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martes, abril 06, 2010

Escape hacia la libertad ( Lecciones de amor VII)

El 20 de marzo de 1991 despegaba de suelo cubano el mayor Orestes Lorenzo en un caza MIG-23, el avión más moderno de la Fuerza Aérea Cubana. A toda velocidad y a baja altitud cruzó en menos de 10 minutos los 150 km que separan Cuba de los Estados Unidos. Como iba casi a ras de mar, ni los radares cubanos ni los norteamericanos advirtieron su presencia, por lo que pudo aterrizar sin problemas en la estación aeronaval de Boca Chica, en los Cayos de la Florida. Orestes solicitó asilo en Norteamérica, y una vez superados los interrogatorios a los que fue sometido, recibió el estatus de refugiado político.


La deserción de Orestes Lorenzo fue una bofetada en la cara del régimen Castrista. El mayor Lorenzo era uno de los pilotos de élite de la fuerza aérea. Veterano de la Guerra de Angola, había realizado dos estancias de entrenamiento en la Unión Soviética. Fue durante la última de ellas, ya con la perestroika de Gorbachov en marcha, cuando Orestes empezó a cuestionar el régimen comunista y su vida en Cuba. En la Unión Soviética se empezaba a destapar el colapso del sistema y soplaban vientos de libertad.

A su regreso a Cuba empezó a planificar su deserción, con la esperanza de que una vez en Estados Unidos, su esposa Victoria y sus dos hijos pudieran reunirse con él. Luego de fugarse en el avión y ya en calidad de refugiado, reclamó la salida de su familia de la isla, pero se topó con la negativa de Raúl Castro, en ese entonces Comandante de las Fuerzas Armadas.

Raúl Castro

Castro de ninguna manera permitiría salir de Cuba a la familia de un militar de élite que había traicionado la confianza depositada en él y había puesto en ridículo al régimen.

Orestes entonces recurrió a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, sin resultado alguno. Coincidiendo con la cumbre Iberoamericana celebrada en Madrid en 1992, y con la presencia de Fidel Castro, realizó un acto de protesta encadenándose a las verjas del Parque del Retiro. La Reina Sofía que guardaba una buena relación personal con Castro, realizó gestiones personales para lograr la salida de su esposa y los dos niños de Cuba. Incluso el asunto llegó hasta el despacho de Mijaíl Gorbachov. Todo aquello fue infructuoso. Raúl Castro, a través de su asistente personal le hizo llegar la respuesta a Victoria:

"Dígale a su marido, que si tuvo los cojones para llevarse un avión, que los tenga también para venir a buscarles personalmente..."

Orestes Lorenzo llegó al punto de publicar una carta abierta a Fidel Castro en el Wall Street Journal, en la que ofrecía presentarse a juicio en Cuba si se permitía a la esposa y los niños viajar a Estados Unidos. Tampoco hubo respuesta.

Orestes pidiendo la liberación de su familia en una manifestación en NY

Ante las escasas perspectivas de sus gestiones internacionales, la desesperación hizo presa en el ex militar cubano. Decidió entonces que si no tenía éxito de manera pública, iría él mismo a sacar a su familia de la isla.

Conocía los aviones rusos, pero tenía que entrenarse en modelos convencionales occidentales. Consiguió la licencia de piloto deportivo en poco tiempo y con $ 30.000 prestados por una organización humanitaria de exiliados cubanos, adquirió una vieja avioneta bimotor Cessna 310 en regla. A través de un par de amigas mexicanas que viajaron a Cuba, hizo llegar secretamente a su familia la fecha, el lugar y la hora exacta donde debían esperarlo para el rescate que había puesto en marcha.

El día elegido fue el 19 de Diciembre a las cinco de la tarde. Despegó desde un pequeño aeroclub cercano a Miami, advirtiendo de que si no regresaba en el plazo de un par de horas, lo diesen por muerto.

Carretera cerca de la playa "El Mamey", lugar del encuentro

Volando a muy baja altura (2 metros sobre el océano para evitar los radares), la nave se aproximó a la isla al atardecer, a la angosta carretera frente a la playa El Mamey, muy cerca de Varadero, a unos 150 kilómetros al este de La Habana. Mientras tanto su esposa y los niños que esperaban en la carretera según lo acordado, escucharon el ronroneo del motor y vieron el aparato.

Lo que Lorenzo no había previsto en su minucioso plan, fue que a esa hora la carretera estaría bastante transitada. El escenario no podía ser peor, porque en el tramo previsto para el aterrizaje coincidieron un auto, una rastra, un autobús con turistas y una gigantesca piedra en medio de la vía.

Balanceando las alas, el piloto casi rozó el techo del auto, tocó tierra y se detuvo a ocho metros del autobús con los turistas petrificados en sus asientos y los ojos a punto de salírseles de las órbitas.
Casi dos años después de la separación, Lorenzo vio aparecer a su familia corriendo frente al avión. En la carrera, Alejandro, el menor de los niños, perdió un zapato. Para evitar una tragedia con las hélices y preparar el despegue, giró el aparato en U y abrió la portezuela de la cabina. Todo en menos de un minuto.

