdo frente a las cámaras y se quejó de que estaba demasiado gordo. Luego cogió un pavo y se quejó de que era demasiado pequeño en comparación a los pavos soviéticos. También fue llevado a visitar al Senado donde aconsejó a sus miembros que vayan acostumbrándose al comunismo. Todo esto, claro, lo hacía en son de broma, tratando de parecer simpático, pero lo cierto es que a la opinión pública le cayó como un pelmazo, sumamente arrogante y antipático.

Kruschev con un "demasiado pequeño" pavo americano

Otro día lo llevaron a Nueva York, donde después de visitar el Empire State dijo: “Si ya conoces un rascacielos, el resto no es novedad”.

Un pequeño dato: A su llegada a los Estados Unidos, el líder soviético había manifestado a quienes manejaban su agenda, que le gustaría conocer Hollywood. Los encargados de su seguridad enseguida le organizaron una visita a Los Ángeles.

Así recibieron los ciudadanos de Los Ángeles a la caravana de Kruschev

El 19 de septiembre, Kruschev y su esposa llegaron a Los Ángeles. Frank Sinatra fue contratado por el Departamento de Estado para servirles como acompañante durante la visita.
El día empezó con un sol espléndido y un recorrido por los estudios de la Twenty Century Fox en Hollywood. El Primer Ministro Soviético llegó justamente cuando se filmaba una escena de la película "Can-Can", y de inmediato estuvo rodeado por todo el elenco, entre ellos Shirley MacLaine y Juliet Prowse.


Con Frank Sinatra y Shirley MacLaine

Shirley MacLaine le dio la bienvenida a Kruschev con un pésimo ruso y luego intentó hacerlo bailar improvisadamente involucrándolo en la coreografía. Kruschev se excusó jovialmente y se hizo a un lado, mientras los actores seguían trabajando en la escena.


Salieron de los estudios de la Twenty Century Fox y se trasladaron hacia el centro de Los Ángeles, donde estaba previsto ofrecer un gran banquete en su honor.

Parece que el tráfico de Los Ángeles en su hora pico lo empezó a irritar, porque durante el trayecto hacia el Paris Café (donde sería el banquete), el líder soviético no dejó de quejarse de la cantidad de autos ocupados "por una sola persona" y del despilfarro que esto suponía. En contraste, no tuvo reparos ante la exquisita y abundante comida del derrochador banquete al que asistió. Está por demás señalar que al buffet asistieron las más rutilantes estrellas del Hollywood de la época. Y es que toda la vida han existido esos famosos actores progres, combativos e hipócritas, a los que les parece simpático y justo el comunismo, pero desde afuera, desde sus mansiones y con sus millones a salvo de cualquier revolución.

Sólo 400 famosos e invitados especiales tuvieron el privilegio de compartir la mesa con el dictador soviético, pero el deseo y la novelería -entre los actores- de ser invitados fue tal, que poco les importó declararse fans de Kruschev y su gobierno, aún con el riesgo de pasar a formar parte de la famosa lista negra, en la que estaban todos a quienes se consideraba antiestadounidenses, y como consecuencia, se les cerraba las puertas en Hollywood. Ese en cambio era el extremo anti comunista, la cacería de brujas, triste legado del Macarthismo.

Marylin Monroe en el banquete en honor a Kruschev

De todas formas estuvieron presente personajes como Marylin Monroe, Dean Martin, Elizabeth Taylor, Arthur Miller, Tony Curtis y Janet Leigh; es decir asistió la "crème de la crème" de Hollywood. Y también hay que decirlo, los actores Bing Crosby y Ronald Reagan estuvieron en la selecta lista, pero rechazaron la invitación debido a sus tendencias políticas.

Bueno, volviendo al banquete, poco después de los postres, Kruschev conversaba con el actor David Niven. Le contaba de sus andanzas durante la Guerra Civil Rusa y la Segunda Guerra Mundial. También se dio tiempo para bromear con Gary Cooper y Charlton Heston. Poco después, de forma intempestiva, Khrushchev se dirigió a los atónitos artistas:

"¿Qué país tiene el mejor ballet? ¿El vuestro? No tenéis ni un teatro de ópera y ballet permanente. Vuestros teatros prosperan gracias a lo que reciben de la gente rica. En nuestro país es el Estado el que da el dinero, y el mejor ballet es el de la Unión Soviética. Es nuestro orgullo".

Pero el momento cumbre y cuando terminó robándose el show de forma lamentable, fue cuando le comunicaron en privado que su visita a Disneylandia no podría llevarse a cabo, ya que sin tiempo de anticipación, la policía no podía garantizar su seguridad en el inmenso complejo.

