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viernes, noviembre 25, 2011

Domesticando una caníbal


"Yo que estaba en el barco, me tomé una bellísima caníbal que el almirante graciosamente quiso regalarme. Me la llevé a la cabina, donde viéndola toda desnuda como a su usanza, me vino el deseo de divertirme con ella. Y queriendo dar cuerpo a mis ganas, ella que no quería, se defendía con las uñas en tal modo, que me arrepentí bien rápido de haber comenzado. Visto que no podía comenzar para darle conclusión a la historia, agarré una cuerda y la azoté tanto que ella gritaba con chillidos inauditos, de una violencia increíble. Pero después, para terminar, conciliamos tan bien en la necesidad amorosa que parecía estar amaestrada en la escuela de las putas."

A los 15 días de octubre de 1495

"Io che ero in barca, mi presi una bellissima Camballa che L’Ammiraglio graciosamente volle regalarme. Me la portai in cabina, dove vendendola tuta nuda com’e loro usanza, mi venne desiderio di prendermi sollazzo con lei. E volendo dar corpo alle mie voglie, lei che non voleva, si difese talmente con le unghie, che mi pentii ben presto di aver cominciato. Visto che non potevo venire a capo, per dirvi la conclusione della storia, afferrai una corda e la frustai tanto che lei gridava con urla inaudite, di una violenza incredibile. Ma dopo, per finire, ci accordammo tanto bene nella bisogna amorosa che pareva essere stata ammaestrata alla scuola delle bagasce."

Fragmento de carta del genovés Michel de Cúneo* a Jerónimo Annari.
*Miembro de la tripulación del segundo viaje de Cristóbal Colón a América.

Fuentes:
Página 24, aquí y acá. En este libro se puede leer casi toda la carta traducida, falta la parte pertinente.

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martes, noviembre 15, 2011

El Experimento de Milgram: ¿Somos torturadores en potencia?

Adolf Eichman declarándose culpable en Israel

Adolf Eichmann, lugarteniente de Hitler y el mayor ideólogo del Holocausto judío, fue juzgado en Jerusalén por crímenes contra la humanidad. Fue declarado culpable y condenado a muerte el 1 de junio de 1962. Antes de ser ejecutado en la horca, Eichmann dijo:

"Nunca perseguí a los judíos con avidez ni con placer. Fue el gobierno quien lo hizo. Acuso a los gobernantes de haber abusado de mi obediencia."
"Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga vida a Argentina. Estos son los países con los que más me identifico. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo."

Un año después, Stanley Milgram, psicólogo en la Universidad de Yale, se preguntaba cómo era posible que una persona común y corriente, que no tenía un especial odio hacia los judíos, hubiera podido contribuir activamente en el Holocausto sólo por haber recibido órdenes. Eichmann fue el encargado de la logística de transportes de los campos de concentración nazis y puso tanto celo en su trabajo que, incluso habiendo detenido Hitler las ejecuciones masivas de prisioneros judíos al final de la guerra, él continuó llevándolas a cabo.

Stanley Milgram

Milgram puso entonces en marcha un experimento pionero sobre la obediencia humana. A través de anuncios en un periódico de Connecticut contrató varios voluntarios para participar en lo que se publicitaba como un estudio "Sobre el aprendizaje y la memoria en la Universidad de Yale", a quienes se les pagaría US$ 4 por el par de horas que duraría el experimento. Algo así como unos US$ 28 actuales.
A los voluntarios que se presentaron se les ocultó que en realidad iban a participar en una investigación sobre la obediencia a la autoridad. Los participantes eran personas de entre 20 y 50 años de edad de todo tipo de educación: había desde los que acababan de salir de la escuela primaria hasta participantes con doctorados.

Anuncio para reclutar voluntarios

Los voluntarios que acudieron al llamado del anuncio se reunieron en un laboratorio de psicología donde los recibió un hombre con bata blanca de aspecto agradable, de unos 50 años de edad aproximadamente. Se les dijo que el experimento consistía en que un voluntario iba a ejercer el papel de "profesor" y otro voluntario iba a ejercer el papel de "estudiante" al que se le iba a castigar, con la finalidad de determinar los efectos del castigo en el aprendizaje.
El alumno estaría atado a una especie de silla eléctrica en una habitación contigua y conectado a unos electrodos donde sólo podría escuchar las instrucciones que le daba el otro voluntario que sería el profesor. Cada vez que el estudiante cometiera un error al memorizar una lista de palabras, recibiría una descarga eléctrica por parte del profesor, las cuales "serian un poco molestas y hasta dolorosas, pero que no ocasionarían daños permanentes".


El "profesor voluntario" iba a estar sentado frente a una consola que tenía treinta interruptores. Cada uno llevaba marcado el voltaje que supuestamente se aplicaría al alumno, empezando desde 15 hasta los 450 voltios. Estos interruptores estaban separados a su vez en grupos de a cuatro y tenían estas descripciones:
Descarga ligera (de 15 a 60 voltios)
Descarga moderada (75 a 120)
Descarga fuerte (135 a 180)
Descarga muy fuerte (195 a 240)
Descarga intensa (255 a 300)
Descarga extremadamente intensa (315 a 360)
Peligro: Descarga severa (375 a 420)
Pasados los 420 voltios había dos interruptores marcados con equis y que correspondían a 435 y 450 voltios.

Consola o generador de descargas

Esta consola estaba diseñada para que cuando cada interruptor se activara, se encendiera una luz y la aguja de un supuesto voltímetro empezara a oscilar. También se escuchaba el respectivo zumbido eléctrico. Es importante señalar que no existía contacto visual entre profesor y el alumno, el primero sólo se podía comunicar con el segundo a través de un micrófono, por el cual le iría leyendo las palabras. El alumno, por su lado, no tenía micrófono. Él debía comunicarse con el profesor por medio de 4 interruptores, para elegir entre las posibles respuestas correctas.