Orestes logró despegar pero adentro del avión el miedo hacía su trabajo. Vicky tenía la vista fija en el cielo temiendo que aparecieran los cazas cubanos, y decidió ponerse a rezar. En un momento rodeó con los brazos a sus dos hijos y les tapó los oídos para que no oyeran si ocurría lo peor. Los niños estaban asustados, confundidos, lloraban. Sólamente cuando la aeronave traspasó el paralelo 24, límite del espacio aéreo de Cuba, la tensión aflojó un poco. Casi una hora más tarde, la nave aterrizaba de vuelta en la Florida.

La familia de Orestes Lorenzo luego de aterrizar en Estados Unidos

El revuelo mediático que causó la hazaña de Orestes fue tremendo, ya que por segunda vez había hecho quedar en ridículo al régimen castrista. En la primera rueda de prensa dijo:

"Díganle a Raúl Castro que le he tomado la palabra y he ido personalmente a recoger a mi familia"

En la actualidad Orestes es un próspero empresario que maneja su propia constructora en Miami, algo que en Cuba jamás lo hubiera podido hacer.

Fuentes:
Esta magnífica historia la encontré en el blog de Rodericus, y el resto de datos e imágenes son de SecretosCuba, La nueva Cuba y Siglo de Torreón.



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martes, febrero 16, 2010

Lecciones de amor VI - Eloísa y Abelardo

Abelardo fue un alumno de la Universidad de París allá por el siglo XII, que logró destacar como una de los mentes brillantes de la época, tanto así, que pronto empezó a dar clases en la misma. Su fama era tal, que hoy es reconocido por la crítica moderna como uno de los más grandes genios de la Lógica y la Dialéctica. Pero aquí, el asunto que nos ocupa es su tortuosa relación sentimental, quizá una de las más tristes que conozco.

Eloísa era una joven estudiante de filosofía que vivía en el claustro de la Catedral de París bajo la tutela de su tío Fulberto, canónigo de dicho templo. Aunque era una muchacha muy hermosa, más bien era conocida en la Universidad por ser una brillante alumna.

Seguramente ambos se cruzaron muchas veces por los pasillos universitarios o en el ambiente académico que por esos años vivía la ciudad. Muy probablemente coincidieron, pero no se llamaron la atención porque Abelardo estaba ocupado en sus estudios y vida universitaria, mientras Eloísa salía muy poco de la catedral, debido a su entrega a la filosofía y literatura.

Fulberto, el tío sacerdote de Eloísa, era conocido por el esmero con el que cuidaba a su sobrina, y consciente de su capacidad académica, siempre trataba de darle la mejor educación. Es así que cierto día que llegó Abelardo con el deseo de alquilar una habitación en la catedral, el sacerdote le ofreció una a un precio muy conveniente, con la condición de que se convierta en instructor de su sobrina. Es que tan buena era la reputación de Abelardo, y no sólo como brillante profesor, sino como una persona digna de entera confianza.

Abelardo y Eloísa por Edmund Leighton, 1882

La personalidad de Abelardo, su inteligencia y carisma resultaron irresistibles para la joven Eloísa, que a sus 20 años llegó a ver la presencia de ese hombre en su vida, como una orden de Dios o del destino. Así, las buenas intenciones del joven maestro, enseguida sucumbieron ante la belleza de Eloísa, y obviamente el aprendizaje pasó a segundo plano. Las clases de filosofía y dialéctica se transformaron en largas sesiones de amor, donde se dieron cuenta que eran el uno para el otro.

El rumor de este amor clandestino empezó a recorrer todo París, y el único que parecía no darse cuenta de nada era el tío de Eloísa. Más que nada porque él nunca se imaginó que algo así pudiera estar ocurriendo bajo su propio techo, debido a la confianza que tenía depositada en su sobrina y en aquel intachable profesor que admiraba. La ingenuidad del sacerdote fue sacudida cierto día que encontró a Eloísa en brazos de su maestro. En ese mismo instante Fulberto tomó la decisión de separarlos y de sacar a Abelardo con todas sus pertenencias de la catedral.

No mucho después de aquella separación, Abelardo recibió un mensaje de Eloísa que lo hizo muy feliz: estaba embarazada. Dadas así las circunstancias, él le propone huir lejos de su tío y ella acepta, por lo que la lleva lejos de París, a la población de Bretagne, a casa de su hermana, donde Eloísa dio a luz un varón.

Abelardo ed Eloísa, óleo de Jean Vignaud, 1819

Abelardo regresó a dar clases en París, pero debido al miedo o timidez, evitó el contacto con el cura Fulberto durante algunos meses. El cura que se encontraba con el orgullo herido, llegó por fin aceptar lo inevitable y pidió a Abelardo que se casará con su sobrina, para así restaurar su honor ante la sociedad.