El plan de conocer Disney había sido un capricho de última hora, y parece que en verdad era imposible organizar ese momento el perímetro de seguridad que su importancia ameritaba. Kruschev explotó y su iracundo discurso fue conmovedor:

«Hemos llegado a esta ciudad donde vive la flor y nata del arte americano…Y yo digo, me gustaría mucho ir a conocer Disneylandia, pero me dicen que no pueden garantizar mi seguridad. Les pregunté "¿Por qué no? ¿Es que tienen plataformas de lanzamiento de cohetes ahí?" No sé. Basta con escuchar la razón que me dieron: "Nosotros", o sea las autoridades estadounidenses, "no le podemos garantizar su seguridad si va para allá".»

«¿Qué sucede? ¿Hay alguna epidemia de cólera allí o algo parecido? ¿O es que el lugar está tomado por delincuentes que pueden atacarme? Entonces, ¿qué debo hacer? ¿suicidarme? Soy su huésped, ¡esto es inconcebible!. ¿Cómo le explico esto a mi pueblo?»


Todos los presentes se quedaron mudos y desconcertados. Estaban frente al líder del país más grande del mundo, un hombre de 65 años de edad, que exteriorizaba una rabieta porque no podía ir a Disneylandia.

Esa reacción, como es normal, creó muchas especulaciones y rumores que -cuando no- fueron alimentados por la misma prensa de chimentos. Se decía que después de la infantil rabieta fue llevado a sobrevolar Disneylandia en un helicóptero militar, lo cual era falso. También corrió el rumor de que el mismo Walt Disney, acérrimo anticomunista, le había prohibido la entrada, pero esa teoría era más improbable. Es más, el egocéntrico Walt Disney no hubiese desperdiciado la oportunidad de mostrar su paraíso privado a los rusos.

Kruschev dejó Los Ángeles la mañana siguiente y regresó a Washington para su encuentro con Eisenhower.

Finalmente Kruschev se reunió con el presidente Eisenhower

PD: También le organizaron una visita a la sede de IBM. Kruschev expresó poco interés y les restó importancia a las computadoras personales, "no les veía futuro"; pero en cambio le fascinó el concepto de self-service en las cafeterías y restaurantes americanos y, a su regreso, introdujo ese sistema en la Unión Soviética.

Fuentes y referencias:
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viernes, noviembre 18, 2011

El beso comunista

Estoy seguro que no solamente a mí, sino que a muchos de ustedes la última campaña publicitaria de Benetton también les trajo a la memoria una de las imágenes más conocidas y escandalosas de la Guerra Fría: el beso entre Erick Honecker y Leonid Brezhnev, jefes de estado de Alemania del Este y de la URSS respectivamente.

La fotografía fue captada por Règis Bossu el 7 de octubre de 1979 en la celebración el 30 aniversario de Alemania Oriental como nación comunista.

A diferencia de los cowboys del otro lado del mundo, parece ser que durante la Guerra Fría los ironman de la Cortina de Hierro eran propensos a estas muestras de afecto. Y bueno, aunque fue un beso de hermandad, confraternidad, complicidad hegemónica o -como he leído- costumbre extendida en Rusia; la verdad es que hace más de tres décadas llamó mucho la atención, y a partir de esa imagen en 1990 se pintó uno de los murales más famosos del mundo.


Su autor fue Dimitri Vrubel y lo llamó: Mein Gott hilf mir, diese tödliche Liebe zu überleben Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal»). Este y otros artistas pintaron sus obras sobre los restos del recién derrocado Muro de Berlin, en la llamada East Side Gallery, casi un kilómetro y medio de muro que fue conservado cerca del centro de la ciudad justamente para el uso de grafiteros y muralistas, donde sea dicho de paso, hay verdaderas obras de arte.


Se considera que es la galería de arte al aire libre de mayor longitud y duración en el mundo con sus 103 murales desde 1989. Para el 2009, tras casi 20 años de vandalismo y a la intemperie, la mayor parte del muro fue sometida a un proceso de renovación por parte del ayuntamiento, que pagó a sus artistas originales para que las restauren.

Volviendo al tema de la foto, diez años después, el gobierno de Alemania Oriental había preparado grandes celebraciones para conmemorar el 40 aniversario del régimen comunista.


Erich Honecker y Mijail Gorbachov

El mismo Erich Honecker, más viejo, más entusiasta y más radical, también le demostró su afecto a Mijail Gorbachov el 7 de octubre de 1989, aunque políticamente no estaba de acuerdo con su doctrina. El alemán se había negado a poner en práctica políticas como la glásnot o la perestroika. Su visión del comunismo era tan cerrada que el mismo Gorbachov tomó distancia de él y del rumano Ceausescu a quienes -junto a los dictadores de Bulgaria y Checoslovaquia- había denominado "La banda de los cuatro" un año antes.