Esquema y ubicación de los participantes en el experimento

La prueba debía transcurrir así: cada vez que el alumno acertara, el profesor pasaría al siguiente grupo de palabras, pero si fallaba se le aplicaría una descarga eléctrica. El experimento empezaba con una descarga de 15 voltios en la primera repuesta errada, 30 voltios en la segunda, 45 voltios en la tercera, y así sucesivamente (incrementándose de 15 en 15).
Lo que los voluntarios nunca supieron es que todos, absolutamente todos, serían profesores. Esto se lograba haciendo pasar a cada voluntario junto a un actor (que también simulaba ser voluntario) previamente contratado por Milgram. Luego de un sorteo trucado, al actor siempre le correspondía ser el alumno.

Asistentes atando a la silla al supuesto estudiante (el actor)

Este actor ya había sido previamente aleccionado por el investigador, para que respondiera un promedio de tres veces erróneas por cada vez que lo hacía correctamente. De este modo el voltaje que el profesor creía que aplicaba al alumno iba "subiendo" rápidamente. Como era actor, podía fácilmente simular los efectos de las sucesivas descargas. Así, y a medida que el nivel de descarga "aumentaba", el actor comenzaba a golpear en el vidrio que lo separaba del "maestro" voluntario y hasta se quejaba de su condición de enfermo del corazón. Luego de quejarse a gritos de dolor, pedía el fin del experimento. Cuando llegaban a los 270 voltios gritaba de agonía, y si el maestro voluntario pasaba de este nivel y alcanzaba los 300 voltios, el "alumno" dejaba de responder a las preguntas y simulaba (mediante sonidos) ser víctima de convulsiones.

Hubo diferentes reacciones de los voluntarios durante el experimento. Cuando llegaban a darle 75 voltios, algunos se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de su "alumno" y querían parar la prueba, entonces pedían instrucciones al hombre de la bata blanca. Le preguntaban si el "alumno" estaba bien, pero este les decía muy seriamente y con un enérgico tono de voz que siguieran, que no se preocuparan.
Aquí Milgram aprovechaba para darles la orden de que si el alumno no respondía, debía ser considerada como una respuesta errónea: “Espere de 5 a 10 segundos y si no hay respuesta aplique la correspondiente descarga eléctrica”.
Al llegar a los 135 voltios, muchos de los voluntarios se detenían y preguntaban el propósito del experimento. Había otros que decidían continuar, pero dejando en claro que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su alumno.


Si el voluntario le expresaba al investigador que ya no deseaba continuar con el experimento, éste le soltaba algunas frases pre establecidas y con un tono tan enérgico que hasta llegaba a ser imperativo, una orden, según el grado de instrucción del voluntario. El tipo de frases eran:
- Continúe, por favor.
- El experimento requiere que usted continúe.
- Es absolutamente esencial que usted continúe.
- Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.
Si después de esta última frase el voluntario se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si decidía seguir, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.

Los resultados fueron aterradores. De los 40 voluntarios que ejercieron como profesores en el experimento, dos de cada 3 obedecieron las órdenes y siguieron dando descargas hasta llegar al voltaje más alto posible. Solamente 14 voluntarios se rebelaron ante los gritos de dolor del alumno. Otro detalle sorprendente, aunque difícilmente evaluable, fueron las muestras de tensión mostradas por los voluntarios: sudores, temblores, tartamudeos, gemidos, mordeduras de los labios y hasta incluso risas nerviosas y grotescas.

Uno desde fuera tendería a suponer que el voluntario simplemente continuaría con el experimento o lo abandonaría, una de dos, según el dictamen de su conciencia. Sin embargo eso no fue esto lo que ocurrió. La mayoría continuó cuando se les aseguró que estarían excentos de responsabilidad. El 65% de los participantes (26 de 40) aplicaron la descarga de 450 voltios (la máxima), aunque muchos se sintieron incómodos al hacerlo. Todos pararon en cierto momento y cuestionaron el experimento, algunos incluso dijeron que devolverían el dinero que les habían pagado, pero ningún participante se negó rotundamente a aplicar las descargas antes de alcanzar los 300 voltios.

Mussolini en Génova

Milgram repitió el experimento haciendo algunas variaciones, llegando a analizar a más de mil voluntarios adultos y los resultados fueron básicamente los mismos: un alto porcentaje de individuos, a pesar de que desaprobaban las técnicas que se aplicaban en el experimento, y a pesar de sentirse preocupados por su participación en el mismo, obedecían las órdenes administrando castigo a una persona inocente, sabiendo que eran descargas "dolorosas". Un hombre de bata blanca siempre representaba la "autoridad" en sus experimentos.


La ciega obediencia nazi

Aunque en la sociedad es muy común ver variados tipos y niveles de obediencia, la "obediencia ciega" es muy rara y sólo se ha visto en eventos puntuales de la historia. El "Experimento de Milgrad" quizá pueda ser el inicio para entender ciertos fenómenos como el fascismo, el nazismo, y de algunas sectas religiosas donde sus integrantes -cual autómatas- llegaron a profesar ciega obediencia a sus líderes sin cuestionar la catadura moral de sus órdenes, y lo que es peor, someterse a ellas y cumplirlas sin atisbos (evidentes al menos), de remordimiento.
Peter Malkin, el agente del Mossad que capturó a Adolf Eichmann en la espectacular Operación Garibaldi, declaró 15 años después: "Lo más inquietante de Eichmann es que no era un monstruo, sino un ser humano".