La solución a simple vista era simple, y hubiese sido fácil para cualquier pareja casarse, pero el problema radicaba que en aquella época un profesor universitario con esposa e hijos no tenía futuro, ya que la Universidad prefería contratar profesores solteros. De todas formas a Abelardo no le importaba sacrificar su carrera académica y aceptó casarse, pero inexplicablemente Eloísa se opuso radicalmente a la boda. No quería ser la causante del fin de la carrera de su amado.

Al final ambos lograron convencerla para que acceda a casarse, pero ella sólo aceptó con la condición de que la boda se mantuviera en estricto secreto para que no afectara de ninguna forma al padre de su hijo. Y así fue como lo hicieron, se casaron en secreto en París y el cura Fulberto para restaurar "su honor mancillado" comenzó a divulgar a los cuatro vientos el matrimonio de su sobrina. Tanto irritó esto a Eloísa, que llegó a realizar ante un juez, un juramento formal de que jamás se había casado. Todo con el fin de proteger la carrera de Abelardo.

Esta situación encolerizo a su tío sacerdote y la mutua convivencia en la catedral, se tornó un martirio debido a los insultos y los malos tratos de los que Eloísa llegó a ser víctima. La situación llegó a tal extremo que Abelardo se vio obligado a buscar refugio para su esposa en un convento cerca de París. Pero el cura Fulberto, creyendo que Abelardo quería obligarla a hacerse monja para librarse de ella, juró vengarse, y en seguida ideó la manera de hacerlo. Sobornó a un criado de Abelardo para que les permitiese pasar a sus aposentos, y una noche, entró con un cirujano y otros hombres con quienes lo hizo castrar a la fuerza, luego de lo cual huyeron.


A la mañana siguiente todo París se había enterado de lo que le habían hecho a Abelardo. La justicia tomó cartas en el asunto y logró dar con dos de las personas que habían participado en la castración. El castigo que se les impuso fue el mismo, fueron castrados y además se les arrancó los ojos. Al cura Fulberto se lo desterró de París y se le confiscaron todas sus propiedades. Pero el daño ya estaba hecho, ningún castigo sobre los criminales podía restaurar el daño que le hicieron a Abelardo.
“Era el año del Señor de 1118, mis heridas corporales sanaron, pero mi vida entera cambió. Hube de renunciar a Eloísa, que profesó de monja en el convento de Argenteuil, no volviendo a vernos en el resto de nuestras vidas; según las leyes canónicas estoy incapacitado para ejercer oficios eclesiásticos viéndome obligado a ingresar como fraile en el monasterio de San Dionisio.”

A pesar de nunca haber pensado convertirse en monje, Abelardo decidió ingresar un claustro dominico. Una vida de aislamiento era lo único que su orgullo le permitía. Antes de ingresar al monasterio, también convenció a Eloísa de tomar los hábitos. Los amigos y conocidos de Eloísa le suplicaron que recapacitara, que no diera fin de esa manera a su vida. Que era joven y bella como para encerrarse en un convento, que saliera al mundo exterior y tratara de conseguir una anulación de su matrimonio. Pero Eloísa les respondía que ella ya lo había decidido, que se haría monja, y no por amor a Dios, sino por amor a Abelardo. Antes de ingresar, Eloísa entregó su hijo a una de sus hermanas para que lo criara.

Eloísa llegó a ser abadesa, y a pesar de las escasas cartas que pudieron intercambiar, Abelardo nunca salió de sus pensamientos. Ella pensaba que su vida había comenzado el día en que lo conoció, y que se había marchitado el momento que se separaron. Sus pasionales cartas lo reflejan con lucidez:
"Para hacer la fortuna de mí la más miserable de las mujeres, me hizo primero la más feliz, de manera que al pensar lo mucho que había perdido fuera presa de tantos y tan graves lamentos cuanto mayores eran mis daños"

Las cartas fueron el único vínculo entre ellos, al que por más de veinte años permanecieron aferrados:
"Tú pudiste resignarte a la cruel desgracia, incluso llegaste a considerarla un castigo al que te habías hecho acreedor por transgredir las normas. ¡Yo, no!, ¡No he pecado! solo amo con ardor desesperado; cada día aumenta mi rebeldía contra el mundo y crece más mi angustia. ¡Nunca dejaré de amarte!. ¡Jamás perdonaré a mi tío, ni a la iglesia, ni a Dios, por la cruel mutilación que nos ha robado la felicidad!"

Abelardo falleció a los 63 años, y cuando Eloísa se enteró de su muerte, logró llevar los restos de su amado hasta su convento, donde les dio sepultura. Veintidós años después, en 1164 moría Eloísa. Agonizante dispuso que fuese enterrada en el mismo sepulcro de Abelardo y que luego fuera sembrado un rosal sobre la tierra que los cubriría a ambos. Siete siglos después, en 1817 sus restos mortales fueron trasladados al cementerio de Père Lachaise, en París, donde hoy reposan en un mausoleo en el cual reciben el tributo de amantes anónimos que con frecuencia depositan flores sobre su lápida.