El idilio comunista no duró. Esta vez Gorbachov no le correspondía. De hecho, en las revueltas alemanas de octubre, previas a la caída del muro, Honecker no contó con la ayuda del casi medio millón de tropas soviéticas estacionadas en su país para hacer frente a los disturbios y sofocarlo al estilo chino. Gorbachov había dado expresamente las órdenes a sus soldados de permanecer en los cuarteles.

El resto ya es historia conocida: cayó el muro, Alemania se reunificó en 1990 y el comunismo fracasó en Europa, pero ¿qué pasó con el besucón de Honecker?
Pues tuvo que enfrentar el destino que la vida siempre les depara a este tipo de personajes. Primero huyó de Alemania hacia Moscú para evitar un juicio por cargos criminales durante la Guerra Fría. Fue acusado por el gobierno alemán de la participación en la muerte de 192 alemanes orientales que trataron de salir de la RDA. Fue acusado de ordenar a los soldados que disparasen a quien tratara de escapar.
Tras cuernos, palos. Se desintegra la Unión Soviética en diciembre de 1991 y Honecker tuvo que refugiarse en la embajada chilena en Moscú, pero igual, Alemania logró extraditarlo en 1992. Fue expulsado oficialmente de su partido político antes de rendir cuentas a la justicia. El juicio se abrió formalmente a inicios de 1993, pero debido a su precario estado de salud y avanzada edad, Honecker fue liberado e indultado, pero recibió el peor castigo que puede recibir uno de estos tiranuelos; ser repudiado y olvidado por sus mismos compatriotas.

El 13 de enero de ese mismo año se trasladó a Chile a vivir con su hija y yerno chileno. Ya despojado de ese sentimiento de grandeza que les da el poder, que los hace creer que vivirán mil años y que entrarán a la bravuconada en los libros de historia de su país, murió de un cancer al hígado, anónima e intrascendentemente en un país ajeno, donde nadie sabía quien era ni cómo se escribía su nombre. Triste final.

OFF TOPIC:

Fuente: EnglishRusia

Buscando alguna referencia sobre si es cierto aquello que dice Wikipedia en español, acerca de que es una costumbre muy extendida en Rusia eso de besarse en la boca entre hombres -que no me lo creo-, encontré esta muy antigua estampilla postal en el portal EnglishRusia, pero igual, ellos también se encuentran un poco confundidos y ponen: "This is a postal stamp from a private collection issued for the 50th anniversary of the Soviet Army at 1968. It's hard to say what the authors of this stamp, which was widely used all across Russia tried to tell common people about the Soviet Army."
(Es un sello postal de una colección privada emitida por el 50 aniversario del Ejército Soviético en 1968. Es difícil interpretar lo que los autores del sello, que fue ampliamente utilizado, trataron de decirle al pueblo sobre el Ejército Soviético.)

Pero vamos, tampoco es que sea algo malo ni nada del otro mundo. De hecho es muy normal que durante una buena fiesta se pierdan los estribos, no importa lo larga que esta sea. Luego siempre vendrá el chuchaqui y la resaca moral.



Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6

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miércoles, noviembre 09, 2011

El Presidente que se cayó del tren

"Soy el Presidente de la República y creo que me caí del tren".
Esta fue la frase que escuchó André Rabeau esa calurosa noche del 23 de mayo de 1920, de quien pensó era otro de los habituales borrachines que solía ver de madrugada en su turno de guardia ferroviario en el poblado de Mignerette, en Loiret. Lo que le llamó la atención de este hombre, fue que estaba en pijama y que tenía algunas magulladuras en la cara. Cumpliendo con su labor y en un acto de solidaridad, llevó al pobre vagabundo a la casa más cercana de la estación para que le limpiaran las heridas y preguntar si era algún conocido de la zona.

Paul Deschanel, Presidente de Frania en 1920

Paul Deschanel fue elegido Presidente de la República Francesa el 18 de febrero de 1920, a la edad de 65 años. Era reconocido como un hombre de letras inteligente y culto, un destacado miembro de la Academia Francesa desde 1899. Sus discursos eran siempre memorables y su gran elocuencia era comentada por la prensa de la época, sin embargo parece que su carácter no fue capaz de soportar la carga y responsabilidad que pesaba sobre sus hombros, porque muy pronto aparecieron síntomas de fatiga mental y comportamiento irregular. El presidente francés empezó a ser víctima de continuos ataques de ansiedad e insomnio, lo que lo llevó a consumir una gran cantidad de medicamentos.