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6

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lunes, julio 25, 2011

El japonés que salvó la vida de seis mil judíos

Chiune Sugihara fue un diplomático japonés que se desempeñó como cónsul del Imperio Japonés en Lituania durante la Segunda Guerra Mundial. Aprovechando la jerarquía de su cargo, pudo ayudar a miles de judíos a salir del país, otorgándoles visados de tránsito para que pudieran viajar al Japón, aún poniendo en riesgo su carrera y la seguridad de su familia. Aquí su historia.

Chiune Sugihara

Sugihara nació el 1 de enero de 1900 en Yaotsu, un área rural de la región de Chubu en Japón. Nació en una familia de clase media, su padre era un respetado médico y su madre era descendiente de la clase samurái. Se graduó en 1919 y su padre quería que también estudiara medicina, pero él, siguiendo su vocación entró a la Universidad de Waseda y sacó su título en Literatura Inglesa. Poco después aprobó un examen para una beca en el extranjero del Ministerio de Relaciones Exteriores. El Ministerio lo reclutó y lo asignó a Harbin, en China, donde también estudió los idiomas ruso y alemán, lo que le ayudó a apuntalar su carrera diplomática, convirtiéndose más adelante en Delegado del Japón para los asuntos Soviéticos.

Más tarde recibió el puesto de Vice Ministro de Relaciones Exteriores en Manchuria, dignidad a la que acabó renunciando, por el simple hecho de no estar de acuerdo con el cruel trato que daban los japoneses a la población china. Ya entonces Sugihara mostraba ser una excepción en el Cuerpo Diplomático Imperial, y un japonés distinto a los demás. Chiune Sugihara prefería obedecer a su conciencia y vivir según sus propias convicciones morales.
Cuando volvió al Japón se casó con Yukiko Kikuchi, y poco después, en 1938 fue enviado a la oficina diplomática japonesa en Helsinki, Finlandia.

En marzo de 1939, Chiune Sugihara fue enviado a Kaunas para abrir el servicio consular. Esta era la capital provisional de Lituania en ese momento y estaba situada estratégicamente entre la Alemania nazi y la Unión Soviética.

Lituania

Chiune Sugihara apenas se estaba adaptando en su nueva función diplomática, cuando el ejército nazi invadió Polonia en septiembre de ese mismo año. El resultado fue una ola de judíos polacos que decidieron abandonar su país, y que se trasladaron a la vecina Lituania que permanecía neutral. Con ellos llegaron los escalofriantes relatos de las atrocidades alemanas contra la población judía. Los que pudieron escapar, lo hicieron sin posesiones ni dinero, por lo que la población judía lituana hizo todo lo posible para ayudarlos con dinero, ropa y vivienda.

Antes de la guerra, la población de Kaunas era de 120.000 habitantes, una cuarta parte de los cuales eran judíos. Lituania hasta esos momentos, había sido un enclave de paz y prosperidad para los ellos. La mayoría de judíos lituanos no eran conscientes del riesgo que corrían, minimizaban lo que estaba ocurriendo en Polonia, a pesar de que los mismos refugiados polacos les advirtieron que estaban siendo asesinados por miles. Es que un hecho así, en pleno siglo XX, era imposible de creer para los judíos lituanos, quienes continuaron haciendo su vida con normalidad.

Las cosas empezaron a cambiar a mediados de junio de 1940, cuando los soviéticos invadieron Lituania. Ahora ya era demasiado tarde para que abandonaran el país. Irónicamente, los soviéticos permitieron salir sólo a los judíos que habían llegado de Polonia, pero con la condición de que se vayan cruzando la Unión Soviética siempre y cuando los documentos y visados estén en regla.

En 1940, la mayor parte de Europa occidental estaba bajo el poder de los nazis, a excepción de Gran Bretaña que se encontraba solitaria. El resto del mundo supuestamente era libre, pero la mayoría de países ponían trabas a la inmigración de refugiados judíos, y ni se diga el peligro que corrían en cualquier lugar de la Europa ocupada. Los judíos polacos, no tenían a donde ir. Se habían convertido en parias.



En medio de esta terrible situación diplomática, Sugihara Chiune, repentinamente se convirtió en pieza clave de un desesperado plan de supervivencia. El destino de miles de familias llegaría a depender sólo de él.

Más pronto que tarde empezaron a llegar noticias de que los alemanes estaban avanzando rápidamente hacia el este (hacia Lituania). En julio de 1940, las autoridades soviéticas dieron instrucciones para que, por su seguridad, todas las embajadas extranjeras abandonaran Kaunas. Casi todos los consulados cerraron y sus cuerpos diplomáticos abandonaron Lituania de inmediato, pero Chiune Sugihara solicitó quedarse en el país, y se le concedió un permiso de 20 días de estadía. Queria ayudar de alguna manera.


Hitler iba tejiendo su red alrededor de Europa del Este y el tiempo para los refugiados se acababa. Fue entonces cuando a algunos de los refugiados polacos se les ocurrió un plan, que de resutar, sería su última oportunidad para escapar con vida de los nazis: Descubrieron que no se necesitaba visa para viajar a las islas holandesas del caribe, Curazao y la Guyana holandesa, (ahora conocida como Surinam). Por otra parte, el cónsul de Holanda, Jan Zwartendijk, estaba dispuesto a sellares sus pasaportes con la visa de entrada.

Aún con el pasaporte sellado por el cónsul holandés, los judíos seguían teniendo un gran problema. En esa época obviamente no había vuelos directos al Caribe. Debían salir de Lituania, y para eso, necesitaban pasar a través de la Unión Soviética. Otra vez tuvieron suerte, puesto que cónsul soviético simpatizaba con los refugiados y accedió a dejarlos pasar, pero bajo una condición: además del visado holandés, también deberían obtener un visado de tránsito japonés, ya que obligatoriamente tendrían que pasar por Japón, en su camino hacia las islas holandesas.