La historia de Abelardo y Eloísa se hubiese perdido con el tiempo de no ser por las cartas que dejaron como testimonio. El desarrollo de todo su romance fue descrito en una carta de Abelardo conocida como "Historia Calamitatum", que fue muy difundida y copiada en aquella época. Básicamente esta carta fue escrita para consolar a un amigo, como queriéndole decir: "¿Crees que tienes problemas? Escucha esto…"

Eloísa prefirió renunciar a su juventud y a su vida, aún a su maternidad, sólo para ser solidaria con su amado. No creo que en la historia contemporánea vuelva a repetirse un acto de igual sacrificio y desprendimiento.
"Entonces me verás, no para derramar lágrimas, que ya no será tiempo: viértelas ahora para apagar con ellas ardores criminales: entonces me veras, para fortificar tu piedad; y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre..."

Fuentes:
Historymedren, Summagalli, Planetasedna, y en éste sitio pueden leer algunas de las cartas que los amantes se enviaron.

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domingo, octubre 18, 2009

Lecciones de amor V - Edith Piaf

Soy un gran admirador de Edith Piaf, y no sólo por su música, sino por los entretelones de su escabrosa vida, por el coraje que tuvo para salir de las situaciones más adversas, y así mismo por tener ese arrojo de escoger y hacer lo que quiso y cuando le vino en gana. Son esos los detalles que diferencian una existencia monótona de una vida gozada a plenitud, sin importar el costo "que muchas veces es caro", pero al menos tienes la satisfacción de que nadie te quita lo que has vivído. No saben cuánto me identifico con ella.


Nació con el nombre de Edith Giovanna Gassion, hija de una cantante ambulante y de un acróbata de circo que la abandonó antes de que ella naciera. Su madre a punto de dar a luz, no alcanzó a llegar a la maternidad y Edith nació en plena calle debajo de una farola frente al número 72 de la rue de Belleville en París, el 19 de diciembre de 1915. La mujer era demasiado pobre para criarla y se la entrega al cuidado de su abuela, quien en vez de tetero la alimentaba con vino, con la excusa de que así se eliminaban los microbios. Una infancia y juventud de película, de peripecias. Sólo puedo recomendarles leer su autobiografía "Au bal du chance", y se darán cuenta de lo que les hablo.

Cuando apenas tenía cuatro años, una meningitis la dejó ciega, pero poco después recobró la vista gracias, según explicó su abuela, al devoto peregrinaje a la iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, en Lisieux, que la mujer hizo con su nieta. Y si los primeros años de la vida de Edith fueron difíciles, los de su adolescencia fueron peores. Cuando apenas tenía diez años su padre enfermó gravemente y la pequeña empezó a cantar por la calle, recogiendo las monedas que los transeúntes le arrojaban. En aquellas primeras actuaciones, Edith sólo cantaba la Marsellesa, el himno nacional francés, porque esa era la única canción que conocía.

Bueno, pero este post se llama Lecciones de amor, así que adentrémonos en su vida sentimental. Edith a pesar de no ser precisamente una mujer guapa, y de medir apenas 1,53 m de estatura, era una de esas femmes fatale que emanan un encanto especial y que hacía que los hombres cayeran rendidos a sus pies.

La gran Edith Piaf

Por su vida pasaron desde sus inicios pequeños rufianes, artistas callejeros y después hasta hombres famosos como Marlon Brando, Yves Montand, Charles Aznavour, o Georges Moustaki. Jugaba a deslumbrar, los conquistaba y los abandonaba. También sucumbieron a sus encantos el famoso campeón de boxeo Mercel Cerdan y actores como John Garfield. Incluso la famosísima Marlene Dietrich que le regaló un gran diamante por una apasionada noche de amor.

Edith y Marlene Dietrich

Edith seguía viviendo La vie en rose a pesar de un terrible accidente automovilístico en el que sufrió varias fracturas. Los médicos le prescribieron morfina, a la que rápidamente se hizo adicta.

“Durante cuatro años viví como un animal salvaje: no existía para mí nada más importante que mi inyección, esperaba con ansias el momento de aplicármela y sentir por fin el efecto de la droga”.

Piaf se inyectaba, a través de su ropa y medias, momentos antes de subir al escenario. La única vez que actuó sin morfina fue un desastre, y salió abucheada por su público. También empezó a beber sin control y sus amigos intentaron que dejara ese hábito, llegando incluso a esconderle las botellas de alcohol, pero tampoco no funcionó. De todas formas su público la adoraba, pues era el ícono de Francia de la postguerra, una diva consagrada.


Sin embargo, esta vida desenfrenada que no la llenaba ni la hacía feliz, era la única que tenía y la disfrutaba, la que asumía como parte de su esencia, por eso es que cada vez que cantaba a viva voz la famosa canción - que la identificaba perfectamente - "Non, Je Ne Regrette Rian" (No, no me arrepiento de nada), se le llenaban los ojos de lágrimas.