Paul Deschanel y su comitiva

El 23 de mayo de 1920, Paul Deschanel y su comitiva tomaron un tren -a eso de las 23:00 horas- en la localidad de Montbrison (ciudad en la que acababa de develar un busto). Aquella noche de verano el calor era sofocante y el presidente Deschanel empezó a sentirse mal, por lo que se dice abrió la ventana de su compartimento para recibir aire fresco, y así sin más, cayó del tren en pijama.
Afortunadamente el tren no iba a gran velocidad –se deduce que a no más de 50 Km/h- por lo que su cuerpo no fue víctima de lesiones, salvo algunos raspones y moretones. Otra de las cosas increíbles del suceso es que nadie de su comitiva se había dado cuenta que ya no iba en el tren tan ilustre pasajero. No fue sino hasta la mañana siguiente del 24 de mayo, en la parada oficial en Montargis, donde la comitiva y la gente que se agolpaba para darle la bienvenida, esperaba en vano que el presidente saliera de su camarote.

Vagón o compartimento desde el que cayó Paul Deschanel

Pero volvamos a aquella noche a la estación ferroviaria de Mignerette. El guardia nocturno André Rabeau ayudaba a un vagabundo que hablaba incoherencias y decía ser "le président de La France". Lo llevó hasta la casa más cercana, a la de la familia Dariot, donde se ofrecieron a prestarle ayuda. Mientras la señora le limpiaba las heridas, pudo fijarse en sus pies descalzos e hizo la siguiente observación: "Esos pies bien cuidados no son los de un vagabundo, este hombre es alguien importante". Fue en ese momento que el marido dejó de leer su peródico y reconoció en el rostro de aquel hombre al presidente de la república. Está por demás decir que salió despavorido a buscar ayuda en el puesto policial más cercano.

Al enterarse los periódicos del tragicómico suceso, obviamente hicieron su agosto. Se publicaron decenas de caricaturas poniendo al Presidente en ridículo, y hasta era común escuchar en la radio y en los pequeños cafetines (en los que ya vagaba Hemingway) a músicos y poetas mofándose de la anécdota.

Cruce 79, Mignerette. Lugar donde el Presidente Deschanel cayó del tren

Finalmente y después de algunos embarazosos contratiempos (sonambulismo y fatiga extrema entre otros), Paul Deschanel demostró que aún le sobraba un poco de lucidez y dimitió como Presidente de la República el 21 de septiembre del mismo año, a los siete meses de haber asumido el cargo.

Se le atribuyeron también otros incidentes bochornosos como el de nadar con los patos en los estanques de los Parques Elíseos, o de firmar ciertos documentos con la rúbrica de Napoleón, pero al parecer estos últimos fueron resultado de una campaña de desprestigio orquestada por sus adversarios políticos, ya que no existen suficientes pruebas al respecto.

El Presidente Deschanel, llegando al día siguiente a Montargis en coche

Al día siguiente de presentar su renuncia, Paul Deschanel se retiró a un hogar de reposo, y una vez "liberado" de la Presidencia de la República, su condición empezó a mejorar rápidamente, tanto así que se presentó a las siguientes comicios y fue elegido nuevamente como Senador de Eure-et-Loir el 9 enero 1921. También presidió la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado. Lastimosamente esta segunda etapa política tampoco la pudo culminar porque murió víctima de una pleuritis el 28 abril 1922. De todas formas esta nueva incursión le sirvió para limpiar su imagen porque la llevó de una forma mucho más consistente, decorosa que la primera.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5

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jueves, octubre 27, 2011

Los Caníbales franceses

Esta historia comienza en París en 1816. La monarquía francesa había sido restaurada en el trono gracias a que los ingleses un año antes habían derrotado y exiliado a Napoleón. La monarquía ya no era un poder absoluto y debía ceñirse a varios cambios que se habían producido años antes en la famosa Revolución. En este contexto, y como muestra de buena voluntad y apoyo al recién instalado Luis XVIII, los británicos ofrecieron a los franceses el Puerto de St. Louis, en Senegal, en la costa occidental de África.

El Puerto de St. Louis era un fondeadero comercial importante y centro de abastecimiento casi obligatorio para quienes navegaban hacia el Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica. Para tomar posesión del puerto, el nuevo rey francés preparó una flota de barcos que llevaría a quien sería el nuevo Gobernador de St. Louis, su respectivo regimiento de soldados y a las primeras familias que colonizarían el pueblo costero.

Puerto de St. Louis en Nueva Senegal

El primer gran error que se cometió, fue nombrar como capitán de la flota a Hugues Duroy de Chaumereys y ponerlo a cargo de llevar toda esa gente a su destino. Fue una elección política e inadecuada ya que De Chaumereys era un aristócrata pro monárquico de 53 años, que hacía 25 que no había tripulado un barco. Ni en su mejor época de oficial había capitaneado una nave, sin embargo ahora le encargaban una flota.