Refugiados polacos en las afueras del Consulado japonés

Una mañana a finales de julio de 1940, Chiune Sugihara y su familia despertaron debido al bullicio de una multitud de judíos polacos, reunidos afuera del consulado. Los refugiados sabían que esta era su única oportunidad. Sólo si el consulado japonés les otorgaba visas de tránsito para pasar por su país, los judíos obtendrían el permiso de salida de la Unión Soviética.

Chiune Sugihara estaba conmovido por la situación y quería ayudar, pero no tenía la autoridad para emitir tal cantidad de visas, sin la autorización del Ministerio de Relaciones Exteriores en Tokio. Telegrafió a su gobierno en tres ocasiones solicitando la autorización, pero desde Tokio se lo negaron tajantemente. Japón no quería recibir refugiados judíos porque eso sería contrariar a un aliado como Hitler.

El cónsul Sugihara en su despacho

Después de las continuas negativas de su Ministerio, el diplomático japonés consultó la situación con su esposa. Sugihara debía tomar una difícil decisión. Era ante todo un hombre criado bajo la estricta disciplina tradicional de los japoneses. Ahora era un diplomático de carrera, que de repente tenía que tomar una decisión muy difícil.
Sabía que como funcionario estaba obligado a obedecer las órdenes del Imperio Japonés, de hecho la obediencia a su Emperador, era una virtud que le habían inculcado durante toda su vida. Pero por otro lado su sangre y sus códigos de samurái le decían que siempre que sea posible, se debía ayudar a los necesitados.

Sugihara sabía perfectamente que si desafiaba las órdenes de su gobierno podría ser despedido, deshonrado, y seguramente sería el fin de su carrera diplomática. Una situación así le dificultaría mantener a su familia en el futuro, pero al final decidió hacer lo que le dictaba su conciencia. Decidió ayudar a esos miles de refugiados y firmar las visas para que entren a su país.

Chiune Sugihara y su esposa Yukiko

Durante 29 días, desde del 31 de julio al 28 de agosto de 1940, Chiune junto a su esposa Yukiko, se dedicaron a firmar visas de tránsito a mano. Hora tras hora, día tras día, durante estas cuatro semanas escribieron, firmaron y sellaron un promedio de 300 visas diarias. El trabajo era tan extenuante, que al final del día, su esposa Yukiko debía masajear las fatigadas manos del Cónsul. Ni siquiera tenían tiempo de detenerse a comer porque no quería fallarle a toda esa gente que hacía fila día y noche delante del consulado.

A pesar de toda esa buena disposición del joven cónsul, algunos judíos estaban tan desesperados, que empezaron a treparse por las paredes para entrar al consulado. Algunos de ellos entraron decididos hasta a besarle los pies para conseguir el visado, y eso fue algo que impactó al joven diplomático. El hecho de que un ser humano estuviera dispuesto a besar los pies de otro para salvar su vida y la de su familia, le indicaba cuán angustiada estaba esa gente, y le reafirmaba que estaba haciendo lo correcto. Esa escena le dio más valor a Chiune, tanto valor que hasta salió de su oficina y se dirigió a la multitud que aguardaba afuera del consulado. Los tranquilizó y les juró que haría todo lo que esté a su alcance para ayudarlos.

A la final les entregó miles de visas (se dice que al menos fueron seis mil), tantas como le fueron posible firmar, hasta que los soviéticos le obligaron a cerrar el consulado y abandonar Lituania.

Hay muchos testimonios de sobrevivientes que estuvieron ese momento y fueron testigos de que Chiune Sugihara continuó firmando visados en papeles membretados de la embajada, aún cuando estaba dentro del tren, y que "los lanzaba por la ventana hasta el momento en que el tren partió".

Uno de los visados emitidos por Sugihara

Una de las últimas cosas que hizo el cónsul japonés antes de despedirse, y ya con el tren saliendo, fue obsequiarle el Sello Oficial de visado y bastante papelería a un refugiado que era su amigo, del cual se dice, tambié los usó para salvar más judíos.

Los refugiados judíos que obtuvieron las visas de Sugihara, se dirigieron por tren hasta Moscú y ahí tomaron el Transiberiano hasta la ciudad de Vladivostok, puerto marítimo que queda frente a las costas japonesas. A partir de ahí, la mayoría de ellos se embarcaron hacia Kobe, Japón.
Luego de permanecer en Kobe durante algún tiempo, fueron trasladados a Shanghai, en China. Miles de estos judíos polacos que estaban allí gracias las visas del cónsul japonés, sobrevivieron bajo la protección del gobierno nipón en Shangai. Durante esos meses llegaron aproximadamente unos diez mil refugiados huyendo del holocausto. La mayoría de ellos gracias a Chiune Sugihara.

Antiguo Consulado de Japón en Lituania

A pesar de la desobediencia cometida, el gobierno japonés sabía de las habilidades diplomáticas de Sugihara y que les sería útil durante el conflicto, razón por la que durante ese tiempo no fue removido, pero en 1945, cuando la guerra terminó, automáticamente fue separado del Ministerio. Toda su carrera diplomática de largos años quedó truncada, y el ex cónsul tuvo que empezar nuevamente desde cero.
Para mantener a su familia empezó vendiendo focos de puerta en puerta, de casa en casa, y con suerte algunas veces se encontraba con cualquier trabajo como traductor a tiempo parcial. Pensó que con su dominio del idioma le iría mejor en la Unión Soviética, y este fue otro reto que tuvo que afrontar, ya que se trasladó sin su familia en búsqueda de empleo. Las dos últimas décadas de su vida trabajó como Gerente de una exportadora en Moscú.

Memorial a Chiune Sugihara en Little Tokyo, Los Ángeles

El resto de su vida lo pasó en el más completo anonimato, hasta que En 1968, Jehoshua Nishri, miembro de la embajada israelí en Tokio y uno de los beneficiarios de las visas de Sugihara, finalmente pudo localizarlo. Nishri había sido un adolescente en 1940, cuando recibió la visa del cónsul japonés.