Llegó a sus 46 años bien recorridos, y sin saber cómo, encontró de pronto al gran amor de su vida. Se invoucró en una relación que sorprendió al mundo. Se enamoró locamente de Théo Sarapo, un joven griego 20 años menor que ella.

Théo Sarapo

Edith aseguraba que éste era el definitivo y más grande amor de su vida. Se casó con él y todo el mundo pensó que se trataba de un “gigoló” que quería aprovecharse de su fortuna. Para la gente fue difícil creer en el amor de una mujer mayor y famosa con un joven adonis griego, pero Edith gritó a los cuatro vientos que Théo era el único hombre que había amado.

Théo y Edith

Un año después de casarse con el joven griego, en 1963, Edith Piaf murió en su casa del Boulevard Lannes a la edad de 47 años, víctima de una cirrosis avanzada y con sus facciones deterioradas debido a la morfina. El gran amor de su vida sólo le duró un año.

Théo Sarapo fue el único heredero de Edith Piaf. Los derechos discográficos, de autor y cinematográficos fueron a parar a su cuenta bancaria. Eso confirmaba las sospechas de la gente. La imagen de gigoló, inescrupuloso y aprovechador, se extendió por todo el mundo, mientras el silencio del griego confirmaba todas esas sospechas.

Siete años después Théo Sarapo volvió a ser noticia de primera plana en los periódicos. Se había suicidado. Sobrevivió hasta agotar la “fabulosa” herencia recibida de su mujer, es decir, una lista interminable de deudas. La enfermedad y adicción de Edith Piaf la había dejado en bancarrota y con las deudas hasta el cuello. Théo Sarapo, en silencio, las fue pagando como pudo, una tras otra, y así hasta dejar totalmente limpio el sagrado nombre de su amada. Cuando llegó a pagar el último centavo se quitó la vida. ¿Para qué la quería si no podía compartirla con el único amor de su vida? En su mesilla de noche hallaron una tarjeta que decía: "Pour toi Edith, mon amour".


Théo Sarapo le enseñó al mundo y a sus detractores otra hermosa lección de amor. Durante los siete años que demoró pagar las deudas de su amada Edith, jamás se lo vio con otra mujer. Fue enterrado junto a ella. Al fin estarían juntos otra vez, para cantar a dúo desde el más allá:


No! no me arrepiento de nada. Ni del bien que me han hecho, Ni del mal, Todo eso me da igual! No! no me arrepiento de nada. Todo está pagado, barrido, olvidado... Me importa un bledo el pasado! Con mis recuerdos, he encendido el fuego, mis penas, mis placeres… Ya no los necesito! Barrí todos los amores y todos sus temblores, los barrí para siempre, vuelvo a empezar de cero. No! no me arrepiento de nada. Porque mi vida, Porque mis alegrías, Hoy comienzan contigo...

Por eso hoy quise contarles esta historia. Porque la gente siempre juzga con ligereza, porque los prejuicios y la suspicacia empañan muchas veces el verdadero amor y las buenas intenciones. También porque Edith nos demostró que no se necesita toda una vida para amar y disfrutar, porque nos enseñó que un año es suficiente para pasar "el resto de tu vida" con esa persona especial.

Fuentes:

BioPiaf, ChristieLaume, AC relatos, Wikipedia

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martes, julio 28, 2009

Lecciones de amor IV

En junio de 1963, Mildred Jeter de 22 años de edad, se sentó en la banca de un parque con un arrugado cuaderno entre sus manos, y entre lágrimas y sollozos escribió una carta que decía lo siguiente:

"Mi marido es blanco y yo soy afroamericana. Nos casamos hace cinco años en Washington, porque sabíamos que en nuestro condado del Estado de Virginia había una ley que prohibía los matrimonios interraciales. Al regresar a casa, recién casados, fuimos encarcelados, juzgados y obligados a abandonar el estado”

Su petición era sencilla, pero rompía el corazón: "Sabemos que no podemos vivir allí, pero nos gustaría volver juntos por última vez para despedirnos de nuestras familias y amigos." La carta estaba dirigida al entonces secretario de Justicia, Robert Kennedy, quien remitió la petición a la Unión de Libertades Civiles de Estados Unidos.

Hace poco tiempo, un juez de Virginia les había dicho que si ponen un pie juntos, nuevamente en el estado, serían arrestados y encarcelados por un año. Se los acusaba de "cohabitar como marido y mujer, contrariando la paz, dignidad y buenas costumbres de la comunidad", de acuerdo con la legislación de Virginia, que condenaba los matrimonios interraciales. El juez además estableció que este destierro debía durar 25 años...


Mildred y Richard se casaron en 1959 en el Distrito de Columbia justamente porque sabían del impedimento para hacerlo en Central Point, Virginia, pueblo donde nacieron, se conocieron y se enamoraron. Apenas regresaron casados, empezaron a vivir juntos como marido y mujer, cuando una noche, tres agentes allanaron la casa de la madre de Mildred donde se instalaron, e irrumpieron en la habitación donde dormían Mildred y Richard, los despertaron con la cegadora luz de una linterna y los sacaron como a vulgares delincuentes.