Las embarcaciones partieron el 17 de junio de 1816. La flota estaba compuesta por cuatro barcos: el Loira, el Argus, el Eco y la fragata Medusa. Esta última era la que llevaba al capitán, a los pasajeros civiles, a los más altos oficiales y a la mayor parte de la tropa. Iban aproximadamente unos 400 hombres, fuera de mujeres y niños. El pasajero más importante era el coronel Julián Désiré Schmaltz, Gobernador de Nueva Senegal, un hombre arrogante y engreído que no tardó en impresionar al inexperto capitán De Chaumereys.

El Gobernador Schmaltz quería llegar a St. Louis lo más rápido posible tomando una ruta más directa. El plan que sugirió –ordenó- el Gobernador, implicaba acercar a la flota peligrosamente a la costa para navegar siguiendo su perfil. Esa zona de la costa africana era (y es) bastante conocida por sus bancos de arena, arrecifes y por los complicados problemas de navegación que implicaba, incluyendo el famoso banco de Arguin, que cuando baja la marea prácticamente se convierte en islote. Era una ruta que hasta los piratas más experimentados la evitaban. Lo habitual era navegar mar adentro en el Atlántico y dejar que los vientos predominantes del oeste acerquen las naves a la orilla aprovechando las marea altas, cosa que según Schmaltz era perder el tiempo.

Fragata La Medusa

El pelele del capitán se dejó influenciar por el gobernador y ordenó cambiar el rumbo para seguir su plan. Los marinos y la tripulación estaban indignados, primero porque estaban obligados a obedecer las órdenes de dos aristócratas monárquicos que no sabían nada de navegación, y segundo, porque conocían el riesgo que esto conllevaba.

La Medusa, al ser la embarcación más rápida del convoy, pronto dejó atrás al Loira y al Argus. El Echo iba segundo y le siguió el ritmo durante varios kilómetros pero luego decidió ir más despacio por precaución, mientras tanto la Medusa siguió por su cuenta y abandonó el grupo.


Para el 28 de junio (tras 11 días de navegación), el capitán De Chaumereys ya había hecho un nuevo amigo, un tal M. Richefort que se le presentó como un experto explorador de África. Este señor iba a ser el nuevo capitán del Puerto de St. Louis y tenía aún menos experiencia naval que De Chaumereys. Pronto el capitán se dejó manipular por este charlatán y prácticamente empezó a tomar las decisiones que Richefort le aconsejaba.

Eran tan obvias las falencias del capitán en materia de navegación, que no sólo la tripulación se daba cuenta del títere que tenían al mando, sino que incluso ya lo comentaban los oficiales, las tropas y los civiles que iban hacia St. Louis. El Capitán y su nuevo amigo parecían gemelos, se paseaban por toda la fragata caminando elegantemente, ambos con aire de suficiencia y dando órdenes de navegación. Muy pronto esto sería lo que los llevó al desastre.

El amanecer del 2 de julio sorprendió a los pasajeros con un entorno de miedo. De repente vieron como el agua del mar se había oscurecido, y quienes se asomaron a la proa del barco pudieron constatar que ésta estaba llena de barro. Frente a la obvia preocupación y preguntas de los pasajeros, Richefort sonreía con serenidad y amablemente les respondía:

"Mi querido señor, sabemos lo que hacemos. Siga usted en sus asuntos que puede estar tranquilo. He pasado dos veces por el Banco de Arguin, he navegado en el Mar Rojo, y como podrá ver, aún sigo vivo”.

El Gobernador Schmaltz, que no tenía idea de lo que estaba pasando, seguía dictando el rumbo y dando órdenes a todos a los que se le acercaban. Richefort se instaló junto al Gobernador como su asistente de navegación, mientras el capitán De Chaumereys trataba de tranquilizar a la gente que empezaba a reclamar. Al final no pudo soportar la presión y por último terminó pidiendo a la tripulación que "hicieran lo que creyeran más conveniente". El puesto de Capitán le había quedado demasiado grande.

Esa misma mañana antes del mediodía, llegó a su fin el viaje de la Medusa. Las crónicas relatan que el barco navegaba en aguas de 80 brazas de profundidad. La braza es una antigua medida de longitud náutica para calcular la profundidad del agua. Equivale a un par de brazos extendidos, 1,7 m aproximadamente.

Banco de Arguin visto desde la costa

"No hay motivo de alarma" repetía a cada momento De Chaumereys a los pasajeros, y en cierto momento hasta tuvo que gritarlo porque el pánico ya empezaba a cundir. Para eso de las 15:00 la Medusa navegaba apenas sobre seis brazas de agua (10 metros), la que cada vez se iba haciendo menos profunda. Casi toda la tripulación había abandonado al capitán, mientras él y su amigo navegante se mostraban alegres y sonreían.
Cinco minutos más tarde el barco se detuvo en seco y empezó lentamente a voltearse de lado provocando un gran sacudón, hasta que –por suerte- la inclinación se detuvo de pronto. Era el Banco de Arguin. Según los testigos que luego relatarían los hechos, los rostros del capitán De Chaumereys y Richefort sufrieron una rara transformación, "tenían los ojos desorbitados, sudaban profusamente, se notaba habían entrado en pánico pero sólo guardaban silencio... poco después, los airados reclamos de la tripulación los trajeron de vuelta a la realidad".