El grupo de refugiados que sobrevivió gracias a Sugihara, presentó una petición para su inclusión en el Museo Yad Vashem. En 1985 Chiune Sugihara fue nombrado "Justo entre las Naciones", la más alta distinción que otorga el gobierno de Israel, a ciudadanos de otros países que ayudaron a los judíos durante el holocausto.
Sugihara estaba demasiado enfermo como para viajar a Israel , así que su esposa e hijo aceptaron asistir al homenaje en su nombre. Al ex cónsul y a toda su familia les concedieron la ciudadanía israelí perpetua. Sugihara murió el año siguiente, el 31 de julio de 1986.

Ceremonia en su honor en Lituania. Su viuda con Valdas Adamkus, ex Presidente lituano

A pesar de la publicidad dada en Israel y otras naciones, él seguía siendo un desconocido en su país de origen. Sólamente cuando una gran delegación hebrea de todo el mundo, incluyendo al embajador israelí en Japón, se presentaron en su entierro, sus vecinos se enteraron de lo que este hombre había hecho.

P.D. Si te gustó este artículo, es probable que también te interese la historia de Souza Mendes, el portugués que pudo salvar a 30.000 judíos, también en la Segunda Guerra Mundial.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6


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jueves, mayo 12, 2011

La lista de Sousa Mendes, el "Schindler portugués"

Arístides de Sousa Mendes fue un diplomático portugués que tuvo la mala suerte (o buena, depende como se mire) de estar asignado al consulado de su país en Francia, justamente cuando ésta fue ocupada por los nazis en la Segunda Guerra Mundial. A pesar de que Portugal se mantuvo neutral en el conflicto, Arístides desde su despacho y aprovechando su cargo diplomático ayudó a huir a más de 30.000 refugiados y judíos, de hecho salvó más personas que el mismo Oskar Schindler. Aquí su historia.

Arístides Sousa Mendes nació en la región de Beira, Portugal, el 9 de julio de 1885 en el seno de una familia aristocrática y acomodada, con muy buenos vínculos políticos. De hecho, su padre había sido juez en la Corte Suprema y su tío ministro de Relaciones Exteriores en la década de 1930.

Arístides de Sousa (de pie izq) junto a sus padres y hermanos

Estudió Derecho en la Universidad de Coímbra y obtuvo su licenciatura en 1908, y ese mismo año se casó con su prima y novia de toda la vida, María Angelina de Abranches, con la cual procreó 14 hijos.
Al poco tiempo de casarse empezó su carrera diplomática, la cual lo llevó a desempeñarse por varios países del mundo como Zanzíbar, Kenia, Brasil y Estados Unidos, lugares donde también nacieron algunos de sus hijos.
En 1931 fue asignado a Amberes, Bélgica, donde desempeñó la mayor parte de su carrera y su empeño en la promoción de Portugal no pasó desapercibido pues el mismo Leopoldo III de Bélgica le condecoró en dos ocasiones. Luego de casi una década de dedicado servicio en este país, Arístides fue enviado al consulado de Burdeos en Francia.

Arístides de Sousa Mendes

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Arístides de Sousa se encontraba en Burdeos desarrollando su labor de cónsul, y al mismo tiempo veía preocupado como las tropas de Hitler avanzaban rápidamente sobre Francia. Portugal se declaró país neutral, de hecho el propio dictador del país luso, António de Oliveira Salazar hizo constar a través de la Circular Nº 14 su negativa a entrar en el conflicto obligando a todos los cónsules portugueses a: "no conceder visados a extranjeros de nacionalidad indefinida o en litigio, ni a los apátridas, ni a judíos expulsados de su país de origen o del país del cual sean ciudadanos."

Al producirse la invasión de Francia por parte de las tropas nazis, llegaron huyendo hasta Burdeos periodistas, intelectuales, artistas y políticos franceses que se habían manifestado contra el fascismo y familias enteras de judíos perseguidos. Alrededor de 30.000 refugiados, entre ellos 10.000 judíos se congregaron frente al consulado portugués tratando de obtener un visado que les permitiera salir de Francia. En ese tiempo, para los que no tenían dinero para un viaje en barco, la alternativa era Portugal, pues en los puestos fronterizos españoles se permitía el paso a quienes tuvieran visados portugueses. Pero la orden del presidente portugués Antonio Oliveira Salazar era terminante: "no debían emitirse visados a judíos ni a otras personas indeseables".


Arístides de Sousa Mendes decidió ignorar las órdenes de su Gobierno y siguió expidiendo visados de entrada para Portugal. Con el afán de ayudar a la mayor cantidad de gente posible y viendo las redadas de los nazis, decidió hacer algo más radical, y es así que el día 16 de junio de 1940 decidió entregar visas a todo aquel que se lo pidiera, gratis y sin ningún requisito. Reunió al personal del consulado y les dijo:

"Mi gobierno rechazó todas las solicitudes de visados, pero no puedo dejar que toda esta gente muera. Nuestra constitución dice que la religión o la nacionalidad del hombre no pueden ser usadas en su contra. He decidido actuar según este principio. Voy a conceder visado a todo aquel que lo solicite, e incluso si me despiden por ello, no puedo actuar sino como católico y según lo que me dicta mi conciencia".

Con la ayuda de sus hijos y sobrinos así como con la del rabino de Amberes, Jacob Kruger, se dedicó a expedir pasaportes y firmar visas ininterrumpidamente. Al recibir un llamado de atención desde Lisboa, dijo: “Si tengo que desobedecer, prefiero que sea a una orden de los hombres antes que a una orden de Dios.”