Ella tampoco quiso escribir en su carta sobre la humillación que sintió al pasar cinco noches en una cárcel infestada de ratas mientras su marido, porque era blanco, pasó sólo una noche tras las rejas. Los Loving residieron su exilio en Washington durante cuatro años, rompiendo la prohibición de Virginia, que en aquellos años estaba vigente en 17 estados, hasta que Mildred se animó a pedir ayuda en su desesperada carta.

El 12 de junio de 1967, casi 10 años después de su boda, la Corte Suprema eliminó la ley discriminatoria y dictaminó que cualquier prohibición o veto legal a los matrimonios interrraciales era anti constitucional. Sólo ahí pudieron Mildred y Richard regresar juntos a su pueblo natal como marido y mujer.


Luego de la sentencia favorable, el matrimonio rechazó innumerables solicitudes de entrevistas, apariciones públicas y homenajes. Mildred Loving solo se dedicó a seguir asistiendo a su iglesia y atender a su familia. Nunca se consideró una heroína ni nada por el estilo. Ella solo decía que lo hizo por amor. Decidieron seguir viviendo como una familia común y corriente, y lo lograron. Richard trabajaba duro en el área de la construcción que estaba en todo su apogeo en aquella época. Fueron un matrimonio feliz que llegó a tener tres bellos hijos y una casa con un gran jardín.

Lastimosamente todo era demasiado bello para ser cierto. Y es que la vida es así, yo siempre digo que hay que saber aprovechar y respirar a fondo aquellos días en que nos sentimos realmente felices porque suelen durar muy poco y no sabemos si volverán.

Una tarde de 1975, Mildred y Richard iban en su automóvil por la carretera cuando de repente fueron embestidos por un conductor en estado de ebriedad. Él falleció y ella perdió su ojo derecho. Mildred nunca se volvió a casar a pesar de que enviudó a los 35 años. Pasó el resto de su vida asistiendo a la iglesia, educando a sus hijos y luego mimando a los nietos. Cuando le acosaba la nostalgia por su amado Richard, solía tomar su foto y una jarra de café para sentarse en el portal de su casa y recordar todo lo que tuvieron que luchar para ser felices, aunque esta dicha les fuera efímera.

Desde entonces el 12 de Junio se celebra el histórico fallo que reconoció su matrimonio. Se lo conoce en Estados Unidos como el Loving Day, un día de celebración para las parejas interraciales.

Aunque Mildred falleció en mayo del 2008 se fue dejándonos un legado muy importante. Demostró al mundo y sus absurdas leyes que cuando amas de verdad no existen trabas ni murallas, nos demostró que el amor no entiende de razas ni colores. Luchó por su matrimonio. Nos dejó otra maravillosa Lección de amor.

Fuente: Nytimes.com

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jueves, abril 16, 2009

Lecciones de amor III

Una de mis películas favoritas es 50 First Dates donde la protagonista Lucy Whitmore –Drew Barrymore-, después de un golpe en la cabeza empieza a sufrir de amnesia diaria, y su galán debe reconquistarla cada día por el resto de su vida porque cada mañana al despertar ella no recuerda a su amado. Como les he mostrado muchas veces, hay casos en que la realidad supera a la ficción, y la historia que viene a continuación es un ejemplo de ello.

Tres años atrás, la inglesa Emma Ray dio a luz a su segundo hijo Alexander por medio de una cesárea. Dos días después sufrió un ataque cardíaco que le privó de oxígeno al cerebro dejándola en estado de coma. Los médicos advirtieron a su esposo Andrew que no podían hacer más por ella y que tenía las mismas posibilidades de recuperar la conciencia en algún momento, como de quedar en estado de coma de por vida.

Andrew no se dejó abatir. La acompañaba todo el tiempo posible y empezó a llevarle grabaciones con el llanto del bebé recién nacido y con la voz de su hija mayor diciéndole: "despierta mami".

"Le ponía las canciones que bailamos en nuestro matrimonio, le hablaba con mucha suavidad, tomaba su mano, le pellizcaba los deditos. Todo el tiempo le decía que la amaba y le rogaba que despertara"


Andrew y Emma Ray el día de su boda

Emma permanecía inmóvil y silente. Pero dos semanas después ocurrió lo que ellos llaman "un milagro". Andrew, muy tiernamente como siempre, se inclinó hacia su esposa y le hizo un amoroso pedido:
"Emma, si me puedes escuchar, por favor solo dame un beso".

Y sucedió lo inesperado. La mujer volteó ligeramente la cabeza y lo besó. Andrew sintió que su corazón se le iba a salir del pecho al igual que a los dos médicos que contemplaron la escena sin salir de su asombro. Este episodio hizo que la empezaran a llamar la 'Bella Durmiente' de Shropshire –su ciudad natal-.