Casi inmediatamente, Richefort fue objeto de una las más grandes puteadas que debe haber recibido un hombre en su vida (de los marinos, soldados y pasajeros), pero los oficiales no dejaron que lo agredan. El capitán se había quedado mudo mientras el Gobernador Schmaltz y su familia contemplaban indiferentes el espectáculo, suponiendo tal vez, que como eran gente importante (rica), alguien vendría en su ayuda.

El banco de Arguin visto desde el aire

Tal como se encontraba en ese momento, el barco no había sufrido ningún daño, apenas estaba atrapado en el fango. En un esfuerzo por aumentar la flotabilidad sobre el lodo, la tripulación empezó a lanzar los objetos más pesados por la borda, porque según ellos, tenían un pequeño lapso de tiempo para tratar de sacar al barco del banco de arena: con la primera marea alta, ya que cada una de las siguientes (mareas) iba a ser menor que la anterior así que debían apurarse botando toda la carga pesada como armas, cañones, barriles de pólvora, munición. De Chaumereys ordenó parar ese plan por temor a que el rey se moleste al saber que sus cañones habían sido tirados por la borda. El barco por supuesto, seguía hundiéndose cada vez más en el espeso lodo.

Después de su crisis nerviosa y rascándose la cabeza, el Capitán llamó a algunos de sus marinos de confianza y a los oficiales de mayor rango para ver qué se podía hacer, porque para variar, sólo había seis botes salvavidas.

Nuevamente el Gobernador salió con otra de sus “geniales” ideas. Schmaltz sugirió cargar “las pertenencias más importantes” junto a los pasajeros importantes en los pocos botes salvavidas, y construir una balsa para los soldados y tripulación, que sería remolcada por los seis pequeños botes hacia la costa.

Así como en la actualidad van mecánicos e ingenieros especializados en todos los buques modernos, antes iban carpinteros, cerrajeros y mucha gente hábil. La balsa fue construida en tiempo record utilizando los mástiles y las vigas transversales de la embarcación. Fue hecha rudimentariamente y al apuro, no tenía ningún sistema mecánico de navegación y como iban a ser remolcados, nadie se preocupó por hacer unos remos. Medía aproximadamente unos 65 por 23 pies (20 x 7 metros).

La rudimentaria balsa de 20 x 7 metros

Cuando la tropa y los marinos de bajo rango empezaron a subir a la balsa –unas crónicas dicen 147 otras 150- , esta se hundió y el agua les llegaba a las rodillas. Estaba tan cargada que ni siquiera tenían un metro de espacio por persona, era imposible acomodarse.

También hay que señalar que hubo ocho altos oficiales que -con mucha dignidad- prefirieron ir en la balsa acompañando a sus soldados, pero por lo enrarecido que estaba el ambiente, les requisaron las armas a la tropa y sólo a unos pocos se les permitió que llevaran su sable. Era tal el hacinamiento y el desorden, que 17 hombres decidieron no arriesgarse, prefirieron quedarse en la Medusa que lentamente era tragada por el lodo. Tuvieron que esconderse para que no los obligaran a subir porque prácticamente era un suicidio.

Aunque el detalle de los suministros nunca se sabrá con exactitud, se calcula que llevaban unos cuantos barriles de vino y de agua dulce, un par de barriles de ron, algo de harina (que de nada servía), y a última hora desde los botes les convidaron unas 20 libras de galletas.

Botes salvavidas de la Medusa

Gracias a la genial sugerencia del Gobernador Schmaltz, cinco de los seis botes salvavidas fueron cargados con cosas ridículas. En el sexto iría la “gente importante” como por ejemplo el Capitán De Chaumereys (que fue uno de los primeros en subirse al sexto bote), el Gobernador con su familia, los pasajeros notables –políticos y adinerados-, y otros marinos y altos oficiales que prefirieron ir en los botes que junto a sus tropas. Obviamente este grupo tenía más posibilidades de sobrevivir que aquellos pobres diablos de la balsa, que aún antes de partir ya estaban temblando empapados, muertos de hambre y hacinados.