Por tres días y tres noches trabajó sin permitirse ni un minuto de descanso, en los alrededores del consulado se agolpaban miles de refugiados, incluso dentro del propio consulado había cientos de personas de todas las edades, especialmente ancianos y enfermos. Había mujeres embarazadas, gente que había visto morir a sus familiares por los bombardeos de los aviones. Dormían en las sillas, en el suelo, sobre las alfombras, no comían ni bebían por temor a perder su turno en la fila. Dos días antes París había sido ocupada por los nazis y una enorme cantidad de refugiados enfiló camino hacia el sur. Miles de personas trataban de huir de los alemanes con la esperanza de cruzar la frontera hacia España que también había declarado su neutralidad al estallar la guerra. Esperaban pasar por España hacia Portugal y de ahí partir hacia América.

Entre el 16 y el 18 de junio, mientras los aviones alemanes bombardeaban Burdeos, Arístides Sousa Mendes concedió 2.862 visados según consta en los registros.

Arístides junto al rabino Jacob Kruger

El dictador portugués Antonio de Oliveira tomó medidas contra el cónsul rebelde, y por medio de cancillería le ordenó regresar inmediatamente a su país, adicionalmente envió dos agentes para que lo escoltaran de regreso a Portugal.

Siendo escoltado de regreso y todavía en suelo francés, pasaron el 20 de junio por el consulado portugués en Bayona. Allí Arístides volvió a ver a cientos de personas apiñadas a las puertas del consulado. Ello le recordó las escenas del suyo en Burdeos, y aunque se encontraba solo de paso, entró a la oficina y, haciendo caso omiso de las objeciones del cónsul local, le ordenó emitir de inmediato visados a todos los solicitantes. Él mismo los estampó agregando con su propia letra:

“El Gobierno de Portugal solicita amablemente al Gobierno de España permitir al portador de este documento cruzar España libremente. El portador es un refugiado del conflicto en Europa y está en camino a Portugal”.

Después de proveer a los solicitantes el tan buscado documento, los acompañó personalmente al puesto fronterizo de Irún (País Vasco) y se aseguró que lo cruzaran sin incidentes ya que desde Portugal habían invalidado aquellos pasaportes. Gracias a la lentitud de los medios de la época para comunicarse, los guardias de la aduana española todavía no habían recibido la orden desde Madrid de prohibirles la entrada, y no tuvieron más remedio que dejar pasar a todos los refugiados que acompañaban al antiguo cónsul para continuar en dirección a Portugal.

Al regresar a Lisboa, Aristides de Sousa Mendes sufrió las represalias del dictador Antonio de Oliveira. Fue obligado a abandonar su carrera diplomática e incluso le impidieron que ejerciese la abogacía. Hasta su licencia para conducir, que había sido emitida en el extranjero, le fue requisada. Esto lo dejó en la indigencia e incapacitado para mantener a sus 14 hijos.

Fotografía antigua, en los buenos tiempos con su esposa e hijos

Sobrevivió gracias a la caridad de la comunidad judía de Lisboa y con su ayuda, dos de sus hijos pudieron estudiar en Estados Unidos.
Fue tanto el acoso del dictador y la presión que este ejercía, que condenó a Arístides al más cruel ostracismo social y económico, incluso sus vecinos no le saludaban por miedo a represalias, y llegó al punto de terminar comiendo en comedores de beneficencia y malviviendo con una escasa dotación económica que le suministraron los judíos portugueses como forma de agradecimiento. Sus hijos tuvieron que esparcirse por el mundo para poder subsistir.

En el ocaso de su vida, en alguna calle de Lisboa

La vida no siempre es justa y muchas veces tiene esas crueles ironías, al término de la Segunda Guerra Mundial, el dictador portugués fue felicitado y condecorado por haber "ayudado a muchos refugiados", en cambio Arístides de Sousa murió en el olvido y nunca recibió un reconocimiento público a su labor.

Junto a su esposa María Angelina

El ex cónsul pasó sus últimos años de vida sumido en la miseria después de vender todas sus pertenencias a la muerte de su esposa en 1948. Falleció el 3 de abril de 1954 en el hospital de los franciscanos en Lisboa.

Sousa Mendes llegó a emitir más de 30.000 visados para los refugiados y judíos víctimas de la persecución nazi. Entre las personas que se beneficiaron de sus visas humanitarias constan personalidades como Otto de Habsburgo, hijo del último emperador de Austria-Hungría, Salvador Dali y Gala Eluard Dali, y hasta varios integrantes de la familia Rothschild, si, la de los banqueros.
La mayoría de judíos que lograron cruzar los Pirineos y España en el verano de 1940 y que lograron llegar a la frontera portuguesa, lo hicieron gracias a este hombre.

Nota: A todos los plagiadores y "taringueros", si el post fue de su agrado y se lo quieren llevar, pueden hacerlo. A cambio sólo les pido incluir el respectivo enlace.

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lunes, abril 25, 2011

El genocidio de los Selk'nam o cómo extinguir una etnia

En el extremo sur de América se encuentra el Estrecho de Magallanes que separa al continente del Archipiélago de Tierra del Fuego. El nombre del mismo –y de su isla más grande- se debe a las sorprendentes y constantes fogatas que lograron divisar ahí los primeros europeos que exploraron sus costas.
Esas hogueras eran la forma en que los originarios Selk'nam se protegían del frío austral, y que a pesar del duro clima, apenas utilizaban ropa. Sólo el fuego y su especial adaptación metabólica (temperatura corporal un grado superior a la nuestra) los mantenía calientes. Portaban sus hogueras encendidas incluso en las canoas de corteza de lenga -roble blanco-, que utilizaban para pescar y cazar mamíferos marinos que eran su principal fuente de alimentos.
De este pueblo indígena americano, hoy solo quedan descendientes mestizos.