Desde ese día, Emma comenzó a recuperar y perder la conciencia con frecuencia. Su cerebro sufrió daños por la falta de oxígeno. Junto a su esposo comenzó un intenso camino de rehabilitación y la pareja se ha convertido en un modelo para los habitantes de su pequeña localidad.

A tres años del suceso, Emma aún padece de pérdida de memoria a corto plazo, necesita de ayuda permanente porque casi no puede caminar y su esposo debe asistirla en todo momento. Su recuperación exige de constancia y muchos sacrificios. Sin embargo, para su familia no hay mayor dicha que tenerla con ellos.

"He aprendido a enamorarme de mi esposa una y otra vez. Pero esto es lo que cualquier esposo o esposa haría. Ella es la madre de mis hijos, es mi esposa y eso es lo único que me importa", afirma Andrew.



A esta historia real también la titulé Lecciones de amor, porque ahora cualquier trivialidad es motivo para abandonar a la pareja. Hace poco todos vimos a un hombre en U.S.A. que pidió desconectaran a su esposa - Terry Schiavo- que permanecía en estado de coma, lo que provocó una batalla legal con la familia de ella.

Personalmente admiro la capacidad de Andrew Ray de reinventar su amor a diario por su esposa, ese amor que atravesó todas las barreras y que sigue vigente. Porque no siempre es fácil seguir amando a alguien que padece un problema físico, por eso también esta historia es una maravillosa lección de amor…

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lunes, marzo 02, 2009

Lecciones de amor II

“Me dijo varias veces que había nacido en 1970; sólo supe al momento de registrar el matrimonio que su documento de identidad indicaba como fecha de nacimiento 1960, es decir, que tenía cinco años más que yo”

Un chino de 42 años presentó una denuncia contra su esposa porque le mintió sobre su edad y sobre su estado de salud, publicó hace poco el diario Zhengzhu Soir. El hombre no sólo reprocha a su esposa haberle escondido su edad sino también el hecho de que estuvo enferma de cáncer en 2004 y que también estuvo casada otras dos veces.
-“¿No es una estafa? ¡Se casó conmigo para que yo pague los honorarios de los médicos!”, añadió, pidiendo al tribunal que anule el matrimonio que tuvo lugar en junio del 2007.

Este ejemplo es reciente, según leía sucedió hace poco mas de un año, pero quiero remontarme algunos años atrás con otra historia de amor, de esas sublimes y tortuosas que tanto me gustan.

La historia comienza en China hace más de medio siglo cuando Liu Guojiang que tenía 19 años de edad, se enamoró de una mujer de 29 años, madre y viuda llamada Xu Chaoqing. En esa época, era inaceptable e inmoral para un hombre joven y chino amar y convivir con una mujer mayor y que para colmo tuviera hijos. Para evitar las habladurías, la pareja decidió irse a vivir a una inaccesible cueva en Jiangjin County en Chongqing, suroeste de China.

Escondida entre las montañas, y a salvo de críticas de propios y extraños por la diferencia de edad y las condiciones de sus respectivas vidas, la pareja padecía las condenas a su amor y Liu, en un heroico acto decidió construir un refugio muy artesanal para ambos alejados del mundo. De ahora en adelante solo se tendrían el uno al otro.


Lo dejaron todo atrás. No tenían nada que llevarse a la boca excepto sus propios labios. Eran tan pobres que comían la hierba y las raíces que encontraban en la montaña, y Liu fabricó artesanalmente una lámpara de queroseno -traído de la ciudad- que utilizaron para iluminar su cueva. La vida era tan dura para ellos al punto que Xu sentía que había atado a Liu y le preguntó en varias ocasiones, “¿te arrepientes?” a lo que Liu siempre respondió, “Nunca me arrepentiré de amarte”.

El camino hasta su recóndito refugio era muy complicado. Montaña virgen, espesa vegetación y algunas quebradas conducían a una pequeña cueva donde vivieron sus mejores años. Al principio y debido a la dificultad del terreno, era sólo Liu el que bajaba desde su refugio de vez en cuando y para casos de extrema necesidad, quedándose Xu esperando sola hasta 2 días en que regrese su marido al hogar.

El “detalle” que Liu dedicó a su amada se fraguó a partir del segundo año de convivencia y duró más de cincuenta. Liu decidió tallar poco a poco y con sus propias manos los 6.000 escalones necesarios para salvar los 1500 metros de desnivel de la montaña y así facilitar la bajada de su mujer.


En el 2006 su historia se convirtió en La Mejor Historia de Amor de China (premio de una importante publicación), y el gobierno local decidió preservar la “Escalera del amor” y el lugar donde vivió la pareja como un museo, para que esta historia de amor pueda ser recordada para siempre.

-“Mis padres han vivido recluídos por más de 50 años por el amor que se tienen. No tienen electricidad y mi padre hacía lámparas de queroseno para iluminar nuestras vidas”, dijo el hijo de los apasionados amantes a la prensa.


Alejados del mundo y la civilización, Liu y Xu formaron su propia familia, tuvieron hijos y como en los cuentos de hadas, vivieron felices desde entonces en su precario refugio, en el que permanecieron juntos a pesar de su avanzada edad hasta principios de este año cuando Liu murió en brazos de su mujer amada, en su hogar de siempre…después de una jornada de labores en el campo.