En la balsa la gente pronto se dio cuenta que apoyar esta idea había sido una tontería, sobre todo porque ningún plan podía funcionar si de por medio había discriminación social. Muchos marineros estaban tan resentidos, tan dolidos, que maldecían a gritos a la gente que ya se había acomodado en el bote VIP. Cuando empezaron a remolcarlos muchos cayeron al mar, otros lloraban de miedo y desesperación, otros prefirieron seguir en la balsa pero colgados de ella, dentro del agua; en lo único que pensaban es en salvar sus propias vidas. En cierto momento se percataron de que uno de los botes salvavidas cargados navegaba sin rumbo cerca de ellos. Así que cuando la balsa pasó demasiado cerca, estuvo a muy poca distancia de sus brazos estirados, lo cual hizo que el Capitán De Chaumereys entrara en pánico y desesperación, a tal punto que dio la orden de desatar la balsa, cortar las amarras y dejar a sus ocupantes a merced de los mares.

“En aquel momento no creímos que habíamos sido tan cruelmente abandonados. Nos imaginamos que los barcos nos habían soltado talvez porque habían visto un buque cercano, y se apresuraban hacia él a pedir ayuda. Algunos oficiales que iban con nosotros en la balsa, al ver que los botes nos abandonaban, sacaron sus armas pero no se si era para dispararles o suicidarse, pero enseguida fueron detenidos por el teniente Espiau”.

Ahora había más de un centenar de hombres que se encontraban abandonados en el océano, a la deriva, que sólo podían esperar un milagro o la muerte.
Mientras tanto y debido a la desesperación, algunos de los barriles de provisiones fueron lanzados al mar para hacer espacio, para poder sentarse al menos. Daba igual, el verdadero peligro no serían ni el hambre ni la sed, el verdadero peligro sería el instinto de supervivencia humano en tan poco espacio. Al caer la noche, comenzaron a darse cuenta de cuan perverso y cruel que puede llegar a ser el hombre en condiciones extremas.

Los primeros reclamos llegaron. Se preguntaban airados quiénes fueron los estúpidos que lanzaron los barriles de vino y harina por la borda. Las primeras riñas e insultos terminaron en un tumulto de cuchillos, machetes y sangre. Fueron las primeras víctimas. En medio de ese infierno de lamentos, maldiciones y una oscuridad sin luna, la balsa amaneció más ligera: 21 hombres murieron la primera noche, 18 fueron asesinados y 3 se suicididaron.

El hambre, la falta de sueño y la desorientación de los marinos sólo consiguieron despertar sus más bajas pasiones. Las riñas eran comunes especialmente al anochecer, la noche los ponía locos como bestias, los tripulantes ebrios se rebelaban contra sus superiores y los asesinaban. Se desató una guerra entre la tropa y oficiales, entre marineros contra soldados, entre africanos y franceses, civiles contra militares. Cada noche era una pesadilla, cada noche enloquecían, la histeria se apoderaba de todos y quien quería amanecer vivo, tenía que luchar. Cada mañana se contaba el número de sobrevivientes y se distribuían las magras raciones de harina y vino entre los que se negaban a morir. Eso sí, botaban al océano a los más débiles y agonizantes para obtener más raciones.


Por último, la sed y el hambre se hicieron insoportables y no tuvieron reparo en cortar la piel y desgarrar la carne de algunos cadáveres que cubrían el bote. Eran cadáveres de compañeros que quedaron con sus extremidades inferiores atrapadas entre los palos de la balsa después de una noche de tormenta, y que no pudieron saltar al mar cuando les revolcaba el océano. Muchos se resistieron a comerla pero pronto se hizo evidente que quienes comían carne humana soportaban con más fuerza el infortunio, así que todos, uno por uno, tropa y oficiales por igual, tuvieron que dejar a un lado sus prejuicios y comerla.

A los trece días de haber sido abandonados a la deriva, la fragata Argus pudo divisarlos. La balsa se encontraba a cuatro millas de la costa y con apenas 15 sobrevivientes. Cabe destacar que esta embarcación no había salido a buscar a los náufragos, los encontraron por pura casualidad. El Argus cumplía órdenes de ir a buscar un cargamento de oro que había quedado en el casco de la Medusa. Cuando la fragata pudo detenerse junto a la balsa, toda la tripulación quedó en shock, los creían muertos. Rescataron a los quince moribundos en un estado lamentable, con la piel reventada por el sol, los rostros demacrados y casi todos vendados en distintas partes del cuerpo por heridas de arma blanca. La balsa estaba cubierta de cadáveres desollados a medio comer, algunos putrefactos y otros con muestras de haber estado a merced de las aves marinas.

Recorrido de la Medusa, de la balsa y de los botes. (Click para ampliar)

Cinco hombres de los quince rescatados murieron al poco tiempo y el resto pasó hospitalizado durante varios meses. Cuando por fin llegaron después de mucho tiempo y muchas búsquedas a la Medusa, sólo tres de las diecisiete personas que se quedaron continuaban vivas, habían soportado 54 días de hambre y cautiverio, pero ya estaban locos, el cautiverio les había hecho perder la razón.