Archipiélago de Tierra de Fuego y Estrecho de Magallanes

El contacto con el hombre blanco comenzó en 1520 cuando Magallanes descubrió el estrecho que lleva su nombre y divisó sus fogatas, posteriormente, los contactos continuaron en forma esporádica hasta las últimas décadas del siglo XIX con la llegada de misioneros salesianos, ganaderos y mineros que llegaron buscando oro a la isla.




A partir del siglo XVIII el tráfico de embarcaciones europeas se incrementó por el Estrecho de Magallanes y con él llegaron los barcos loberos que acabaron pronto con su principal alimento ya que ahuyentaron las focas y de paso les dejaron varicela, tuberculosis, alcoholismo y otros males que los llevaron a una rápida extinción.
Tiempo después, a finales del siglo XIX- los buscadores de oro y grandes ganaderos criadores de ovejas, fueron quienes exterminaron definitivamente a los selk'nam. El asunto es que como ya no tenían mamíferos marinos para alimentarse, la única fuente de proteínas que les quedaba eran los guanacos –una especie de llama-, pero al llegar los colonizadores y despojarles de su territorio, estos quedaron diezmados a punto de desaparecer. La única alternativa que les quedó para alimentarse fue robar ovejas de las grandes granjas, y lastimosamente esto fue lo que selló su suerte, ya que los ganaderos se dedicaron a exterminarlos para evitar ser robados. Se estima que para esa época la población selk'nam era de cinco mil individuos aproximadamente.




Tambien hicieron su apareción personajes nefastos como Julius Popper, un minero rumano que no tenía escrúpulos en masacrar a los nativos para apoderarse de sus “haruwens” o territorios, y que solía documentar fotograficamente sus cacerías humanas como si de un safari se tratara, para luego mostrar orgulloso las evidencias a sus amistades.
Sumado a esto, allá por 1894 la codicia de los ganaderos que llegaron convirtió la persecución del pueblo selk'nam en algo dramático. La familia de colonos asturianos Menéndez Behety dedicada a la crianza de ovejas, cometió una serie de atrocidades por medio de su capataz, un escocés de apellido McLennan, quien ejecutó las despiadadas ideas de sus patrones y dio rienda suelta a su instinto criminal. Esta familia se cansó del robo de bovinos por parte de los aborígenes y fijó un valor para efectivizar la matanza de los nativos. Por cada par de orejas o seno, una libra esterlina; y media libra por cada oreja de niño. Tras observar aborígenes sobrevivientes vagando sin orejas optaron por cotizar cabezas, testículos y órganos vitales.



Fotos del album de Julius Popper

Fueron legendarias las cacerías humanas -fusil en mano- del escocés, que obviamente contaban con la satisfacción y beneplácito de sus patrones.
No conforme con esto, McLennan, una ocasión después de hallar una ballena varada antes que los aborígenes, la envenenó con altas dosis de estricnina. Luego de alimentarse de ella, murieron unos 500 selk'nam.
En otra ocasión les hizo creer a miembros de la tribu que ya cesarían las persecuciones y les inventó un falso plan para redistribuir las tierras y vivir en armonía. Para sellar el acuerdo, el infame escocés les ofreció un trágico banquete al que los inocentes nativos concurrieron incapaces de sospechar tanta crueldad. Una vez hartos de comer y embriagados, fueron víctimas de un cobarde y repentino tiroteo de los fusiles de la gente de McLennan. Este acto criminal sucedió en la playa de Santo Domingo y cobró alrededor de 300 víctimas más.
De repente el resto de ganaderos copió la idea de los Menéndez y empezaron a contratar forajidos y asesinos a sueldo para mantener a salvo a sus ovejas de los aborígenes.

Por esos años también comenzaron a llegar a Tierra del Fuego misioneros católicos y protestantes. De hecho en 1888 se estableció una misión salesiana en Isla Dawson con el propósito de evangelizar y civilizar a los indígenas. En 1895 los estancieros llegaron a un acuerdo con la misión salesiana, les pagarían a los curas una libra esterlina por cada indígena recluido en la misión.
De esta forma los salesianos se convirtieron en cómplices de los ganaderos porque de a poco la isla de los misioneros llegó a convertirse en una cárcel, en un campo de concentración donde los selk'nam fueron encerrados y su libertad fue coartada en su propia tierra, donde durante cientos de años fueron libres, amos y señores.

El salesiano Alberto de Agostini con un selk'nam

Los últimos selk'nam en Isla Dawson, en 1896

Para rematar la situación, un comerciante belga –Maurice Matre- con la anuencia del Estado Chileno, embarcó a un grupo de Selk'nam y se los llevó para Europa en 1889 para presentarlos como caníbales en la Exposición de Paris. Les arrojaba carne cruda de caballo a la jaula para que se alimenten a vista del público.

Maurice Matre y los selk'nam que fueron a Europa


El grupo de aborígenes en París

Con el correr de los años más de 800 selk'nam llegaron a la misión salesiana de la Isla Dawson donde murió la mayoría debido al cambio de estilo de vida al sedentarismo, cambio de alimentación y a las nuevas enfermedades que llevaron los colonizadores. En 1974 murió la última representante pura de esta etnia, Ángela Loij. Algunos descendientes mestizos viven en la parte argentina de la isla Grande de Tierra del Fuego formando la Comunidad Rafaela Ishton.