Bueno, con estos dos ejemplos -en la misma época y país- quise hacer una analogía sobre las distintas maneras de amar que puede demostrar el ser humano. Somos tan distintos unos a otros y los sacrificios que estamos dispuestos a vivir por una pareja ya no son como antes.

Hace algún tiempo ya, escribí el post ‘Lecciones de amor’, que es quizá la mejor historia romántica que conozco. No se si me cataloguen de loco, pero yo aún creo en ese amor desprendido, de privaciones y destierros. En ese amor de ‘contigo a donde sea y como sea’. Por eso a este post también lo llamé Lecciones de amor.

Fuente: Kurioso's Weblog

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domingo, julio 20, 2008

Lecciones de amor

Este es el título de una canción de Level 42 que sonó en los 80’s. Tremendo tema. ¿Por qué se llama así este post?
Porque hay amores que nos enseñan hasta que grado puede llegar el ser humano a entregarse, porque hay casos reales que superan la ficción. No hablo acerca del trillado drama de Shakespeare ni del famoso "Nuestro juramento" de mi compatriota Julio Jaramillo. A mi me gustan las historias de los grandes y difíciles amores, de hecho conozco algunas contemporáneas que han avanzado contra viento y marea, pero me erizan aquellas cuando la promesa de amar a esa persona aún luego de su muerte pareciera real y que permanece. Quiero compartirles una de las historias de amor más sublime y tortuoso que conozco:

En el siglo XIV el rey Alfonso IV de Portugal para ganar poder estratégico obligó a su hijo Pedro a casarse con la hija del rey de Castilla, la Infanta Constanza. Pedro accedió a la orden de su padre pero se enamoró perdidamente de una de las damas de compañía de su flamante esposa, esta mujer era Inés de Castro.

En 1345 murió doña Constanza y Pedro quiso formalizar su relación con Inés, su concubina, que a la fecha le había dado cuatro hijos, pero el rey Alfonso, su padre, ya tenía planeado que Pedrito se casara con otra princesa para seguir apuntalando al reino. Al enterarse de eso, Pedro se casó con Inés en secreto.

Cuando esto llegó a oídos de su padre, indignado por la desobediencia decretó la muerte de la esposa de su hijo a manos de tres mercenarios de los que la historia guarda su nombre (Pedro Coello, Diego López y Álvaro González). Las crónicas relatan que estos criminales degollaron a Inés delante de sus tiernos hijos.

Pedro encolerizado contra su padre le declaró la guerra a su padre y dividió al reino ya que tenía sus partidarios. Luchó ferozmente como un endemoniado buscando venganza. Quienes lo vieron relatan que bajo el casco se cubría el rostro con un velo oscuro, para que nadie pudiese ver que lloraba de dolor y rabia en las batallas. A pesar de todo, Pedro no pudo vengarse de su padre el rey Alfonso, ya que éste murió de viejo.

Pedro subió al trono como Pedro I y lo primero que hizo fue dar cacería a los asesinos de su esposa. Sólo logró encontrar a dos de los tres rufianes, ya que del tercero nunca se supo donde se refundió. Bueno, para no alargarles el cuento, el recién proclamado rey Pedro vengó la muerte de su esposa dejando caer toda su furia sobre estos dos tipos. Aún estando vivos les hizo sacar el corazón, al uno por el pecho y al otro por la espalda. Después los incineró. ¿Qué bien merecido, verdad?


Luego mandó a desenterrar el cadáver de Doña Inés y lo hizo trasladar hasta Lisboa. Pidió que la sienten junto a su trono y ordenó, que toda esa corte que antes la había despreciado, desfile delante de ella, que se arrodillaran y besasen su mano como a una reina. Pedro I gobernó once años más durante los cuales no se le conoció ningún otro romance. Murió a los 47 años.

Las tumbas de Pedro e Inés se conservan en el Monasterio de Alcobaça (ahora Patrimonio de la Humanidad), están una frente a la otra de tal forma para que como dijera Pedro:
"El día del juicio final, cuando resuciten los cuerpos, lo primero que verán nuestros ojos, será el rostro del ser amado".

Un tipazzo Pedrito, ¿verdad? ¿Quién de nosotros no ha tenido un amor difícil?
Hablo de difícil porque no creo que hay amores imposibles. Son difíciles porque quizá la distancia es grande, porque estamos casados con la persona equivocada y nos dimos cuenta muy tarde, porque interponemos el bienestar de los hijos al nuestro o porque simplemente nos falta el coraje de tomar el rumbo que nos dicta el corazón. Razones para no tomar el riesgo, todas serán valederas pero viviremos y muchos vivimos con esa duda de lo que “pudo ser”.

Porque no todas las bellas historias de amor deben tener un final felíz.
Porque siempre de estos amores difíciles aprendemos.
Por eso se llama así este post.

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