Y si esta historia no logró conmoverlos, pues esperen un poco porque aquí viene lo más insólito.
El médico cirujano Henri Savigny, pasajero de la Medusa y uno de los sobrevivientes de la balsa, fue quien puso la denuncia ante las autoridades, pero la justicia no hizo nada, los funcionarios trataron de encubrir el asunto y lo traspapelaron para que se pierda en el olvido. El trasfondo de esto era que los franceses, quienes se creían los mejores navegantes del mundo, no querían ser ridiculizados por la Marina Británica por esta evidente falta de solidaridad y espíritu de cuerpo, normas primordiales de navegación.
¿Qué podría esperarse de una marina en la que un capitán es el primero en abandonar a su barco y a su gente? Quedaba desnudada la realidad del ejército francés, dividido entre revolucionarios y monárquicos.

El famoso lienzo "Le Radeau de la Méduse" (La balsa de la Medusa) de Théodore Géricault

La prensa escrita de aquel entonces, único medio de comunicación de la época y aliada de la monarquía, ocultó la tragedia, la cual logró filtrarse y difundirse en un periódico antimonárquico. Se armó un escándalo de gran magnitud que remeció nuevamente a la sociedad francesa. El incompetente y cobarde Capitán De Chaumereys fue juzgado en Consejo de Guerra, pero increíblemente, fue declarado "no culpable de deserción" a pesar de los testimonios y evidencia en su contra. Fue sentenciado sólo a 3 años de cárcel por no haber evacuado a toda la tripulación. Un veredicto muy benevolente si tomamos en cuenta que era la Francia en la que se guillotinaba por todo, a diestra y siniestra.

Théodore Géricault

El cuadro en cambio tiene su propia historia, su propio drama. Su autor fue Théodore Géricault, admirador confeso de los grandes pintores italianos a quienes quiso imitar. Decidió pintar acerca del naufragio y el abandono a la tripulación, porque como fue un escándalo de proporciones, sabía que un cuadro memorable de la tragedia inmortalizaría su nombre, o por lo menos se daría a conocer en Europa. Lo que sucede es que, como en aquella época no existía la fotografía, cualquier evento memorable debía ser graficado, pintado, narrado en una imagen, y las mejores obras o las más explicitas recorrían Europa, llegando así sus autores a ser reconocidos y a cotizarse.

El trágico evento cautivó tanto al joven artista que, antes de empezar a trabajar en la pintura final, llevó a cabo una profunda investigación sobre el tema y realizó muchos bocetos preparatorios. Se entrevistó con dos de los sobrevivientes, y con sus testimonios pudo construir un idéntico y detallado modelo a escala de la balsa. Su obsesión por la perfección lo llevó hasta las morgues y hospitales donde podía ver, de primera mano, el color y la textura de la carne de los moribundos y cadáveres. Se sometió a una semana de ayuno voluntario para sentir la ansiedad y de alguna forma graficar la desesperación y el dolor

Boceto de cadáver para la balsa

Tal como el artista había anticipado, la pintura resultó bastante controversial desde su primera aparición en el Salón de París en 1819, más que nada porque las diferencias políticas se acentuaron y su lienzo fue objeto tanto de apasionadas alabanzas, como de despiadadas críticas y condenas. Y si bien es cierto que ganó una merecida reputación internacional, el joven pintor murió dos años después de acabarla, agotado psíquica y mentalmente, ya que nunca se recuperó del monumental esfuerzo.

Tras la muerte de Géricault hubo dos partes muy interesadas en comprar el gigante lienzo (7,16 x 4,91 m). El uno era un aristócrata inglés y el otro un grupo de nobles franceses que querían cortar la tela en trozos pequeños con la finalidad de venderlos en una subasta uno por uno. Lo que sucedía es que la pintura estaba considerada como una obra antimonárquica que representaba claramente el clasismo que se vivía bajo la monarquía francesa, sin embargo, irónicamente, fue el mismo Luis XVIII quien intervino y rescató al lienzo de terminar en algún museo extranjero o de ser cortado en pedazos como se pretendía. Luego él mismo donó el lienzo al Museo de Louvre donde aún permanece.

"La balsa de la Medusa" en el Museo de Louvre

Aquí les dejo el libro "Narrativa de un viaje a Senegal", que fue publicado en 1816 por el cirujano Henry Savigny y otro sobreviviente llamado Corréard Alexander, en el que cuentan con lujo de detalles el atascamiento de la fragata y el infierno que se vivió en la balsa hasta el momento del rescate. Este libro fue un fenómeno de ventas hace dos siglos y se convirtió en un clásico europeo, testimonio en primera persona de lo nocivo que habia resultado para Francia el retorno de la monarquía.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8
9, 10, 11, 12, 13, 14

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