Hasta 1980 quedaban entre 3 y 5 descendientes que hablaban la lengua selk'nam, aunque el grado de conocimiento y fluidez variaba en cada caso. Probablemente a estas alturas ya no quede nadie vivo que hable esta lengua.
Les dejo una magnífica galería de imágenes de los Selk'nam recopiladas durante los dos últimos siglos.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10


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domingo, enero 09, 2011

El futbolista que desairó a Hitler

A pesar de que Hitler odiaba el fútbol, su Ministro de Propaganda Joseph Goebbels lo persuadió de interesarse en él, debido a la atracción de masas que este deporte ejercía: “Ganar un partido de fútbol mein führer, es más importante para la gente que capturar una ciudad del Este”, le decía constantemente Goebbels.
En marzo de 1938, poco antes del Mundial de Fútbol de Francia, Austria fue anexada a Alemania. Para esa época, la selección austriaca de fútbol era considerada la mejor de Europa, tanto así que la llamaban el“Wonderteam”, el equipo maravilla. Aquel combinado contaba con leyendas como Platzer, Schall o Vierti, pero por encima de todos estaba Matthias Sindelar, un centro delantero genial.

Matthias Sindelar nació el 10 de febrero de 1903 en el seno de una humilde familia judía y pasó su infancia pegado a un balón de fútbol. Su pasión por este deporte pronto le hizo destacar como una de las mejores promesas uveniles, lo que le llevó a debutar con catorce años en el FK Austria de Viena. Poco a poco, Sindelar se convirtió en un gran jugador, lo que le permitió formar parte de la selección austriaca con tan solo dieciséis años. Su instinto goleador y su gran calidad lo convirtieron en uno de los mejores futbolistas de aquella época.

Matthias Sindelar

También desde joven Matthias mostró un carácter licencioso, muy apegado a los vicios y placeres mundanos y varoniles. Mientras en las canchas era un prodigio con el balón, fuera de ellas era un empedernido enamorado de las juergas, prostitutas y borracheras, muy aficionado a dilapidar su dinero en las ruletas de los casinos. Eso sí, nunca faltaba a los entrenamientos y lo demostraba con su gambetas, siempre finas y escurridizas. Era el terror de las defensas rivales, su juego sutil y letal le valió sobrenombres como “El Mozart del fútbol” o “ El futbolista de papel”. Durante su carrera en el FK Austria de Viena logró marcar más de 600 goles.

"El Mozart del fútbol"

Para el mundial de 1938, Austria, que ya había clasificado, era considerada favorita para llevarse el título, pero ahora con la anexión, sus mejores jugadores debían pasar a formar parte del equipo alemán. Nunca lo dijo públicamente por temor a las represalias, pero Matthias Sindelar se negó a formar parte de esa nueva y poderosa Alemania. Simuló lesiones para eludir las convocatorias porque sabía que antes de los partidos tendría que ejecutar el saludo nazi. No quería doblegarse ante los culpables de la muerte de miles de judíos.

Al poco tiempo, Hitler quiso hacer una especie de despedida de la selección austriaca como combinado independiente y organizó un último partido amistoso entre este país y Alemania. Sindelar decidió participar con Austria, siendo el capitán en el que sería el último encuentro con su selección. Sin embargo, sólo él sabía que éste sería el último partido de su vida.


El domingo 3 de abril, Sindelar, formado en el estadio junto a sus nuevos compañeros, se negó a levantar el brazo al estilo III Reich para saludar al Führer.


Se dice que los austriacos recibieron la orden de la Gestapo de no marcar goles, y eso quedó en evidencia, porque a pesar de que su superioridad fue aplastante, Matthias erró goles a propósito frente al arco, que en otras circunstancias hubiese anotado con facilidad. Regateó una y mil veces a los defensores alemanes, pero, cada vez que llegaba ante el portero, echaba el balón fuera y volvía a su campo con gestos de resignación. Los cronistas de la época recuerdan que Matthias Sindelar movía la cabeza a modo de desaprobación en cada ocasión desperdiciada. Así llegó el descanso con cero a cero.

Parece que algo sucedió en los camerinos, algo que los hirió en el amor propio o recibieron alguna motivación especial, porque para el segundo tiempo el panorama cambió, empezaron los caños, sombreros, regates imposibles y en la primera ocasión que tuvo, Sindelar llegó hasta la portería alemana y batió al portero con un certero disparo.

Pero el problema no fue el gol, sino la celebración. En lugar de alzar el brazo frente a Hitler, como todo el mundo esperaba, el delantero austriaco se situó frente al palco de autoridades y se puso a bailar.


Desde ese momento fue considerado como un enemigo del régimen y fue perseguido por los nazis. Debió mantenerse oculto durante meses y tuvo que abandonar la profesión que tanto quería, ya que por más que lo intentó, no pudo escapar del país como lo hicieron otros compañeros de profesión.

La persecución de judíos ya había empezado en Austria y afectaba también al fútbol. Fue vetada la entrada de esta raza a los estadios como simples aficionados. Los bienes del club vienés Hakoah -propiedad de judíos- fueron incautados, todos los columnistas judíos de los periódicos expulsados. Dirigentes y jugadores se exiliaron, muchos se unieron al Club Maccabi de Tel Aviv para jugar de manera informal. Al poco tiempo empezó el exterminio y los campos de concentración.

Matthias Sindelar continuaba escondido con el miedo de ser capturado en cualquier momento y enviado a uno de esos ghettos. El 22 de enero de 1939, fue encontrado muerto en en la cama de su apartamento junto a su novia Camilla Castagnola, una ex prostituta. Castagonola murió en el hospital al día siguiente y se dijo que la muerte de los amantes había sido causada por envenenamiento con monóxido de carbono debido a una fuga en la estufa de gas de su apartamento. Sin embargo, otros dicen que fueron asesinados cuando un compañero de selección los denunció.
Sea como fuere, aquel triste suceso causó tanto impacto que durante 15 días las oficinas del club en el que jugaba se inundaron de cartas de pésame. Tantas que el correo de la ciudad se colapsó. Tantas, que a su entierro y a pesar de la persecución nazi, asistieron más de 40.000 personas, mientras las tropas de Hitler las rodeaban en previsión de posibles altercados.


Los restos del único futbolista que fue capaz de desafiar a Hitler descansan en el cementerio central de Viena.

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Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8

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